Tres mujeres (xv y final).


 

Salvatore murió en 1943, el mismo año en que lo hizo Vito Cascioferro. Murió de un tiro en la nuca. Los detalles de su asesinato no lograron esclarecerse, pero la policía sabía que era un ajuste de cuentas, probablemente dentro de su propia familia. Había alcanzado unas cotas de poder que incomodaban a mucha gente poderosa. Las malas lenguas decían que fue ejecutado por Carlo, su más fiel esbirro. Para entonces, su mujer ya no vivía con él; se había mudado a un apartamento que compró su marido en Roma y se había marchado con su hija Concetta. Rosalia la visitaba con frecuencia, pero seguía viviendo en Palermo con su familia. De hecho, fue Rosalia quien le dio la noticia a Maria y a su hija con una llamada. Madre e hija regresaron a Palermo para el funeral. Silverio, el mismo sacerdote que enterró a Giuseppe, ofició la misa. Estaba tan mayor que apenas se sostenía en pie y requería la ayuda permanente de sus monaguillos. La iglesia estaba a rebosar. Había políticos, policías, jueces y, por supuesto, gente de su propio clan y de clanes enemigos que querían presentar sus respetos y mandar el mensaje de que ellos no habían sido los autores para evitar una oleada de venganzas que no tendría fin. Salvatore se había convertido en un hombre muy poderoso a la par que cruel. Sin embargo, con su muerte, quisieron detener el sanguinario camino que estaba tomando la ciudad, todos habían sufrido ya muchas pérdidas y tenían la esperanza de que esta muerte pudiera ser el inicio de una tregua duradera. 

 

Carmela no se enteró de la muerte de Salvatore hasta algún tiempo después. Fue en 1946, una vez terminada ya la Segunda Guerra Mundial. Le había escrito una carta a Concetta y otra a Rosalia para saber de ellas. La que iba dirigida a Concetta nunca se abrió. Sin embargo, la que estaba dirigida a Rosalia fue leída con gran alegría. Carmela Llevaba sin saber de ellas desde que se marchó del cementerio dejando solo a Salvatore. Rosalia marchó inmediatamente a Roma a ver a Concetta y desde allí escribieron a Carmela. Esta recibió una carta de respuesta firmada por ambas y escrita al alimón durante el encuentro de las amigas en Roma. La carta era muy extensa y contaba todo lo que les había pasado en las últimas dos décadas. Rosalia había seguido viajando, pero siempre regresaba a su tierra, y también visitaba a Concetta en Roma. Esta última había rehecho su vida con su madre. Se había casado y tenía dos niñas. Contaban cómo lo habían pasado en la guerra y cómo habían sufrido muertes de gente cercana. Estaban encantadas de saber de Carmela e insistían en que debían encontrarse de nuevo. Entre alguna de esas líneas, perdidas entre viajes, aventuras y familias, aparecían dos palabras «Salvatore murió» escritas sin mayor relevancia, como algo anecdótico. Esa parte estaba redactada por Concetta, Carmela reconoció su letra perfectamente. No decía «Mi padre ha muerto» ni nada que pudiese vincular a su padre con ella. Carmela lo leyó, pero no se inmutó. Recordó, eso sí, aquella suerte de maldición que le lanzó frente a la tumba de sus padres y se dijo que debía cumplirla. Desconocía si Salvatore habría contado lo que les ocurrió en el cementerio a Concetta o a su mujer. Pensó que no, que era poco probable que lo hubiera hecho. Cualquiera que escuchase de su boca aquello no habría dudado ni un instante de que Salvatore no lo habría tolerado y la habría matado en aquel mismo momento, sin embargo, ella estaba viva; él no. No dudó de que debía completar su augurio. No era algo que le preocupase en exceso, tenía muchas otras cosas que hacer, pero sabía que lo cumpliría. Concetta y Rosalia le pedían a Carmela que se juntasen, que volvieran a verse, que tuvieran la oportunidad de revivir parte del tiempo pasado. Carmela asentía y sonreía mientras leía la carta de sus amigas.

 

Tuvieron que pasar otras dos décadas para que Carmela cumpliese su promesa. Carmela regresó a Palermo en 1971. Tenía 71 años, los mismos que Concetta y Rosalia. Sabía que entonces ambas vivían en la isla. Concetta había regresado cuando sus hijas ya le habían dado nietos y pasaban en Palermo los veranos con la abuela en un piso inmenso de Via Roma que había heredado de su padre. Rosalia se había asentado en Palermo y seguía soltera. Vivía cerca de Concetta y se veían todos los días. Carmela llegó a visitarlas en avión desde Londres, donde llevaba viviendo cerca de diez años. Se había casado dos veces y, fruto de su segundo matrimonio, tenía un hijo que acababa de darle su primer nieto. Nada más aterrizar en Punta Raisi pidió un taxi para que la llevara directamente al cementerio de Sant’Orsola donde sabía que estaba enterrado Salvatore, como también lo estaba la de sus padres. Nada más llegar preguntó por la tumba. Antes de ir a verla, vistió a sus padres y les dejó un ramo de flores. A pesar del gran tamaño del cementerio, pudo localizar el gran panteón de la familia de Salvatore donde estaba solo, Maria, su mujer había querido ser enterrada en Roma. Carmela cumplió su promesa. Después se marchó tal y como lo había hecho hacía más de cuarenta años. 

 

El taxi la esperaba en la puerta del cementerio y le pidió que la llevase a Via Roma para visitar a Concetta. Allí estaba esperándola junto con Rosalia. Las tres se abrazaron y lloraron, pero apenas tuvieron tiempo para contarse nada. Carmela las ayudó a recoger las maletas y bajaron para tomar el mismo taxi que las esperaba. Regresaron al aeropuerto y tomaron las tres un avión con dirección a París. Nada más llegar alquilaron un coche y comenzaron de nuevo su viaje.

 

 

Imagen tomada por el autor y editada por Laura Cabecera Valdera.

Entre Madrid y Charlotte a 26 de diciembre de 2025 y Grass Valley a 30 de diciembre de 2025.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera