Carta a un cliente —que ya no lo será—.

La Arquitectura, esa antiguamente noble profesión que le ha regalado a la humanidad espacios donde rezar, donde sanar, donde gobernar, donde pasear, donde vivir, se ha prostituido. Los arquitectos no somos los responsables finales de esta circunstancia, ni los únicos, pero hemos sido partícipes en el proceso de degradación de este servicio a la sociedad. Hemos denigrado nuestra responsabilidad aceptando limosnas, envileciendo la competencia, envidiando, vilipendiando y renegando de nuestros propios compañeros, olvidándonos del colectivo y rehusando hacer frente a lo que todos sabíamos estaba llegando por mantener un estatus que dejó de existir para los arquitectos de a pie hace décadas.

Como todo lo que sucede en esta vida, cualquier profesión tiene sus problemas, especialmente aquellas que ejercen los profesionales libres, es decir, aquellos que defendemos nuestros honorarios por los servicios prestados desde la libertad, esto dice la teoría, pero la realidad es que esa remuneración surge desde una auténtica esclavitud y para llegar a esa situación, en la que está el germen del escenario actual, hemos contribuido todos los arquitectos sin excepción aceptando honorarios a saldo —yo me incluyo— cuyo límite se alcanzará, eso al menos deseo, cuando para trabajar debamos pagar, por muy enamorados que estemos de nuestras profesión y por muy profesionales que seamos, y ojo que ser arquitecto puede llegar a significar que, desde nuestro absurdo enamoramiento por la arquitectura, seamos capaces de entregar altruistamente nuestro esfuerzo, como ya ocurre en los concursos de la administración o en las propuestas regaladas para conseguir clientes privados. Por tanto, quien nos exige este comportamiento también es responsable desde lo público y lo privado de nuestra miserable realidad.

Y es que el hambre es terrible, y digo hambre en sentido figurado y en sentido real, porque siempre estaremos dispuestos a entregar algo más de nuestro esfuerzo, de nuestro tiempo, de nuestro conocimiento, de nuestra dignidad, de nuestra vida para conseguir trabajar.

¿Cuál es el problema que se plantea en este contexto? En mi opinión es muy sencillo y ya está sobre la mesa, se trata de que siempre habrá alguien que lo haga más barato, y ojo, no se dice mejor, con mayor calidad, con más profesionalidad, con mayor dedicación, etc., se dice más barato. Esta realidad tiene un corolario en apariencia favorable como consecuencia del ahorro que provoca dentro el ámbito de lo privado y de lo público. Todo el mundo pensará que este ahorro no es un problema como he planteado. Si el promotor privado —para incrementar sus beneficios— o público —para beneficio de los contribuyentes— consiguen ahorrar unos euros en sus proyectos y direcciones de obra a costa de unos servicios profesionales mejor, ¿o no? Pues hay un dicho muy sensato que es que lo barato sale caro. Ya en su momento le ofrecí al enfermo de corazón una operación de saldo a costa de licitar los servicios médicos al mejor postor, ergo, al más barato, y no parece que al doliente le hiciese mucha gracia y rechazó la propuesta. Pues con la arquitectura pasa igual. Piénsenlo, será su casa, su hospital, su museo, su parque, su edificio de oficinas el que terminará pagando las consecuencias y, compréndanlo, es inevitable porque llegará un punto en que el arquitecto, por muy profesional e incluso objetivamente bueno que sea, no podrá hacer frente a los gastos que conlleva desarrollar un proyecto si no son cubiertos con la remuneración que percibe. Todo ello teniendo en cuenta que los honorarios profesionales suelen suponer un porcentaje ridículo —cada vez más— sobre el presupuesto que se maneja en una obra, recordemos que una licencia de obras que se paga a un Ayuntamiento está en el entorno del 4% sobre el presupuesto de ejecución material de la obra y los honorarios de los arquitectos, arquitectos técnicos y demás técnicos —que todos los profesionales que se dedican a esto sufren las mismas consecuencias, rara vez, se acercan a esa cifra. Por tanto, las consecuencias de esta curiosa realidad las terminará pagando la sociedad como colectivo y cada uno de nosotros como individuo perteneciente a ella. No creo que la sociedad sea verdaderamente consciente del valor que tiene un buen proyecto frente a uno mediocre —normalmente peor pagado—.

Creo que los arquitectos como colectivo debemos hacer frente a esta realidad, debemos posicionarnos con una firme presencia en los círculos de poder desde donde podremos luchar por evitar la decadencia de la profesión. Debemos manifestar pública y abiertamente nuestra disconformidad con esta realidad y pelear por cambiarla educando y concienciando a la sociedad y mostrándole la necesidad y el valor de nuestros servicios. Siempre he fantaseado con las consecuencias que tendría en la sociedad una huelga de arquitectos, desde luego, si lo analizamos en profundidad, los efectos se manifestarían a medio plazo, pero serían atroces, pondrían en relieve nuestro verdadero papel. Imagínense todo lo que pararíamos negándonos a firmar una certificación o a testificar como peritos en un juicio o a darle el visto bueno a una estructura antes de hormigonarla, creo que es mucho y pienso que no sabemos hacer valer nuestra presencia social. Es una lástima, tal vez, en un primer estadio, el colegio profesional deba ser el catalizador de este cambio, ojalá lo consiga, seguro que está luchando por hacerlo, pero yo, encerrado en mi despacho, luchando contra el mundo procurando evitar pasar "hambre", solo siento las consecuencias del decaimiento de la profesión.

Esto que van a leer a continuación es un hecho real. Desgraciadamente no es la primera vez que me ocurre y no será la última por más que desee evitarlo. Además, estoy seguro de que a muchos arquitectos les habrá ocurrido y les volverá a ocurrir o les ocurrirá. Ya lo dije antes, siempre habrá alguien que caiga en este error por ambición o por necesidad, tanto da, cara al resultado final. En cualquier caso, es triste que tengamos que llegar a esta situación y más aún lo es que mi consuelo sea sencillamente publicarlo porque me cueste más caro, en tiempo y seguramente en dinero, demandar a este impresentable cliente sin tener la certeza, la justicia es ciega y debe velar por los derechos y deberes de todos, de conseguir ganar el juicio por obvio y evidente que haya sido el delito. A pesar de ello, me pensaré si finalmente le demando…

Carta a un cliente —que ya no lo será—.



Estimado X —aunque lo que me apetece es poner nombre, apellidos, teléfono y dirección—,

Seguramente te resultará extraño que comience esta respuesta a tu carta pidiéndote disculpas. Seguramente no son necesarias. Seguramente son inmerecidas por ti, pero me parece justo por haber retrasado tanto mi contestación a tu escrito en el que indicabas que la factura que emití contra tu mujer —es quien me dijiste que debía figurar en el primer trabajo que me encargaste, tus motivos tendrás— se trataba, como me dijiste que entendíais, de un error.

Este retraso cercano a dos meses se debe a que tengo otras cosas mucho mejores que hacer, así pues entenderás, para tu tranquilidad, que en absoluto siento frustración por no haceros vuestro proyecto, más bien alivio al conocer con quien trato, y, en cualquier caso, esta demora no es nada comparada con los más de seis meses que pasé sin tener noticias vuestras desde que os presenté la última propuesta de ordenación de vuestra futura casa —de hecho, si no se hubieran desarrollado los acontecimientos como te recordaré en breve, seguramente a fecha de hoy aún no sabría de vosotros—, que, según dijisteis, y siento tener que recordártelo, os gustó mucho con todas las ideas que os aporté.

Recuerdo nuestra última reunión con la presencia de tu mujer, tu hija, tú mismo y yo que se produjo en el inmueble que habíais comprado, el 16 de mayo de 2016, con la última propuesta que os llevé y que contenía todos los ajustes que habíamos discutido en nuestro anterior encuentro, el del 11 de mayo, día en que además os hice entrega de la tasación que me habíais encargado y que convenientemente me pagasteis. Después de esa reunión mantuvimos varias conversaciones telefónicas y me comentaste que os ibais de vacaciones y que, a la vuelta retomábamos el tema. No fue así. De hecho, si no llega a ser porque “el mundo es un pañuelo” no habrías dicho nada a pesar de mis sucesivas llamadas, todas ellas sin respuesta, hasta que, entiendo que gracias a algo de vergüenza, decidiste contestar. Sin embargo, supongo que no imaginabas que el hecho de mi llamada respondía a que sabía que una decoradora —tanto da que sea decoradora, arquitecto o lo que sea, es circunstancial— y tú habíais contactado para desarrollar el proyecto de tu vivienda y ella, argumentando con sus propias palabras que “solo trabajaba con los mejores arquitectos” nos había pedido precio a nosotros para desarrollar el proyecto de rehabilitación de tu casa, esa que tan bien conozco porque desde finales de marzo de 2016 —concretamente el 28— hasta mayo de ese mismo año, estuve en ella numerosas veces, también con gente de mi equipo haciendo un levantamiento —con la experiencia que dices tener en construcción sabrás perfectamente lo que significa esa palabra— para prepararos una propuesta que os satisficiera, como así me reconocisteis.

El caso es que cuando nos llegó esa oferta de trabajo para rehabilitar vuestra casa, después de las numerosas visitas, de las conversaciones, de los sucesivos correos electrónicos en los que os mandaba las propuestas que íbamos desarrollando, de las gestiones que os hice en el ayuntamiento y con la compañía eléctrica, etc. —todas ellas perfectamente documentadas por si son de tu interés o por si las hubieses perdido—, podrás imaginar fácilmente el asombro y la sorpresa que me embargó —además de una comprensible decepción—, pero, antes de responder a esta chica, decidí llamarte una, dos, tres, no sé ni cuantas veces sin conseguir contactar contigo, para solicitar una aclaración. Y resulta que cuando por fin conseguí que respondieses a mis llamadas —mira que te haces de rogar— tu balbuceante, sorprendente e increíble respuesta a mi petición de aclaración no fue otra que afirmar que estabas contento “porque esa chica nos había pedido precio a nosotros hablando de nuestro magnífico trabajo y que solo trabajaba con los mejores” —sic—.

Después tuviste la desfachatez, tras otras numerosas llamadas por mi parte —algunas menos, es verdad— y cuando yo ya sabía que te habías reunido con esa chica, de contestarme y poner en tela de juicio mi profesionalidad, además de afirmar en repetidas ocasiones durante la conversación que lo que os había presentado era una basura que tú mismo podrías haber hecho. Enhorabuena por tu respeto hacia el trabajo de los demás, enhorabuena, sí señor, memorable. Como no podía ser de otra forma, en ese momento exigí que rectificaras, y así lo hiciste, con sutileza, eso sí, y, curiosamente, tu estrategia defensiva se transformó en algo más retorcido, menos visceral, y vaya por delante mi enhorabuena por tu “inteligente” proceder. Dijiste que no habías firmado ninguno de los dos presupuestos que te había pasado —el segundo porque me pediste que redujera los costes de obra— porque, atención a la respuesta, “no querías comprometerte” —sic—. Es sumamente curioso que pienses que por no firmar un presupuesto no te hayas comprometido profesionalmente con mis servicios. Resulta pueril, sobre todo tras las numerosas reuniones, propuestas, alternativas que fuimos trabajando hasta encontrar la que más os convencía. Además, si eso es así, tampoco firmaste la tasación, que estaba en el mismo documento, y, sin embargo, te la entregué y me la pagaste, lo cual resulta cuanto menos curioso, ¿no te parece? Indicarte, por cierto, ya que yo también tengo mis asesores jurídicos a los que pago puntualmente —no sé si tú haces igual o si tu actitud solo se trata de una inquina personal contra los arquitectos—, que no es necesaria la firma de un contrato o presupuesto para formalizar la prestación de un servicio, basta con que haya consentimiento por parte del que solicita el servicio y, es fácilmente demostrable solo con las numerosas reuniones y correos que ese consentimiento existía. De otra parte, ya te aclaré que el presupuesto se entregaba desglosado en partes que se correspondían con las distintas fases que conlleva una obra para que, en el caso de que se detuviese en alguna de ellas, pudiésemos liquidar en ese instante sin que supusiese un agravio para ti.

Imagino que no te resulta difícil entender lo que te estoy diciendo, no te tengo por idiota, pero, en cualquier caso, permíteme que te ponga un ejemplo que te aclarará definitivamente esta situación. Si no tengo mal entendido tu mujer tiene una clínica dental —desconozco si esa es su profesión o si sencillamente ha invertido un dinero para montarla contratando los servicios de odontólogos, dentistas, estomatólogos y/o asistentes, tanto da—. En cualquier caso, supongamos que esa clínica que regenta tu mujer tiene buena fama, por su profesionalidad, por su servicio, incluso, tal vez, por su precio o, para no resultar injusto, por su relación calidad-precio. Suponte que yo —sirve cualquier otra persona— requiere de los servicios de un dentista y visito la clínica de tu mujer. Le cuento el problema que tengo en mis dientes y le digo que necesito sus servicios. Ella —o quien proceda— me revisa la boca y me dice qué es conveniente hacer, pongamos por caso que hay que realizar una limpieza, un empaste y una endodoncia —disculpa mis limitados conocimientos acerca del tema, pero es precisamente ese el motivo de que acuda a un profesional solvente que sepa del asunto en cuestión—. El caso es que después de su revisión inicial a la que dedica su tiempo, me dice que me va a pasar un presupuesto de lo que costaría su servicio —tal vez incluso intente cobrar la revisión inicial— y me lo manda. Yo le digo que quiero que haga el trabajo porque tengo muy buenas referencias de ella, pero que se escapa un poco a mi capacidad económica —ya sabes, son tiempos complicados para todos— y que, en la medida de lo posible, haga una reducción. Y lo hace porque no dejo de ser un cliente con una boca interesante —este símil es solo para que entiendas que el inmueble que comprasteis tenía grandes posibilidades arquitectónicas y me resultaba interesante, no sé si esa comparación es asimilable a las bocas de los clientes de los dentistas—. Bueno pues, tras la rebaja, me acerco a la clínica y le digo que me interesan sus servicios y comienza a trabajar en mi boca, digamos, haciéndome la limpieza bucal. Tras la misma, antes de pagar, le digo que no estoy del todo satisfecho y que, a ver si puede conseguir que los dientes queden más blancos. Ella, como buena profesional, vuelve a intervenir mejorando el trabajo inicial para satisfacer a su cliente, que le dice que está mucho mejor. Tras este trabajo inicial el cliente, en este caso yo, le digo que me marcho de vacaciones y que retomamos los trabajos a la vuelta. Ella, confiada, no dice nada puesto que sabe que pasó su precio y que yo, a pesar de no haberlo firmado he ido a recibir sus servicios. El caso es que el tiempo razonable de vacaciones transcurre y no doy señales de vida. Ella, preocupada por su trabajo parcialmente hecho, intenta contactar conmigo, sin que yo responda a sus llamadas ni correos hasta que, finalmente un día, un sacamuelas —no quiero que interpretes despectivamente esta designación, pero seguro que tu mujer también se queja de cierto intrusismo y de malas prácticas en la profesión— le pide que por favor le diga cuánto cobraría ella por hacer una endodoncia porque tiene un cliente que la necesita y no puede hacerla. Tu mujer, responsablemente, le pide que le facilite algún dato más para valorar justamente el trabajo a realizar, y los datos que recibe corresponden, mira tú, a mi boca. Sorprendida y razonablemente cabreada intenta contactar conmigo para pedir la lógica aclaración, pero siempre educadamente. Finalmente consigue hablar conmigo y yo, ofrezco una versión de los hechos que ni el más crédulo entre los crédulos se creería. Sin embargo, como tu mujer es una profesional ante todo y muy educada, decide no darle mayor importancia a la cuestión asumiendo su frustración por no conseguirme como cliente —mira a ver si sería frustración lo que tendría— e intenta cobrar solo y exclusivamente los trabajos por ella realizados. Cuál no será su sorpresa al contactar nuevamente conmigo y reclamarme sus honorarios, justamente trabajados, si mi repuesta es que no tengo firmado nada porque no quería comprometerme ya que no sabía si podría afrontar la totalidad de las intervenciones; pregúntale, anda, pregúntale. Eso, claro está, después de haberle dicho que su trabajo es una basura y que yo mismo podría haberlo hecho mejor —aunque te anticipo que esas palabras jamás habrían salido de mi boca—. En fin, como te decía al principio, no te tengo por idiota, así que estoy seguro de que comprendes perfectamente lo que te estoy diciendo. Así pues, te ruego por favor que pagues la factura que emití por los trabajos profesionales que os presté para lo cual te ofrezco un plazo más que razonable de un mes, tras el cual, de no haber recibido el pago procederé, asesorado por los servicios jurídicos que tengo contratados, como mejor convenga a mis intereses.

Por cierto, solo a los efectos de tu conocimiento, no te molestes en contestar este correo si no es para corroborar el pago efectuado de la factura que te he emitido —y que vuelvo a adjuntarte por si no la encuentras— porque no voy a perder ni un instante en leer lo que tengas que decirme. Y si me lo permites, un consejo, si decides hacerte la casa finalmente revisa los precios de las partidas de obra que contrates, seguramente evitarás sorpresas, eso es algo que yo te ofrecía en mis servicios, aunque atendiendo a la dilatada experiencia que dices tener en este sector seguramente este consejo no te sea necesario. Además, procura no utilizar la documentación que te he facilitado con quien decidas contratar finalmente, te aseguro que te enfrentarías a una demanda mayor.

P.D. Si, tal y como me decías en tu correo, has obrado con otros en tu vivienda en Madrid de igual forma que lo has hecho conmigo, solo puedo desearte que esos mismos que han sufrido las consecuencias de tu abuso terminen decidiendo demandarte por incumplimiento de contrato y dejación en las obligaciones de pago adquiridas.

Un saludo,

Rubén




Imagen: Correo electrónico recibido justificando no pagar la factura por mis trabajos profesionales.


En Mérida a 18 de febrero de 2017.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera

1 comentario:

  1. A mí me sucedió algo parecido. En principio no te pagan, pero si insistes enviando la factura cada 2 meses, al final te pagan por aburrimiento -al año siguiente claro- (y porque las facturas generan mala energía y dolor de cabeza al deudor -de forma subconsciente-). Yo prefiero insistir porque para cara ellos, cara yo. Somos demasiado buenos a veces y lo solemos dejar pasar sin llegar a cobrar nada.
    Creo que no hay que dejar que nos pisen. Mucho ánimo y paciencia. Si el trabajo está hecho hay que cobrarlo.

    Pd: Si lo denuncias como monitorio al juzgado, no pagas gastos judiciales.

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