Eran las 19:43. Justo miró el reloj. El día anterior había cumplido cincuenta y cinco años. Lo celebró solo en su pequeño piso alquilado. Como era previsible para él, no había nadie en el portal del edificio. El administrador de fincas había mandado la convocatoria hacía un par de semanas y los había citado a todos a las 19:30. Aún no había llegado ninguno de los vecinos; ni tan siquiera el propio administrador. La dueña del piso en el que vivía era una señora mayor que él. Nunca le preguntó la edad por respeto, aunque sentía curiosidad, pero Justo suponía que tendría cerca de setenta años. Siempre estaba morena, excesivamente morena. Y siempre le había parecido que tenía la piel acartonada.
Vivía en aquel piso desde hacía algo más de veinte años, después de que su mujer y él se divorciaran. Ella se quedó con la casa que tenían en propiedad. No tenían hijos y eso, visto con perspectiva, había sido un alivio en la separación. Simplemente dejaron de verse y hablarse cuando resolvieron los papeles. No había tenido noticias de ella desde entonces. Él había intentado contactar con ella en alguna ocasión, más por cortesía que por obligación o necesidad, mandándole algún mensaje que nunca tuvo respuesta. Justo persistió sin insistir demasiado —no quería resultar pesado— algunas veces más, pero solo obtuvo el silencio por respuesta. Al cabo de un par de años desistió.
La dueña del piso siempre estaba viajando. Justo la representaba en las reuniones de vecinos. Se lo había pedido ella. «Siempre ando de un lado para otro, ¿le importaría asistir usted, por favor?» Esa frase formaba parte indefectible de las escasas conversaciones que mantenía con ella. Ella le llamaba con la petición pocos días antes de que se produjese la reunión y le hacía llegar el documento con la convocatoria: 19:30 horas en primera convocatoria; 20:00 horas en segunda convocatoria. Se ruega asistencia. Justo siempre aceptaba con un amable «Por supuesto, cuente conmigo». La dueña le hacía llegar la convocatoria firmada por ella. Le pedía que se informase bien de todo lo que contaban y que le avisase si había alguna cuestión que mereciese su atención. Justo recibía la convocatoria correspondiente a su piso y a los otros tres que pertenecían a la señora en el bloque donde vivía. Justo se preguntaba si en alguna ocasión les habría hecho la petición a sus otros inquilinos.
Las 19:51. El administrador de fincas llegó y le saludó efusivamente.
—¿Cómo está, Justo?
—Bien, gracias.
—Trae las convocatorias de todos los apartamentos de la señora Estévez, ¿verdad?
—Sí.
—¿Le importa dármelas?
—Aquí tiene.
El administrador las cogió y anotó algo en su libreta. A Justo le pareció que estaba marcando algo en ciertas casillas.
A las 20:07 comenzaron a llegar algunos vecinos más. A las 20:25 el administrador, después de un breve recuento, dice que la reunión puede iniciarse. Pasa lista y confirma que tiene cuórum suficiente para poder celebrar la reunión. Todo gracias a los cuatro pisos que la dueña, a través de Justo, representa.
—Comenzaré pasando lista de aquellos que aún no han pagado la derrama correspondiente a la pintura de la fachada. —El administrador lee la lista—. Justo, por favor, dígale a la señora Estévez que faltan tres de sus cuatro cuotas extraordinarias por pagar. Entiendo que has sido tú quien ha pagado la cuota correspondiente al piso que tienes alquilado —el administrador le trataba de tú o de usted indistintamente—. Debo decirte que no tienes obligación de hacerlo, salvo que así venga en tu contrato de arrendamiento. Es algo que le corresponde a ella y solo a ella.
—Lo sé, lo sé —responde Justo asintiendo—, pero me ha insistido en que son muchos los gastos que está teniendo en sus pisos y me ha pedido que la cubra en esta ocasión.
—Ya, ya…
El resto de los vecinos se sonríe. El administrador prosigue con la lectura de los morosos. Cuando termina, indica que los arreglos de la fachada se han pagado con el remanente que existía en la cuenta de la comunidad, pero que se ha agotado y que los siguientes gastos ordinarios no se podrán afrontar si no se ponen al día con los pagos.
—Tal vez Justo puede echarnos una mano —dice uno de los vecinos con sorna.
Justo sonríe, trémulo. No puede afrontar más gastos este mes. Va a decir algo, pero el administrador se le adelanta.
—No, eso no es posible. Cada propietario debe afrontar su cuota. Usted concretamente —se dirige a quien ha hecho el comentario— no solo debe esta cuota extraordinaria, sino que lleva las tres últimas cuotas ordinarias sin pagar. Así que, por favor, póngase al día. Ya le pedí que me facilitase su número de cuenta corriente para domiciliar los pagos, pero no ha atendido mi petición. Si prosigue con el impago, según los estatutos, la comunidad tendrá derecho a denunciarle.
—Haga usted el favor de guardarse esos comentarios o tendrá problemas —le dice el moroso.
—Espero que no sea una amenaza lo que me está diciendo.
—Pues tal vez sí lo es…
—Vamos, vamos —interrumpe Justo—, no sigamos por ese camino. Yo le pagaré la cuota extraordinaria para que la cosa no vaya a más.
—Pues si no quieres que la cosa vaya a más, tendrás también que ponerme al día con las ordinarias porque ahora mismo no tengo posibilidad de hacerlo.
Justo duda. Su cabeza echa cuentas. No tiene demasiado dinero, pero sabe que algún ahorro tiene de la última paga extraordinaria que ha recibido. Justo trabaja como administrativo en el ayuntamiento.
—Está bien, yo se lo pagaré —se dirige al administrador.
—Justo, ya sabes que es muy probable que no te lo devuelva…
—Eh, eh, gilipollas —le interrumpe el vecino moroso mientras el resto de los vecinos comienza a mostrar cierta preocupación por el tono de la conversación—. A mí no me trates así.
El administrador no le mira.
—Dejaré constancia en el acta de que don Justo Vidal se hace cargo de su cuota extraordinaria y de las ordinarias que debe —dice dirigiéndose al vecino moroso.
—Gracias —dice Justo.
El vecino moroso calla y cambia su rictus a una sonrisa horizontal. El administrador da por finalizada la reunión y todos se marchan. Justo se queda e intercambia unas palabras con el administrador más por educación que por necesidad. El administrador casi le reprende por su exceso de generosidad, siente lástima por él. Justo asiente. No soporta las peleas. El administrador se marcha y justo sube a su piso. Entra. Anota en una libreta las cosas que tiene que decirle a la dueña del piso. Se lava la cara. Se pone el pijama. Abre el frigorífico y una luz trémula y parpadeante ilumina su rostro. No hay mucho y lo que hay no le apetece. Cierra la puerta y, a oscuras, se dirige a su dormitorio. Se mete en la cama e intenta dormirse tras su rezo nocturno. Pide por todos y, a veces, también por él.
Imagen creada por el autor con IA.
En Mérida a 9 de noviembre de 2025.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera
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