50 aniversario de mis padres, José Luis y Flory.








Padres sois muy diferentes, eso lo sabemos a la perfección todos los que os conocemos y, en especial, los que hemos convivido con vosotros.

 

No tengo duda de que los que estáis aquí sabéis la capacidad que tienen las madres de acertar a requerir algo a sus hijos en los momentos más inoportunos con una puntería característica del mejor francotirador. Pues no os llevéis a engaño, mi madre es así. Podría contaros infinidad de anécdotas, unas más vergonzantes —para mí— que otras, en las que la precisión del disparo es tal que uno pensaría que me han colocado alguna suerte de dispositivo de seguimiento físico, psíquico y emocional tal que cada vez que un indicador altera su medición salta una alarma en el terminal de control de la madre —la mía en este caso para que llame al hijo o le manda un mensaje aunque, si intuye que el nivel de tolerancia del dispositivo implantado en el hijo está por encima de lo deseado, ordena al cónyuge, que en este caso es mi padre, con un ¡Joooooose! para que sea él quien se enfrente a la reacción virulenta del hijo —yo— hastiado de recibir mensajes de aviso que soliciten que avise —la redundancia es intencionada— cuando llegue a tal o cual sitio, o que compruebe tal o cual cosa, o que llame a tal o cual persona porque así lo requiera la situación a su entender, o que haga tal o cual favor a quien quiera que sea, todo ello, como digo, siempre escasos milisegundos antes de se produzca el hecho en sí. Mi padre, inteligentemente, huye de dicha responsabilidad como alma que lleva al diablo porque es perfectamente conocedor de la destreza de su mujer y porque no desea formar parte de los previsibles daños colaterales que se pueden generar en el acto en sí. Daños, por otra parte, provocados en gran medida por parte de la solicitante del aviso.

 

Todos los que estáis aquí sabéis la facilidad que tienen los padres en especial para resolver de forma sintética, racional e incontestable los problemas que pueden surgir en un hogar, excepto, como es lógico, los que atañen a las relaciones entre personas. Mi padre domina todas las artes y artesanías imaginables necesarias para el buen funcionamiento de una casa, en cualquiera de sus aspectos, por supuesto, el económico es uno de ellos, pero solo uno más, podemos estar hablando de lavadoras, lavavajillas, enchufes, bombillas, etc., y si alguno de estos oficios, por mor de las circunstancias o de los avances tecnológicos, se le escapa, le sobran recursos, más que valiosos, para apelar a terceros a que le ayuden a salir del atolladero: aquí entran los hijos, claro está. Si bien es cierto que con el tiempo el reclamo de la ayuda filial ha ido menguando —y ha buscado otras alternativas— básicamente porque ha sido perceptor de los daños colaterales —provocados por la respuesta sonca del hijo e increíblemente por parte de su mujer— que suponían las peticiones de ayuda a la hora de instalar programas en ordenadores o configurar móviles de penúltima generación… El caso es que, al final, mi padre es un santo barón que tiene ganado el cielo por partida doble, triple y cuádruple.

 

Así que, padres, sois muy diferentes, permitidme que insista. No hay grises entre vosotros, sois agua y aceite, pero, sin embargo, habéis conjugado de forma maravillosa vuestras diferencias para convivir durante toda una vida; y lo habéis hecho compartiéndola con vuestros hijos, con vuestra familia, con vuestros amigos, con vuestros seres queridos, en definitiva. Habéis querido a los vuestros como solo vosotros sabéis y podéis hacer: como individuos, cada uno a vuestra manera, y como pareja, de forma conjunta. Nos habéis entregado lo más valioso que una persona puede ofrecerle a otra en un acto de sacrificio indescriptible: vuestra propia vida. No tengo ninguna duda de que eso es lo que habéis hecho, seáis o no conscientes de ello, nos habéis dado vuestra vida, especialmente a mi hermana y a mí. Porque es cierto que la habéis sacrificado para que nosotros, vuestros hijos, tengamos nuestra propia vida. Nos habéis transmitido vuestro cariño, vuestros valores, vuestro tiempo, vuestra forma de entender el mundo que nos ha servido para poder crear la nuestra, y esta entrega también la habéis hecho a toda la gente a la que habéis amado, a vuestra familia, a vuestros amigos, pero, además, lo habéis hecho sin esperar nada a cambio, y eso tiene un valor inmenso. Lo habéis hecho porque así os habéis construido el uno al otro, con unos cimientos que, en los momentos más duros, han soportado cualquier carga. Y ha habido momentos duros, muy duros, terribles, momentos en los que lo sencillo habría sido abandonar, pero quisisteis manteros unidos por encima de todo y frente a todo para servirnos de ejemplo, sabiendo perdonar, sabiendo reconocer, sabiendo reconciliar y sabiendo comprender pese a la obstinación y tozudez que siempre aprieta para manifestarse como primera alternativa, aunque jamás nos obligasteis a hacer lo que vosotros considerabais correcto y siempre nos permitisteis tomar nuestras propias decisiones y crecer en libertad, pero con unos valores maravillosos fundamentados en el respeto, la educación y el propio cariño que siempre hemos percibido de vuestra parte. Y todo esto lo habéis hecho con el esfuerzo de cada día, con el apoyo y la confianza del uno sobre el otro, con una constancia indescriptible y una tolerancia única con los que habéis conseguido superar el tedio que la rutina impone si no se sabe gestionar, siempre con la esperanza de que el sacrificio terminara valiendo la pena. Y ha válido, solo tenéis que mirar a vuestro alrededor. 

 

Así pues, si tuviera que resumir en un par de palabras la vida que yo he percibido de mis padres, tengo claro que serían estas dos: amor y sacrificio. 

 

Entre vosotros hay amor: os amáis. Es un amor peculiar, singular, único, que manifestáis a vuestro modo, que configuráis a vuestra manera y es una forma de amar asombrosa. A nosotros nos habéis dado amor: nos amáis, a vuestros hijos, a vuestra familia, a vuestros amigos. Hemos percibido ese amor como un aroma inconfundible que nos embriaga cada vez que nos acercamos a vosotros, una esencia que nos descubre lo maravilloso que es amar y que te amen, y lo sorprendente que es la forma que cada persona tiene de hacerlo. Resulta curioso, pero son muy pocas las referencias que tengo de mis padres como pareja, tal vez es lo natural, pues soy hijo y no compañero o amigo. Cada vez que he estado con vosotros, yo solo, con mi hermana, con mis hijos, con la familia o incluso delante de amigos, siempre habéis sido padres para mí, nunca amantes. Sin embargo, os he visto besaros, haceros huidizos gestos de cariño, incluso, alguna que otra vez, casi a escondidas, acariciaros. A veces estos bonitos guiños han acontecido a petición nuestra, más de mi hermana que mía, todo sea dicho. Nunca os habéis prodigado en esos arrumacos, eso lo sé y lo sabemos, pero siempre he percibido una extraña y admirable complicidad, incluso a pesar del tiempo que se empeña en ponernos obstáculos en el camino, aunque también nos regale momentos memorables. Siempre he tenido la sensación de que anteponíais vuestra labor de padres a vuestra vida en pareja sin importaros lo más mínimo esa entrega, sacrificándoos hasta extremos impensables y, sin embargo, nos habéis enseñado a amar, dejándonos que seamos nosotros quienes construyamos el sentido de ese amor para con nuestros seres queridos, entre los que, por supuesto, estáis vosotros, y siempre con vuestro ejemplo presente. Y aquí estáis, frente a nosotros, unidos, juntos cincuenta años después, con las mismas cosas de siempre, con la misma paciencia y bondad el uno, y el mismo ímpetu y decisión el otro. 

 

Os habéis sacrificado. Ha sido un sacrificio para dar cuando era necesario y para compartir si así se requería. Hoy, cuando las canas ya han roto en mí, he escrito un libro —o varios—, he plantado un árbol y, sobre todo, he tenido hijos. Hoy, cuando uno ya lleva tiempo conociéndose a sí mismo y despegándose del apego juvenil que provocaba creerse distinto por apocado, vergonzoso o inteligente, sin darse cuenta de que, en realidad, se es diferente precisamente gracias a que uno vive en familia y pertenece a un grupo. Hoy, frente a vosotros, puedo afirmar que ha sido en esta familia, única y maravillosa, con sus cosas buenas y sus cosas malas, donde he podido vivir y comprobar que vosotros, José Luis y Flory, nuestros padres, lo habéis dado todo por nosotros. Habéis sido todo lo generoso que una persona puede ser, incluso más de lo que nadie podría esperar y nos habéis hecho, a mi hermana y a mí, lo que somos con vuestro ejemplo, con vuestra constancia, con vuestro cariño, con vuestra tolerancia, con vuestra paciencia. A vosotros os debemos nuestra vida en todos los sentidos y os debemos todo lo bueno que, a su vez, podemos ofrecerles a nuestros hijos. Siento que nosotros hemos sido parte de vuestro pegamento, algo que os ha impregnado y por lo que os habéis sacrificado hasta sentiros henchidos de orgullo sin menoscabar esfuerzo alguno puesto que, para vosotros, nosotros hemos sido, somos y seremos todo, con la venia de los nietos, claro está, que nos están quitando un poquito esa posición de privilegio que mi hermana y yo tenemos, pero cuyo reemplazo asumimos con alegría, emoción y con el mismo orgullo que tenéis por nosotros. Darlo todo por tus hijos es algo que a los padres no nos sorprende demasiado, yo lo haría por los míos sin miramientos, sin contemplaciones, sin duda alguna. Eso es lo que nos habéis inculcado con vuestro ejemplo. Vosotros siempre habéis estado ahí para los demás, especialmente para vuestra familia, siempre habéis encontrado fuerzas en vuestro día a día, que no ha sido fácil, para ir a ayudar a los demás, para animar a quienes lo necesitaban, para echar una mano donde hacía falta. Y lo habéis hecho sin esperar nada a cambio, porque en eso consiste el sacrificio: en dar sin pensar en recibir, y solo si se hace desde el amor puede lograrse porque hacerlo requiere un gran esfuerzo.

 

Amor y sacrificio os definen como padres, como pareja y como personas.

 

Padres, podéis estar tranquilos, vuestro amor y vuestro sacrificio ha sido el mejor regalo que podíais darnos y la prueba palpable de que ha sido así, la tenéis delante de vosotros: somos todos los que estamos aquí y también los que ya se fueron. Los que os queremos y a los que queréis, y los que os quisieron y a los que nunca dejaréis de querer.

 

Hoy es un día maravilloso, es un día que guardaremos en nuestra memoria por siempre. Es un día en el que todos estamos presentes de uno u otro modo; nos vemos, a otros los sentimos. Me acuerdo muchísimo de mis abuelas, mi yaya y mi abuela Isabel, a las que quería con locura, algo de lo que me di cuenta cuando ya no las tenía, y echo mucho de menos a mi yayo al que tanto quise y con quien tan maravillosos ratos pasé pintando y a mi bisabuela, la abuela Nati, con quien tengo uno de los recuerdos más bonitos de mi infancia. Son muchas las personas que sigo amando a pesar de no tenerlas ya conmigo y que vosotros también queréis porque fueron muy importantes en vuestra vida y que están aquí con nosotros para felicitaros en este día. Hoy, como digo, es un día maravilloso, es un día para que recordéis, un día para que disfrutéis, un día para que nos embriaguéis con vuestro amor y podamos compartir el nuestro con vosotros. Hoy es diferente porque nos reunimos para celebrar, pero mañana, igual que ayer también son días especiales porque podéis celebrar que estáis y que os queréis, que nos tenéis y que nos queréis, que sabéis que os tenemos y que sabéis que os queremos, todo eso podéis seguir celebrándolo cada día, aunque no podamos reunirnos siempre.

 

No soy yo muy pródigo en mostrar mis sentimientos ni en descubrir mis emociones, al menos no de la forma natural que uno podría esperar. Me muevo mejor con otros registros que no siempre se entienden bien. Tengo, pues, mis propias formas de hacerlo, aunque con vosotros he aprendido que compartir ese amor en familia es grandioso y también aprendí que el sacrificio por los que amamos siempre merece la pena. Así que, a pesar de no ser mi fuerte, recurriré en esta ocasión al método habitual de comunicación para deciros todo lo que os quiero, todo lo que os debo, y todo lo agradecido que os estoy por todo lo que nos habéis dado, a mí, a mi hermana y a los que estamos aquí. Os quiero, os quiero mucho.

 

 

 

Coda, texto del regalo que todos los asistentes les hicimos a José Luis y Flory

 

Queridos papá y mamá, José Luis y Flory,

Habéis pasado cincuenta años recorriendo la vida de la mano, construyendo una familia y enseñándonos que no hay mejor equipaje que el amor y el respeto. Lo habéis hecho de corazón y de la mejor forma posible: con cariño y entrega.

Nos habéis demostrado que el mundo es un lugar precioso, pero que el mejor refugio siempre es el hogar que habéis construido.

Sabemos que os encanta descubrir nuevos horizontes, conocer culturas ancestrales o modernas y coleccionar sellos en el pasaporte… Por eso, vuestros hijos, Rubén y Estefanía, junto con todos vuestros familiares y amigos, los que estamos aquí, pero seguro que también los que ya no nos acompañan, queremos que sigáis escribiendo vuestra historia por el mundo.

ESTE VALE ES POR UN VIAJE INOLVIDABLE

(El destino y la aventura lo ponéis vosotros, los billetes corren de nuestra cuenta)

Porque cincuenta años de amor se merecen una celebración a la altura. Queremos que este viaje sirva de agradecimiento por todo lo que nos habéis dado y para que disfrutéis de lo que más os gusta: 

¡Viajar!

¡Os queremos muchísimo!

Vuestros hijos y todos los que celebramos con vosotros vuestro medio siglo de felicidad.

 

 

 

 

Imágenes varias de la celebración del 50 aniversario del matrimonio de José Luis y Flory (11 de enero de 1976).

En Mérida a 10 de enero de 2026.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

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