Un futuro predecible (parte ii y final por ahora).

 


Vivimos un momento singular. Un número significativo de personas es consciente de esta situación especial y eso es algo histórico en la humanidad. Las grandes revoluciones han acontecido a lo largo de la historia sin que la sociedad fuese consciente de ellas. Es decir, se han producido y luego la historiografía las ha puesto de manifiesto. Así, tenemos la primera gran revolución que aconteció hace entre 200.000 y 300.000 años con la transformación en sapiens de la especie humana que supuso la conversión de los seres humanos en cazadores-recolectores y el control del fuego —aunque su uso provenía ya de antes—. La segunda gran revolución aconteció hace unos 12.000 años durante el Neolítico con la domesticación de animales y plantas y la generación de excedentes alimentarios que propició grandes cambios en las condiciones de vida de los seres humanos con la aparición de asentamientos estables, la configuración de clases sociales jerárquicas y el paso de unas creencias basadas en el naturismo y animismo al totemismo primigenio y politeísmo neolítico que fue evolucionando hacia el monoteísmo más complejo que ha validado algunas clases sociales y ha perdurado en el tiempo hasta la actualidad. La tercera revolución se denominó «industrial» y arrancó a mediados del siglo XVIII. Transformó profundamente las jerarquías sociales al incorporar medios de producción mediante máquinas apartando las manufacturas que habían colmado la sociedad durante milenios e introduciendo desequilibrios mayores en el reparto de la riqueza que los que hasta entonces existían. 

 

Actualmente vivimos en plena transformación a consecuencia de la cuarta revolución, la «tecnológica». Esta empezó a finales del siglo XX con la incorporación a nuestras vidas de nuevas tecnologías como internet. Esta revolución podrá llamarse «digital», «cuántica», de la «inteligencia artificial» o tal vez «científica», según acuerden los historiadores del futuro. Tanto da una denominación como otra —aunque en mi opinión el nombre más adecuado sería «revolución científica»— pues el hecho diferencial es que somos por primera vez conscientes de estar sumidos en ella, por tanto, deberíamos ser igualmente conscientes de la transformación que estamos viviendo y provocando, y deberíamos tener la capacidad de reaccionar e incorporar a dicho proceso de cambio elementos que ayuden a que no sea traumático ni provoque alteraciones irreversibles para la humanidad. Es decir, tenemos la oportunidad de ser responsables del cambio. Responsables en todos los sentidos, absolutamente en todos. A la cabeza de los responsables debe estar la ciencia. Es necesario concederle esa responsabilidad y ese privilegio. Y sí, es la ciencia, en absoluto la religión que es una necesidad humana que derivó de la curiosidad de los primeros seres humanos y de su falta de conocimiento hasta una justificación social, jerárquica y de poder sobre la que se asienta el monoteísmo actual. La ciencia es la que tiene que dar las respuestas más apropiadas y es la que sustenta la tecnología que se va imponiendo durante el proceso de cambio. La ciencia es la que nos está llevando a una civilización que será capaz de controlar y aprovechar toda la energía planetaria, es decir, nos situará en el umbral de la civilización Tipo I en la escala de Kardashev, permitiéndonos tener energía inagotable en la práctica para cualquier proceso humano. Seguramente aún quedan varios decenios para alcanzar este éxito, pero estamos a un pequeño paso de darlo. Esta energía será probablemente de fusión nuclear —sin olvidar que en el fondo cualquier tipo de energía planetaria es, en última instancia, solar— y nos permitirá terminar con el dinero en su concepción actual para pasar a un intercambio económico sustentado en la propia energía: las cosas y servicios valdrán lo que cuesten energéticamente producirlas y consumirlas. Será un modelo «energionómico» que provocará una transformación social inimaginable actualmente. En definitiva, es la ciencia la que debe controlar el cambio y los científicos deberían erigirse como los nuevos adalides de la revolución y propiciar el contexto intelectual que ordene nuestra civilización. Tal vez esto termine provocando una suerte de evolución de la ciencia hacia una religión en la que la fe en la ciencia se proclamará más allá de lo que la propia ciencia pueda demostrar. Este ha sido el proceso por el que la ciencia ha ido sustituyendo de forma paulatina a la religión sin que haya estado nunca en su ánimo hacerlo. Estos pasos son necesarios y se debe propiciar esta evolución para que la superchería, la superstición y la propia fe pasen al olvido. La única creencia que deberá imperar es la creencia en que la ciencia alcanzará el conocimiento necesario para explicar lo que ahora es inexplicable y que el ser humano tiene la necesidad de conocer. Al mismo tiempo, la ciencia deberá ser la que ordene la sociedad, la civilización. No puede otorgarse el poder de la toma de decisiones a gentes incapaces o gentes con ansia de poder o de riqueza. No estoy diciendo que la toma de decisiones deba recaer en científicos que, en última instancia, son personas, sino en la ciencia. Es la ciencia la que demostrará con hechos las decisiones e imprimirá carácter en los mismos. Los científicos, en tanto que son personas, cometerán errores como cualquiera, pero son necesarios para asegurar la evolución y revolución científica. Por tanto, seguirá siendo un proceso iterativo de mejora, pero con un trasfondo más certero pues estará fundamentado en la ciencia. Esto no quiere decir que no se pueda considerar la economía o la política —que son las que actualmente ordenan el mundo— como disciplinas científicas, lo que significa es que economía y política son manejados por personas alejadas del mundo científico en lo referente a la toma de decisiones para la civilización y que son movidas por intereses espurios, egoístas e irracionales, mientras que las decisiones políticas y económicas que se fundamenten en la ciencia estarían convenientemente justificadas. 

 

Por lo tanto, la toma de decisiones para que esta nueva revolución científica encaje en la sociedad y evitemos la destrucción de la humanidad —hecho que por primera vez en la historia puede ocurrir— debe recaer en la ciencia y no en los políticos, en los ricos o en políticos ricos que solo están implicados con su acaparamiento de riqueza y poder, enalteciendo nacionalismos histriónicos, y no muestran interés alguno en el compromiso con la humanidad.

 

 

Imagen creada por el autor con IA.

En Mérida a 1 de febrero de 2026.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

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