Justo Vidal (iii).

 


Justo camina erguido, extrañamente erguido. Se dirige hacia sus oficinas, pero se detiene frente a un escaparate y mira a través del cristal algunos modelos de móviles que le gustan. «Son muy caros —piensa—, pero necesito uno». La tienda está cerrada; abre a las 10:00, según reza el cartel de la puerta. Decide que luego se acercará a comprar el que más le ha gustado. Mira su reloj: son las 7:45. A esa hora ya debería estar en la oficina. Un sudor frío le recorre la espalda, pero consigue sobreponerse y, en lugar de acelerar el paso, sigue caminando tranquilamente, casi paseando, contemplando el paisaje. Llega a la puerta de las oficinas a las 8:03, donde aguarda el control de seguridad. Antonio —que es el vigilante— le saluda con cara de preocupación.

 

—Buenos días, Justo. ¿Está usted bien? —le pregunta con sinceridad mientras revisa la hora en el reloj de la pantalla cuando Justo ficha.

 

—Perfectamente, Antonio, perfectamente —le responde después de fichar mientras entra en el vestíbulo de las oficinas. 

 

Antonio se extraña, no le ha saludado como es habitual, no le ha dicho «Buenos días, don Antonio» como siempre; le ha tratado de tú. Y no le ha dado los buenos días. Ambos son los trabajadores más antiguos de las oficinas del Ayuntamiento. Se conocen desde hace muchos años. Antonio siempre ha estado, como Justo, en su puesto de trabajo antes de la hora de inicio. Ver llegar a Justo tranquilamente y tarde le ha llamado la atención. Sin embargo, Justo no ha dado muestras de intranquilidad. «No es lo habitual, algo debe haberle ocurrido —piensa—, luego le preguntaré cuando salga». Sabe que será de los últimos en salir, siempre es así. 

 

Justo penetra en el vestíbulo. No hay nadie en la recepción, pero eso no le extraña. Son las 8:07. Se dirige a las escaleras, pero se detiene. Da la vuelta y va a los ascensores. No le gustan los espacios cerrados; no es claustrofobia, de serlo, no podría soportar vivir en su apartamento. Sencillamente no le agradan, sin embargo, hoy no subirá a la cuarta planta por las escaleras. Pulsa el botón, se abren las puertas, entra, marca el cuatro y sube. Llega a su planta y no puede evitar mirar la hora del reloj que decora el pasillo. Son las 8:11. Aún no hay nadie. Está él solo, pero, nuevamente, eso no le extraña. Las luces se encienden según se va acercando a su mesa. No tiene despacho. Ha visto pasar a lo largo de los años muchos compañeros que han ido ascendiendo. Él no. Nunca lo ha logrado, aunque seguramente ha hecho más méritos que ninguno. Tampoco lo ha pedido nunca. Se sienta en su silla y comprueba la pila de papeles que tiene sobre la mesa. Mira las mesas de alrededor, las de sus compañeros. Están todas bastante limpias y no es precisamente porque él trabaje menos. Justo lo sabe a la perfección. Se levanta con la pila de carpetas en la mano y va repartiéndolas mesa a mesa. Sabe quién se sienta en cada una de ellas. Les va dejando aquello que les corresponde. Ahora su mesa está limpia. La mira. Tampoco le agrada. Se dirige a una de las mesas donde ha dejado más carpetas, la de Pedro, y le quita uno de los expedientes que deposita en su propia mesa. Ahora todo está bien. Son las 8:21. Todavía no hay nadie. Justo se sienta, abre la carpeta que ha recuperado, lee los datos, enciende el ordenador, mete su clave y teclea una serie de números y letras. Pasa algunas páginas, rellena ciertas casillas, firma en algunos espacios, se levanta para hacer unas fotocopias y cierra la carpeta estampando un sello sobre ella que indica «CERRADO» junto a su firma y número de funcionario. Vuelve al ordenador y teclea durante un rato. Va abriendo a través de la aplicación informática de gestión cada uno de los expedientes que tenía sobre su mesa y los reasigna a cada uno de sus compañeros. Se los sabe de memoria. Son las 8:47. Ha terminado. Se levanta y se dirige al ascensor. Las luces del pasillo se van encendiendo según se acerca. En la puerta del ascensor se cruza con Pedro, que está llegando.

 

—Buenos días, Justo. ¿Ya te vas? —le pregunta con una sonrisa.

 

—Un poco temprano, ¿no? —le dice, ignorando su pregunta.

 

—¿Cómo? —responde Pedro, incrédulo por lo que acaba de oír.

 

Sí —responde entonces Justo a la pregunta anterior—. Ya he terminado. 

 

Justo entra en el ascensor, pulsa el cero. Pedro se le queda mirando atónito. Justo se despide con la mano mientras se cierra la puerta del ascensor. Pedro tiene que parpadear varias veces antes de comprender lo que acaba de ocurrir. Se da la vuelta y se dirige a su mesa mientras se van encendiendo las luces del pasillo.

 

Justo sale del ascensor y saluda a Antonio después de fichar. En la recepción hay una mujer limpiando. Justo la mira y la saluda con un gesto de cabeza acompañado de un «Buenos días» que alarga innecesariamente provocando que la mujer le mire.

 

—¿Te encuentras bien, Justo? —le pregunta Antonio.

 

—Maravillosamente —responde mientras sale por la puerta. Son las 8:57. 

 

 

 

Imagen creada por el autor con IA.

 

 

En Mérida a 22 de marzo de 2026.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

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