Un futuro predecible.

 


La deriva que el mundo toma es preocupante. Sin embargo, podemos estar tranquilos porque sabemos a qué escenario nos llevará. El desmembramiento de los valores humanos, sustituidos por el ansia de poder y riqueza, sustentado en los nacionalismos o en las religiones confluirá —como ya ocurrió en el pasado— en dolor y odio: guerra y revolución. 

 

Podríamos recorrer a lo largo de la historia numerosos períodos en los que este contexto se repite, pero solo es necesario echar ligeramente la vista atrás para contemplar hacia donde nos encaminamos. La paz de Westfalia de 1648 con los tratados firmados en Münster y Osnabrück que pusieron fin a la Guerra de los Treinta Años en Alemania y a la Guerra de los Ochenta Años entre España y los Países Bajos estableció un nuevo orden europeo. Apareció un triste perdedor, la España de los Austrias de Felipe IV, un rabioso Sacro Imperio Romano Germánico con Fernando III de Habsburgo, emparentado con el anterior, la astucia francesa —a la que se asoció Suecia— en manos del Cardenal Mazarino en nombre de Luis XIV y una atenta y expectante Inglaterra. De esta situación surgieron más de 300 estados independientes que no podían unirse sin la aprobación de Francia y Suecia. Esta paz puso fin a las guerras de religiones y terminó con el poder imperial clásico para iniciar el camino hacia un nuevo imperialismo basado en el colonialismo que tuvo como colofón la Conferencia de Berlín de 1884 donde los países europeos se repartieron África porque sí. En realidad, los tratados de Münster y Osnabrück conformaron las bases del nuevo orden mundial basado en la soberanía nacional y la aparente secularización de los estados. 

 

La religiosidad imperante en aquel siglo XVII en Europa era el cristianismo, con sus distintas variantes que vinieron surgiendo por motivos de fe, pero también políticos: catolicismo, protestantismo y calvinismo, sin menoscabar el anglicanismo británico constituido por el Acta de Supremacía de 1534 bajo el mandato de Enrique VIII. El vínculo entre religión y poder fue sin duda el catalizador de los millones de muertos que sufrió la península euroasiática. En este sentido la paz de Westfalia quiso poner fin a esta situación, pero la política no se desvinculó en su totalidad del sacramento religioso que siguió imponiendo su credo con algunos matices, no así como en otras partes del mundo donde el gobierno nunca llegó a desprenderse de la religión. Esta tozuda realidad, que coadyuvó a la creación de Europa más allá del mito de su rapto por Zeus convertido en toro, terminó convulsionando tras el colonialismo del siglo XIX, en el que bonanza hizo olvidar las dramáticas consecuencias que tendrían los incipientes nacionalismos en sucesivas guerras civiles que desembocaron en la Primera y Segunda Guerra Mundiales. Nótese la intencionalidad del concepto «guerra civil» aquí usado, puesto que, salvando la pueril, aunque cierta realidad que a todos nos hace en cierto modo hermanos, las naciones europeas han estado marcadas, desde la llegada de los sapiens, por migraciones, lo que, en verdad, nos termina uniendo de forma consanguínea. El caso es que tras la finalización de la Segunda Mundial el 8 de mayo de 1945 entre Reims y Berlín y el 2 de septiembre con la rendición de Japón, se intentó establecer un nuevo orden mundial, pero solo se logró a medias. Aparecieron nuevos actores que sustituyeron el poderío europeo bajo el nombre de Estados Unidos, URSS —con su desmembramiento fue sustituida por Rusia— y China. Sin embargo, lo más trágico no es que se consolidaran nuevas potencias mundiales con los mismos arrestos que las anteriores por más que las formas hayan podido cambiar algo; lo malo es que, tras las trágicas y traumáticas experiencias vividas e históricamente bien documentadas, el período de reflexión acerca de la toma de decisiones sobre el futuro de la humanidad haya sido tan breve. Lo malo es que los grandes filósofos del siglo XX que procuraron influir en el devenir de la humanidad, véanse Russell, Heidegger, Sartre, Foucault, Popper, Beauvoir, Nishida, Quijano, Sen…, no tengan apenas relevo ahora para, una vez recuperado el ansia colonialista de esos nuevos actores mundiales, con algunas diferencias —no demasiadas— con los del siglo XIX, pelear por evitar repetir los errores anteriores. Luchar contra el poder y el dinero es difícil, pues nos enfrentamos a los egos de ciertos personajes, pero luchar contra el nacionalismo lo es más, pues nos enfrentamos a los egos de todos los habitantes de una nación. Y aún más difícil es luchar contra el nacionalismo implícito de las religiones que, si bien, en los denominados países occidentales y comunistas ha menguado su poder, existen otros en los que impera a sus anchas. De hecho, algunas de estas naciones están rescatando valores religiosos para justificar sus decisiones, lo cual es aterrador porque nos retrotrae a una época pasada en la que la muerte justificada por medio de la religión imperaba, solo que ahora con la tecnología existente, en la que la inteligencia artificial, los algoritmos y las redes sociales actúan como púlpitos que radicalizan, seríamos capaces de atrocidades inimaginables si se validan en nombre de un credo. En resumen, estamos repitiendo lo que ocurrió a partir de la paz de Westfalia que desembocó en los nacionalismos más aberrantes y virulentos y catalizó el colonialismo más cruento imaginable. Necesitamos pensadores, pensadores comprometidos con la humanidad, capaces de justificar la toma de decisiones sobre el futuro y que se antepongan a políticos, naciones y empresarios ávidos de poder y riqueza que no tengan miramientos a la hora de sacrificar vidas humanas para alcanzar sus objetivos. Necesitamos gente capaz de reflexionar y presentar caminos que unan y no que separen, caminos que nos comprometan en un futuro mejor para todos, no para unos pocos. Necesitamos, en definitiva, gente capaz que impida que ese futuro predecible se repita. 

 

 

Imagen creada por el autor con IA.

En Mérida a 25 de enero de 2026.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

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