Justo Vidal (ii).

 


La mañana es fría. Justo ya está despierto y ha recibido un mensaje del administrador recordándole que tiene que hacer frente a las cuotas comprometidas. Le facilita el importe. Justo lo mira, aún está en la cama; es más de lo que esperaba: «Menudo regalo de cumpleaños me he hecho», piensa mientras contesta diligentemente confirmando que hará la transferencia esa mañana. Se levanta, se dirige al baño, se lava la cara después de miccionar y limpiarse. Va a la cocina y abre la puerta del frigorífico. La luz trémula y parpadeante apenas se aprecia con la claridad que entra por la ventana del salón-comedor-cocina. Coge el cartón de leche. Está casi vacío. Coge una cafetera individual del armario que hay sobre la escasa encimera y la rellena con café de una bolsita bien apelmazada y cerrada que guarda en un cajón. La coloca en su sitio de nuevo y cierra el cajón. Echa el agua y pone a calentar la cafetera. Saca una taza, la única taza que tiene, del escurridor que hay sobre el fregadero de un seno.  

 

Justo es una persona desconfiada con la tecnología y tendrá que acercarse al banco para transferir el importe adeudado. 

 

Justo se toma el café. Está caliente. Sabe que el banco abre al público a las 9:00. Él entra a trabajar a las 8:00. Son las 7:00. Llegará a las oficinas municipales a las 7:45, nunca después. Siempre sale con tiempo por si surge algún imprevisto en el camino. Nunca ha ocurrido nada. Tiene el descanso para el desayuno a las 11:00. Apenas lo utiliza porque procura adelantar trabajo y, no pocas veces, sacarle tareas a Pedro, su compañero de sección. Hoy aprovechará ese rato para hacer las gestiones en el banco. No puede evitar pensar que ojalá no le importe a Pedro. Justo se lava los dientes y se quita unos calcetines gruesos, se pone otros de hilo y se calza los zapatos. Le gusta andar descalzo por su casa. Coge el abrigo, se coloca la bufanda y sale de casa. Echa la llave con dos vueltas. Baja las escaleras. El ascensor sigue sin funcionar. Ayer se le olvidó comentarlo en la reunión. Tampoco los otros lo hicieron. 

 

Antes de salir a la calle se pone el abrigo. Camina ni muy rápido ni muy lento. Sabe el ritmo que necesita llevar para llegar a la oficina a tiempo. Ha hecho ese trayecto en innumerables ocasiones, durante más de veinte años casi todos los días, incluidos algunos fines de semana en los primeros años tras mudarse al apartamento que le alquila la señora de Hernández —ella siempre insiste en colocar el «de» delante del apellido—. Después prohibieron trabajar los fines de semana por alguna cuestión relacionada con el convenio laboral, el control de entrada y el pago de las horas extraordinarias. Para Justo eso fue un terrible palo, pero lo superó. Siempre sigue el mismo camino, aunque a veces ha tenido que desviarse ligeramente por obras en la calle, pero nunca demasiado. Se siente seguro siguiéndolo. 

 

De repente recibe un mensaje en el móvil. Se extraña. No suele recibir ninguno a esas horas de la mañana. Se detiene. Se abre el abrigo y lo saca del bolsillo interior de su chaqueta. Es un móvil antiguo, pero aún le funciona. Cuando se dispone a mirarlo, unos chiquillos que van correteando por la acera chocan con él y el móvil se le cae de las manos. Intenta atraparlo en el aire haciendo malabares, pero no lo consigue. El móvil rebota en la acera un par de veces. Justo comprueba como salta una lasca que supone es del cristal, pero el móvil sigue rebotando hasta que cae por el bordillo de la acera y se cuela entre las barras de un imbornal de la calle. Incluso oye el ruido del aparato al hundirse en el agua. Justo lo ha visto todo como si fuese a cámara lenta. Golpe a golpe, rebote a rebote. Incluso le parece haber visto como caía por el pozo hasta el agua. Justo suspira y mira a los niños de reojo. Le están observando. Comienzan a reírse de él. Esta mañana no se afeitó y algunos pelillos de su barba ya estaban luchando por salir entre las calvas de su rostro sobre las que resalta el color rojizo de su sofoco. Justo grita, les grita, grita todo lo alto que puede —nunca antes ha gritado así—. Los niños se asustan y salen corriendo. La gente que pasa a su lado le mira con extrañeza y miedo y se alejan. Justo sigue gritando algo ininteligible. Se escapa saliva de su boca mientras se desgañita. Aprieta los dientes intentando contenerse, pero no lo logra y prosigue gritando y gritando y gritando… Hasta que ya no puede más. Hasta que pierde la voz. Entonces abre los ojos, mira a su alrededor y se agacha para recoger una bola de papel que ve en el suelo, seguramente perteneciente a alguno de los niños que antes jugueteaban a su alrededor y que seguramente se le ha caído en su huida o sencillamente la ha tirado. La recoge y se dirige a la papelera más cercana. Se detiene frente a ella y alarga la mano para arrojar el papel dentro. Lo deja caer en el suelo, al lado de la papelera, y prosigue su camino.

 

 

 

Imagen creada por el autor con IA.

 

 

En Mérida a 15 de marzo de 2026.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

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