Antes de explicar cómo usar el dinero y ahora que ya sabemos más o menos qué es, debemos entender por qué existe. Es importante saber esto puesto que nos permitirá acercarnos de forma más directa a su uso y, sobre todo, a cómo debe ser usado que es lo que quiero que aprendáis.
Imaginad que tenemos una vaca: esta vaca, que pasta feliz en nuestro campo, nos da leche —podemos hablar de cómo es posible que dé leche en otra ocasión—. Como somos poquitos, nos sobra leche. La existencia de este sobrante es sustancial, puesto que si no tuviésemos este excedente no podríamos usarlo para lo que sigue.
Sabemos que tenemos un vecino que tiene gallinas que ponen unos huevos estupendos —también podemos hablar de cómo es posible que pongan tantos huevos en otra ocasión—. No sabemos si le sobran huevos, pero nos armamos de valor, puesto que nos gustan mucho las tortillas, y nos acercamos a su casa y le preguntamos si nos puede dar algunos. Nos dice que sí. Nos enseña orgulloso un cesto con varias docenas y nos dice que los cogió ayer. Se nos hace la boca agua pensando en tortillas, bizcochos, huevos fritos… Nos mira con complacencia y nos dice que no tiene problema en darnos un par de ellos. Nos los da, le damos las gracias y regresamos a casa moderadamente felices —porque dos huevos nos parecen poco para todo lo que queríamos preparar, aunque qué le vamos a hacer si nos los han regalado…—, pero como estamos muy bien educados, cogemos un tazón de leche y se lo llevamos para sentirnos más a gusto con nosotros mismos.
Acabamos de hacer un trueque.
¿Qué significa esto? Pues quiere decir que hemos recibido un bien, los dos huevos, y lo hemos intercambiado, aunque no era la intención inicial, por un tazón de leche, que es otro bien. ¿Por qué le hemos llevado un tazón de leche y no una garrafa o un pequeño vaso? Esto es algo muy subjetivo y tiene que ver con muchos factores que intervienen en este intercambio comercial y que para entender el concepto de trueque nos vendrían bien, pero son complicados de explicar con brevedad, así que haré un pequeño resumen: hemos llevado un tazón de leche porque hemos considerado que es lo que para nosotros valen esos dos huevos. Es decir, es lo que consideramos que es el justo valor de los dos huevos.
Seguro que nuestro vecino, cuando lo ha visto, se ha alegrado y nos ha dado las gracias diciendo que no era necesario. Sin embargo, cuando nos hemos marchado y él se ha quedado solo con el tazón, puede haber pensado que es poca leche para los dos huevos que nos ha dado o, tal vez, le puede haber parecido mucho para esos dos únicos huevos. Aquí vuelven a surgir los factores del intercambio comercial que decíamos antes.
Pues bien, al cabo de una semana y, aunque ya habíamos gastado los huevos hacía días, decidimos volver a ver a nuestro vecino, pero esta vez, llevamos una garrafa de leche. Se la presentamos y le preguntamos si no le importaría darnos unos huevos a cambio de la garrafa ella. ¿Qué nos parecería si el vecino nos ofreciese solo dos huevos nuevamente? Seguramente le miraríamos con extrañeza y, superada la vergüenza inicial, le diríamos de la mejor forma posible que dos huevos no nos parecen suficiente para la garrafa de leche que le llevamos. Claro, puede ocurrir que el vecino nos dé alguna de las siguientes respuestas:
1. «Ya lo siento, pero no tengo más huevos esta semana»; a lo que nosotros seguramente reaccionaríamos preguntándole si tiene la taza que le trajimos la semana anterior y verteríamos sobre ella solo un chorro de leche a cambio de los dos huevos; aunque también podríamos ofrecer la garrafa completa —a pesar de que pueda resultar extraño— ya que a nosotros sencillamente nos sobra; o tal vez nos viésemos obligados a dejarla entera porque el vecino rechace la taza argumentando que, como no tiene más huevos, considera que el valor de los dos huevos que nos ofrece equivalen a la garrafa completa en esta ocasión. Recuerda: ya no tiene más huevos. Y a pesar de que no nos guste la idea, incluso pensando que ese no es, en apariencia, nuestro problema, pudiera ser que no nos quedase otro remedio, si no conocemos a ningún otro vecino al que le sobren huevos de gallina, que dejarle la garrafa.
2. Tal vez el vecino podría decirnos: «No necesito tanta leche, con una taza me sirve»; nosotros, que queríamos más huevos, podríamos insistir y decirle que necesitamos algunos más porque con dos no podemos hacer toda la repostería que desearíamos y que por eso traemos la garrafa. El vecino puede acceder y darnos más huevos o sencillamente negarse y mantenerse firme con los dos que nos ha ofrecido. En este escenario, sería mejor disponer de algo que no fuese leche para el intercambio, puesto que nuestro vecino, quién sabe si intolerante a la lactosa, no necesita la leche. Por tanto, lo mejor sería pedirle los huevos que necesitemos ofreciéndole las monedas que fueran necesarias para que él, a su vez, pudiera intercambiarlas por otro bien. Este es el origen del dinero. Claro está, sería necesario saber cuántas monedas habría que darle a cambio y para ello vuelven a aparecer esos factores que intervienen en el intercambio económico que referíamos antes.
3. También es cierto que nuestro vecino podría decirnos: «Disculpa, pero a mis hijos no les sienta bien la leche, son intolerantes a la lactosa —acertamos con eso—, así que no la necesitamos. ¿No tendrías otra cosa, por ejemplo, lana, que queremos hacernos unos jerséis?» De nuevo aquí, sería muy útil tener algo universal para el intercambio. En este sentido, la moneda es lo más útil y vuelve a tener sentido la invención del dinero.
4. O puede ser que el vecino, nada más abrirnos la puerta y ver nuestra cara y nuestra leche, nos diga muy enfadado: «¿Cómo os atrevéis a venir a ofrecerme leche?, tomamos la que nos trajisteis y estuvimos varios días con un fuerte dolor de estómago. No quiero volver a tomarla…». Tras el portazo, nosotros, casi sin poder pedir disculpas, nos quedaríamos con la garrafa y sin los huevos.
Puede haber muchas otras respuestas que introducen numerosas alternativas y variables, pero lo que está claro es que, si en lugar de intercambiar bienes que necesitamos por bienes que otros necesitan, tenemos un sistema para intercambiar dichos bienes por algo inconcreto, abstracto y que todos sepamos cuánto vale, el comercio —que es como se denomina este intercambio— parece más sencillo… Por eso surge el dinero.
A mis hijos.
Imagen creada por el autor con IA.
En Mérida, a 15 de febrero de 2026.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera
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