domingo, 14 de agosto de 2016
Que ¿por qué corro?
—¿Por qué corres?—me
preguntó. Ignoré la pregunta y seguí corriendo, sin mirarle, esquivándole. La
había hecho en tono irónico, como quien quiere burlarse de otro solo porque le
apetece, solo porque conseguirá la gracia cómplice de quienes le rodean, solo
porque así se siente mejor. Era un señor de mediana edad. Formal en apariencia,
estúpido en el fondo. No le presté la menor atención. Supongo que de haber
podido me habría hecho la misma absurda pregunta en la piscina o sobre la
bicicleta, pero ahí, hay que entenderlo, es más difícil.
Llevo corriendo más
de veinte años. Comencé a correr de forma continuada cuando la gente con la que
compartía deportes de equipo dejó de practicarlos por distintas circunstancias,
además de que mis obligaciones laborales —quién puede decir que estudiar no es
un trabajo, al margen de lo mucho que pueda gustarte— me dificultaban encontrar
huecos razonables para practicar según qué tipo de deportes. Correr era lo más
sencillo, lo más inmediato, lo más práctico. Me permitía liberarme, despejarme,
podía hacerlo a cualquier hora —es increíble lo que uno puede llegar a encontrarse
de madrugada cuando corre— y, además, no necesitaba prácticamente nada, tan
solo un par de zapatillas, unos calcetines medianamente buenos y algo de ropa
deportiva cómoda. Por supuesto no tenía cronómetro, miraba la hora de salida y
la de llegada y, como los recorridos los memorizaba, podía comprobar sobre algún
mapa a escala la distancia y la velocidad, aunque, la verdad, eso no fue nunca
algo que me interesase demasiado.
Que ¿por qué corro?
Tal vez alguien diga que soy un obseso del deporte; la verdad, a mí no me lo
parece, aunque es comprensible si te ven correr a cuarenta grados o bajo una
intensa lluvia, pero siempre sonriendo, por más que no sea tu boca la que
muestre esa sonrisa. Tal vez alguien pueda pensar que mis motivos son saludables;
de ser así, esa no es mi intención, a pesar de que en mis periódicas revisiones
médicas todavía no hayan detectado nada malo. Tal vez alguien suponga que lo
hago por vanidad; es respetable como opinión, pero está tan alejado de la
realidad que me parece absurdo siquiera comentarlo. Corro porque me sienta bien. No me refiero a
una sensación física que, evidentemente, consigo, hablo de algo más, hablo de
borrar preocupaciones, de encontrar soluciones, de despejar problemas, de
alegrarte el día, de encontrarte con la naturaleza —a pesar de lo muchos coches que tengas que esquivar—, hablo de respirar. Corro porque me gusta, y no
me refiero al deporte en sí —no es gran cosa si lo piensas fríamente, primero un
pie y detrás otro, lo más rápido posible—, es una sensación inexplicable, más
cercana, seguramente, a la necesidad que a otra cosa, pero el mal que provoca
su abstinencia, si es que esta existe, es inapreciable o, al menos, menos terrible
que el de otras drogas. Puedes, eso sí, lesionarte, golpearte, fastidiarte los
pies, cosas que, de otra parte están a la orden del día hagas lo que hagas,
especialmente si no practicas deporte —¿se comprende la paradoja?—.
Que ¿por qué
corres?, me preguntó. «Pobre», pensé yo cuando llegué a casa. Seguramente es el
mismo tipo de pensamiento injustificado que el de alguien que no comprende por
qué la gente lee. —También leo, —debí decirle—, ¿usted no? Corro por placer.
Esa es la respuesta más acertada. Si sirve o no para algo más, no soy yo el más
indicado para afirmarlo pues no podría demostrarlo, pero las sensaciones están
ahí, las tengo, las percibo e incluso puedo explicarlas y, sobre todo, si por mor
de las circunstancias, dejo de correr, me siento peor, noto que me falta algo.
Correr me permite
ser constante —o corro porque soy constante, tanto da— porque para correr hay
que ser constante. Correr exige más de mí mismo, porque correr es exigente.
Correr me ayuda a soportar los sacrificios, porque correr es sacrificado. Correr
me hace mejor persona, por extraño que pueda parecer, gracias a los valores que
intrínsecamente inculca y obliga a desplegar. Correr me hace feliz, por pueril
que pueda parecer la expresión, o por rimbombante que suene, incluso aunque insinuase
que debería ser más preciso y decir que «ayuda a ser feliz», la realidad es que correr ciertamente me ayuda en mi vida. Por eso no puedo dejarlo, por eso no voy a dejarlo,
mientras pueda seguir practicando este deporte, claro está, o como este, cualquier
otro, la natación en mi caso u ocasionalmente, el ciclismo.
A veces compito, no
es frecuente, pero me apunto a algunas carreras, aunque no es algo que me
interese demasiado y si lo hago es para disfrutarlas, a pesar de que toque
sufrir —otra paradoja que solo entenderá el que practique algún deporte—. Uno
se apunta sabiendo que no va a ganar y sin embargo lo hace, eso es higiénico
mentalmente hablando, es una cura de humildad, es compañerismo y, por
descontado, es afición, verdadera afición por el deporte, como aquellos que
aplauden cuando te ven pasar o están alentando tu llegada a la meta, sea cual
sea tu puesto. Es escalofriante escuchar con qué entusiasmo te animan, cómo te
aplauden, cómo te vitorean cuando te ven llegar. Da igual tu dorsal y tu
tiempo. Eso te ayuda a correr, la gente entiende ese sacrificio.
—¿Por qué corres? —gritó
cuando pasé a su lado. Entonces paré, me quité las zapatillas y se las ofrecí—.
Corre tú, te hará feliz.
Imagen: Organización
de la carrera Cumbres Hurdanas.
En Mérida a 12 de
agosto de 2016.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera
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