Las diatribas de Francisco Irreverente, (V). Pequeñas maldades.

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Sí, ya sé que lo que voy a contar no es, digamos, políticamente correcto, lo sé, pero si de algo sirve que mi apellido se...
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A mi corazón.

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Ya te has ido, despacito, pero no muy lejos, aquí al lado, a mi corazón. Con una sonrisa me recibiste firme, ...
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Una historia de vida.

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Una mujer y un hombre están abrazados, de pie, en la acera. Al lado de un colegio, en frente de un estadio, cerca de u...
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Las diatribas de Francisco Irreverente, (IV). Memoria de pez.

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Ayer cometí el imperdonable error, imperdonable y temerario, de poner la televisión; sí, ese instrumento devorador de men...
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¿Quién eres?

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Apareció sin avisar, como quien no quiere la cosa. Estaba detrás de la puerta de casa, esperando, paciente, semiocul...
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Del rencor.

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Me sorprendéis, realmente me sorprendéis. No guardáis rencor, por nada. No sé si esto es exclusivamente vuestro, lo que ...
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Madres.

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Hace algún tiempo que no encuentro mejor regalo, por más que intente buscarlo en los pocos ratos que me expolio a mí mism...
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La casa sin puerta. Parte vii y final.

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Desapareció. Sin más. Sin decir adiós, sin que pudiera conocer su nombre o llegase a averiguar la verdad que escondía aqu...
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La casa sin puerta. Parte vi.

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Me asusté, no sabía muy bien qué hacer. Como es obvio no esperaba ver allí a mi madre, cómo se me podría siquiera haber p...
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