De la tecnología (parte iii y final).

 


Imagínate que nos embaucan las tecnologías, imagínate que, de repente, sentimos que no podemos vivir sin ellas, que, cuando no las tenemos, nos encontramos llenos de ira, enrabietados, tal vez angustiados y, con seguridad, enfadados con quienes no nos permiten utilizarlas como queremos. Así que, por un instante, imagínate que las tenemos a nuestra disposición en cualquier momento, en cualquier situación y que podemos usarlas para cualquier cosa a nuestro antojo. Quiero explicarte lo que ocurriría. Como estas tecnologías, todos estos dispositivos, gracias a la inteligencia artificial y a los algoritmos que los rigen, saben lo que deseamos, resulta que estamos totalmente enganchados, nos han atrapado, han provocado una dependencia como cualquier droga que se pueda tomar, con una diferencia: la dependencia se genera estimulando la segregación en nuestro cuerpo de las sustancias adictivas, no las introducen físicamente como ocurre con el resto de los estupefacientes. Nuestros cerebros y cuerpos, a pesar de su complejidad fisiológica, han evolucionado para alcanzar algo muy simple y coherente: el placer. Es lógico así sea si lo pensamos un momento, nadie quiere estar mal, sería absurdo y patológico, por tanto, el cuerpo busca el bienestar de forma automática intentando encontrar la vía más sencilla, directa y rápida, aunque no sea consciente de que ese método puede llegar a provocar una dependencia tal que su supresión genere un estado de decrepitud que pueda llevarnos a sufrir patologías terribles e incluso la muerte. Las drogas proporcionan placer, por eso la gente las consume. Si una droga produjese nauseas, dolor, sufrimiento o molestias, nadie las tomaría. El hecho de que, al dejar de consumirlas, aparezcan estos síntomas o parecidos no es más que la reacción natural del cuerpo para avisarnos de que quiere volver a sentirse bajo sus efectos. Es decir, el cuerpo nos fuerza a engancharnos, haciéndonos sufrir: es un chantaje del cuerpo a nuestra propia voluntad para doblegarnos. Pues bien, las tecnologías pueden llegar a funcionar igual, pero, como digo, sin administrar directamente los estimulantes, sino provocando su producción en nuestro cuerpo. Y aquí radica, tal vez, su mayor peligro, puesto que apenas somos conscientes de la amenaza que supone hasta que ya no somos capaces de escapar de ella. Me dirás que las drogas también son así. Y es cierto, pero con las drogas es más sencillo identificar el origen y la causa, con las tecnologías el proceso es más sutil. Ahora mismo, yo estoy usando la tecnología, utilizando un ordenador, y podríamos concluir que me está produciendo un gran placer —ya sabes cuánto me gusta escribir—, sin embargo, lo que me produce ese bienestar, no es usar el dispositivo para escribir, sino el hecho en sí de escribir. Si usas la tecnología como fin último y no como medio, es probable que estés cayendo en la trampa.

 

Retomemos la hipótesis del uso sin restricciones de la tecnología. Te levantas por la mañana y miras el móvil; utilizas la tablet un rato para un juego que estimula tu cerebro hasta niveles extraordinarios gracias a las luces, los ruidos, los movimientos vertiginosos que contiene, un sinfín de provocaciones que le flipan a tu cerebro y que no te dejan descansar porque quiere más y más y más… 

 

Lo que está sucediendo es que esos estímulos desencadenan la síntesis de unas biomoléculas neuronales llamadas neurotransmisores, las cuales permiten que las neuronas se comuniquen entre sí a través de los espacios sinápticos para articular una respuesta corporal. El cerebro intenta preservar un equilibrio lo más estable posible con estos neurotransmisores cuyo fin último es asegurar nuestra supervivencia, pero de una forma lo más grata posible. Es lógico, ¿no?, ¿quién querría vivir en un estado permanente de dolor? 

 

Existen muchos tipos de neurotransmisores y cada uno desempeña un cometido específico: tenemos la serotonina, que favorece los estados de felicidad y serenidad —el deporte ayuda a generarla— y cuya carencia puede provocar depresión; la dopamina, que coordina las funciones motoras, modula la memoria y los procesos de aprendizaje y decisión, al tiempo que genera sensaciones placenteras y está implicada en las conductas adictivas; las endorfinas, que suscitan euforia y bienestar, y que se segregan tras practicar ejercicio, también promueven la calma, mejoran el humor, retrasan el envejecimiento e incluso reducen el dolor; la adrenalina que nos activa y desencadena las respuestas defensivas primarias ante situaciones de riesgo o estrés; la noradrelalina asociada con la motivación, la ira o el placer, en especial, el sexual y cuya ausencia también puede llevar a la depresión y ansiedad; el glutamato, que es el neurotransmisor excitatorio más potente del sistema nerviosos, que nos sirve para ajustar la información sensorial, motora, cognitiva y emocional; el ácido gamma-aminobutírico —GABA— que sirve para poner fin al desenfreno de los neurotransmisores excitatorios; la acetilcolina, que ayuda a los músculos a desarrollar su trabajo, y permite el paso del sueño a vigilia, también interviene en los procesos de memoria y asociación; y muchos, muchos más. En definitiva, estamos llenos de estas moléculas y cada una de ellas se segrega en el organismo para mantener un equilibrio coherente en nuestro cuerpo. Cualquier alteración artificial de estos neurotransmisores o cualquier patología o enfermedad que los modifique al margen del equilibrio natural que debe existir supone un peligro para nosotros, un peligro muy serio. 

 

Pues bien, para tu información, la tecnología que nos rodea, usada de forma incontrolada, provoca que algunos de estos neurotransmisores del cerebro se desregulen, incrementando o reduciendo su producción y ¿cuál es la consecuencia de esta realidad? Básicamente que altera nuestro equilibrio y nos cambia. Nos puede llegar a poner de mal humor, puede llegar a impedir que hagamos otras actividades, provoca desgana, alteración, apatía, somnolencia y muchas otras cosas. En definitiva, como se trata de una actividad que nos proporciona un placer inmediato y fácil sin que tengamos que esforzarnos nada y sin que medie un fin concreto y útil para nosotros, el cerebro protesta y protesta alto y fuerte para que volvamos de nuevo a usar esas tecnologías. Bueno, podríamos pensar ¿y qué malo es esto? Al fin y al cabo, usándolo sin que busque un fin concreto y, además, sin tener que esforzarme, me siento bien. Pues la realidad es que el uso extremo de estas tecnologías provoca tal desregulación en el equilibrio que impide que se hagan las otras necesidades básicas de nuestro cuerpo. No ya que, si paramos un momento para comer o para ducharnos o para vestirnos, podamos sentirnos de mal humor, sino que puede llegar a provocar que dejemos de comer, vestirnos, dormir, socializar… Es decir, podría llegar a provocar consecuencias devastadoras, incluso la muerte.

 

 

 

A mis hijos.

 

 

Imagen creada por el autor con IA.

En Mérida, a 6 de septiembre de 2026.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

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