La flor y la vela.


La iglesia de San Pedro de Straubing se encuentra cerca de Múnich y muy próxima al Danubio. Desde sus torres se pueden ver los meandros del río. En el mismo recinto de la iglesia hay varias capillas funerarias entre las tumbas del camposanto que la rodea. Tal vez destaca la «Totenkapelle» por sus pinturas dedicadas a la «Danza de la Muerte». Nada del otro mundo. La iglesia no tiene un interés desmedido. Es románica, del siglo XII. Se cree que se asienta sobre una antigua iglesia carolingia. A finales del siglo XVII la iglesia alteró su aspecto virando hacia un barroco tardío alemán. En Alemania el barroco en arquitectura no tuvo gran relevancia, debido, entre otras cosas, a la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) que provocó su postrera penetración en el Sacro Imperio. No ocurrió así en la música donde las maravillosas obras de Johann Sebastian Bach y Georg Friedrich Händel marcaron el camino sacrosanto y cortesano. Posteriormente, el movimiento historicista intentó recuperar la pureza románica de la iglesia y a finales del siglo XIX se elevó la segunda torre (la noroeste) confiriéndole la imagen actual. 

 

Ubicada en un suave promontorio al norte de la ciudad de Straubing, la iglesia está rodeada por un muro de piedra que se abre en su frente oeste y que permite el acceso al pequeño cementerio en el que se encuentra el conjunto. Siempre he visto esa puerta abierta. Cada vez que voy a Múnich, visito el lugar. Si bien la primera vez entré en las naves interiores de la iglesia —me encantas esos espacios—, las siguientes veces siempre he paseado entre las tumbas del cementerio que la rodea. Todas son antiguas. Algunas conservan las inscripciones originales con el año de la muerte del fallecido —al menos eso alcanzo a entender a tenor de mi pobre conocimiento del alemán, más si cabe cuando se trata del idioma del siglo XV y XVI—. En otras lápidas el paso del tiempo ha borrado cualquier vestigio de información que, a simple vista, se pudiera obtener. Hay una pequeña tumba que siempre me llama la atención. La primera vez que la vi, hace un par de años, me acerqué para ver en detalle la figura que la coronaba. Parecía una suerte de Parca de forja con una gran guadaña quebrada sostenida sobre su cabeza encapuchada y envuelta en una capa que ondea al viento. No está elaborada con minuciosidad ni parece que haya un gran esmero por parte del creador, si realmente hubo alguna intención artística tras la obra. Bajo la figura, aparece muy desgastada en la lápida una inscripción en la que apenas se pueden identificar algunas letras escritas en grafía gótica «Fraktur». Entre esas palabras puede distinguirse con cierta imaginación el término «Knäblein» que viene a significar «pequeño infante», pero no muy lejos de esa palabra se puede observar también el término «Boube» de origen bávaro y cuyo significado es algo así como «pícaro» en sentido despectivo y que hacía referencia a un joven perteneciente a una clase social muy baja y difícil de concebir para ese cementerio. Como digo, mis conocimientos lingüísticos son sumamente modestos en este ámbito, por lo que deducir, a partir de estos escasos vocablos, el sentido de la lápida es harto complicado, aunque llama poderosamente la atención que un cantero incluyese ese término en un texto funerario puesto que el uso de un modismo tan informal como ese no encajaba en un grabado sobre una piedra que tendría un coste elevado. Lo que resulta aún más curioso es que siempre que he ido, he encontrado una flor y una vela encendida al pie de la lápida. La flor es una rosa roja, fresca, recién cortada. El humo, deduje la tercera o cuarta vez que la visité, debe haber acelerado el proceso de deterioro del grabado, pero esas dos palabras se conservan bastante bien. No, por si cabía alguna duda al respecto, el resto de las lápidas no tienen velas, ni flores, ni ningún otro tipo de recuerdo que alguien pudiera haber colocado en conmemoración del fallecido. 

 

Todas las tumbas son sumamente antiguas como para que ningún descendiente de generaciones posteriores pueda acordarse del muerto. Sin embargo, en la de este supuesto niño o pícaro sí hay recuerdos. Además, la flor siempre está fresca y la vela siempre está encendida. Supongo que alguien más debe haber caído en esta circunstancia y debe haberle llamado la atención. O, tal vez, como se trata de una práctica habitual en los cementerios, ha pasado desapercibida a todos menos para mí, que voy no más de dos veces al año a verla, a pesar de ser esta la única tumba que lo tiene.

 

El caso es que, en mi última visita, el pasado 12 de junio del presente año, como hago habitualmente, me acerqué a la iglesia con la idea de comprobar el estado de la tumba. Esta vez fui muy temprano, apenas despuntaba el alba. Mi intención era llegar antes que nadie. Había chispeado, no mucho, pero lo suficiente como para que una vela pudiera apagarse. Así que me acerqué con suma curiosidad. La puerta de entrada, como siempre, estaba abierta. La traspasé. El suelo de adoquines estaba húmedo y algo resbaladizo, pero mis zapatillas de deporte se comportaron bien ante la humedad. Debo reconocer que me hallaba expectante ante lo que pudiera descubrir. Desde luego, tenía claro que la vela no podía estar encendida. Caminé unos metros hasta adentrarme en el cementerio y me dirigí a la tumba en cuestión. No le presté la menor atención al resto de sepulcros. Y allí estaba, frente a mí, la vela encendida y la flor a su lado. Aquello no tenía el más mínimo sentido. Miré alrededor buscando a alguien que pudiera haber encendido la vela recientemente, pero no había nadie. Estaba yo solo frente a la tumba del niño pícaro. Por un instante sentí la tentación de acercarme a apagar la llama, pero una ráfaga helada me subió por la espalda y me detuve en seco. Miré al cielo, las dos torres se mostraban imponentes frente a mí ocultando el sol naciente. 

 

 

 

 

Imagen de Salt - Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2676045.

En Straubing a 12 de junio 2026.

Rubén Cabecera Soriano.

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