El sueño era muy claro, como nunca antes lo había sido. Tenía la sensación de que aquello debía ser auténtico y se dispondría a comprobarlo. Se levantó aquel 31 de diciembre muy temprano con el sueño grabado en su mente; apenas había amanecido. Seguiría cada detalle al pie de la letra, mejor dicho, al pie del sueño. No era muy habitual que recordara sus sueños, pero alguna vez le había ocurrido; sin embargo, en esta ocasión le parecía que aquello era absolutamente real, demasiado real para ser un sueño y pensó que era alguna clase de señal, una suerte de providencia que le cambiaría la vida. «Sí, eso es…», pensó. Se quitó el pijama. Notó el frío de la mañana. Los cristales de las ventanas estaban llenos de gotitas de agua condensada. El radiador estaba apagado; en invierno lo programaba para que a las doce de la noche se apagase. El apartamento en el que vivía de alquiler era pequeño, pequeño y antiguo. Resopló mientras se ponía los calcetines y un halo de vapor salió de su boca. Terminó de vestirse y se dirigió a la estancia que hacía las veces de cocina, salón, comedor y, ocasionalmente, cuando alguien le visitaba, cosa que apenas ocurría, de dormitorio de invitados. Abrió el minúsculo frigorífico, de esos que uno encuentra en las habitaciones de hotel, pero con un cajón que servía de congelador, y sacó un cartón de leche abierto. Se dirigió al hornillo y encendió el fuego tras varios intentos. Tuvo que comprobar si tenía gas la bombona, pero aún pesaba como para que se hubiese gastado ya. Puso un cazo, echó algo de leche y esperó a que estuviese caliente. Cogió una taza y vertió sobre ella la leche caliente del puchero. Sacó de un cajón un sobre abierto de cacao que había reciclado de algún bar y lo mezcló en la leche. Cogió la taza con las dos manos buscando algo de calor. Dio un par de sorbos y sopló para enfriar algo el líquido. Dio un trago que le quemó la garganta y resopló con la boca entreabierta. Dejó la taza en el fregadero tras enjuagarla con agua. Tomó un vaso, lo llenó de agua; cogió una pastilla y se la metió en la boca; se bebió el agua para ayudarse a tragar el medicamento. Se dirigió a la entrada, que estaba al lado del desgastado sofá de dos plazas que cubría la mayor parte del espacio del estar, y cogió la chaqueta para ponérsela. Fuera llovía, así que cogió el paraguas. Tenía una varilla doblada y cerraba mal. El problema no era abrirlo.
Bajó las tres plantas con el pie aún renqueante del accidente que había tenido un par de semanas antes cuando se le cayó el recipiente lleno de naranjas para hacer zumo en el bar donde trabajaba. «Menos mal que no son tazas», pensó cuando se recuperó pues de haber sido así habría tenido que pagarlas. Al terminar la jornada laboral se dirigió a urgencias, contó lo que le había pasado, le dijeron que tenía que haber ido inmediatamente porque era un accidente laboral, pero lo negó y alteró la versión que contó en triaje. Le hicieron una radiografía y tenía un dedo del pie roto y otro ligeramente fisurado. Le dijeron que debía darse de baja, pero volvió a negarlo. Se marchó con una prescripción de medicamentos para el dolor y la inflamación que se apresuró a sacar de la farmacia más cercana a las urgencias del centro de salud.
No conocía muy bien aquella zona de la ciudad, pero en el sueño la había visto con una claridad meridiana. Debía buscar la calle Bancos. No sabía mucho más, solo que en esa calle, de existir, como así pudo comprobar poco después con gran exaltación, habría de encontrar una tienda de nombre enrevesado, tal vez chino por el dragón que había visto en sus sueños que decoraba el escaparate, en la que debía entrar para comprar un boleto de una lotería cuya existencia desconocía. La tienda apareció y entró. Preguntó por la lotería y una señora muy amable de origen oriental que apenas sabía hablar algo que no fuese su idioma de origen, asintió a cada pregunta que le hizo. Finalmente señaló un cartel que había en la pared en el que reconoció el nombre de la lotería. Ella confirmó. Él indicó con su dedo índice que quería un boleto. «Dos», dijo ella con un terrible acento y él negó con la cabeza: «Uno, solo uno». Ella negó con la cabeza e hizo con el índice y pulgar de la mano izquierda la señal de dinero para hacerle ver que lo que le había referido era el precio del boleto. Él asintió y sacó el dinero. Ella le puso el boleto en la mesa por debajo del metacrilato que la protegía y le pasó un bolígrafo. Él fue marcando cada uno de los números que había memorizado según se le habían aparecido en el sueño. No dudó ni un solo instante. Le devolvió el boleto a la señora y esta lo validó y lo colocó en su lado del mostrador: «Dos», repitió con el mismo acento. Le pasó los dos billetes y ella los recogió y le entregó el boleto sellado. Él sonrió: «Gracias», le dijo. Ella sonrió. Él regresó a su casa. Subió las tres plantas y se sentó en el sofá. Encendió la televisión y se quedó frente a ella por el resto del día: libraba. Antes de la hora del sorteo se levantó para coger un bolígrafo y un pedazo de papel del mismo cajón en el que tenía guardado el cacao. El sorteo comenzó a las 22:15 y fue anotando uno a uno los números que iban saliendo. Su cara fue perdiendo la alegría que llevaba acumulada durante todo el día, cada número que el sorteo iba revelando le alejaba un poco más de la esperanza que había acumulado a lo largo del día y que le iba a servir para cambiar su miserable vida. Al final del sorteo tenía anotados todos los números en el papel que había cogido, pero no le hacía falta comprobarlos porque sabía de memoria los números que estaban en el boleto y que eran los que tan claramente había soñado. No coincidía ninguno. Lo había hecho todo exactamente igual que lo había soñado, pero no había premio para él. No entendía nada, por qué le había ocurrido todo aquello. No tenía sentido. Arrugó el papel con los números anotados e hizo trizas el boleto y lo tiró al cubo de basura que tenía bajo el fregadero. Se le habían quitado las ganas de tomar las uvas que tenía compradas desde la semana anterior, incluso antes de tener el sueño. Se dirigió a su cama y se volvió a poner el pijama que había dejado perfectamente doblado bajo la colcha esa mañana nada más levantarse. Se metió en la cama y se arropó hasta la barbilla. Una lágrima cayó por su mejilla derecha hasta llegar a la almohada. Se quedó dormido antes de las doce de la noche. Volvió a soñar el mismo sueño, que luego ya no recordaría, no había ningún premio para él.
Imagen creada por el autor con IA.
En Grass Valley a 1 de enero de 2026.
Rubén Cabecera Soriano.
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