Mary (ix y final).

 


Cuando Mary y Mihai se marcharon dejaron olvidada la bolsa de comida de Mary en el banco. Mihai no se dio cuenta. Sin embargo, el grupo de agentes que coordinaba la «operación Mary» con Mihai sí lo hizo y fue a recogerla. La abrieron y comprobaron que el contenido no era más que un bocadillo de atún, un plátano y un vaso con zumo de naranja. Lo recogieron y se lo llevaron para no dejar rastro alguno. 

 

Mihai indicó el camino a Mary. Marcharon a buen ritmo un rato hasta llegar a un vehículo que resultó extraño para la chica: olía a combustible, parecía metálico y tenía una suerte de rodillos en la parte inferior en contacto con el suelo. Mihai invitó a Mary a entrar y con algunas dudas subió. Un señor estaba delante con una suerte de volante entre sus manos y condujo durante un par de horas. Salieron de la ciudad y de la franja verde que la rodeaba. No había carretera y el coche iba dando tumbos cuando intentaba salvar los baches del camino. La visión era aterradora. Todo eran ruinas y campos desolados, abandonados y quemados. Mary apenas decía nada. Mihai iba explicándole que aquello era el resultado de la última guerra y que DIOS no quería que nadie fuera consciente de esa realidad, que la ocultaba para que los seres humanos vivieran confundidos. Por eso le dijo que no podría visitar Feldioara, su ciudad natal, porque estaba destruida como todo lo que rodeaba los principales núcleos urbanos mundiales controlados por la IA. Toda esa destrucción, en realidad, era útil para DIOS porque le permitía controlar la mermada población mundial sin mucho esfuerzo, «Ahora debemos ser algo menos de mil millones de seres humanos», le dijo Mihai, y cada vez que alguna persona quería salir a viajar, DIOS le ofrecía la Experiencia donde sentía todo como si fuese una realidad tangible. La Experiencia no era más que eso, una experiencia absolutamente realista que hacía creer a cualquier ser humano que estaba viviendo lo que quería. Estaba controlada por DIOS y era imposible para cualquier persona diferenciarla de la realidad. «Nos está engañando —dijo Mihai—, DIOS nos está engañando…». Mary seguía mirando por la ventanilla. Estaba bajada y el aire que respiraba era sofocante, pero no quiso subirla. Algunas lágrimas cayeron de sus ojos. Sentía pena, una pena profunda. Mihai intentó consolarla.

 

—Vamos a cambiarlo —le dijo—; entre todos, lo lograremos.

 

Mary asintió.

 

—No va a ser fácil, pero si nos ceñimos al plan, terminaremos con DIOS. 

 

Llegaron a una nave ubicada en medio de la nada; había muchas antenas alrededor protegidas con una malla metálica. Aquello parecía una jaula de Faraday, seguramente para controlar las comunicaciones. Un hombre con gafas de sol y vaqueros les abrió una puerta y entraron en el recinto. Mary salió cuando el coche se detuvo. Hacía mucho calor. Mihai comenzó a sudar enseguida. También el chófer que los acompañaba. Mary no. El traje regulaba perfectamente su temperatura corporal. Entraron en la nave. Había cientos de personas trabajando y se detuvieron cuando Mary y Mihai accedieron. Todos los que estaban allí los miraron, algunos se acercaron a saludarlos. El resto siguió trabajando. Había muchos ordenadores y maquinaria que a Mary le pareció antigua. Frunció el ceño. Mihai se dio cuenta:

 

—Intentamos que la mayor parte de los instrumentos sea analógica. Así minimizamos el riesgo. Algunas cosas deben ser digitales necesariamente para poder entrar en el sistema de DIOS, pero son las menos y están en una sala especialmente protegida. Allí. —Mihai señaló una habitación dentro de la gran nave, parecía una caja de acero. No se veían puertas ni ventanas—. En algún momento entrarás también, pero primero debemos empezar tu entrenamiento. 

 

Mary asintió. 

 

—Ven, acompáñame, te enseñaré tu habitación. No hay grandes lujos. La compartirás con otras mujeres. Todas ellas se comprometieron como tú por una nueva humanidad.

 

Caminaron hasta una puerta que daba paso a un barracón donde cruzaron varias estancias: cocinas, vestuarios, aseos, hasta llegar a las habitaciones con los dormitorios. Mihai le indicó cuál era su cama. Tenía escrito «Mary» en el cabecero. 

 

—¿Cómo sabíais que iba a aceptar? — Preguntó Mary extrañada.

 

—No lo sabíamos, pero cuando dijiste que sí mandamos un mensaje para que lo prepararan todo. 

 

—Hum… —dudó Mary—, ¿gracias?

 

—No hay de qué —respondió Mihai sonriendo—. Si quieres puedes descansar un rato, entiendo que ha sido mucho lo que has vivido hoy. 

 

—No, no te preocupes, estoy bien. Podemos seguir.

 

Ambos salieron de los barracones y entraron nuevamente en la sala principal donde toda la gente estaba trabajando.

 

De repente sonó un golpe seco en la cubierta seguido de un ruido terriblemente agudo y tan atronador que les ensordeció. Mihai y todos los que estaban allí se llevaron las manos a la cabeza. Las luces de la nave parpadearon y cambiaron su color a un rojo intenso tan brillante que provocó que todos tuvieran que cerrar los ojos. El dolor era tan penetrante que algunos cayeron de rodillas, a otros comenzaron a sangrarles los oídos y los ojos. Todos gritaban. Mihai cayó al suelo. Mary seguía de pie, erguida, en el centro, impasible. Los miraba a todos con pena y desprecio. 

 

De repente, numerosos agujeros se abrieron en el techo y en las paredes. Cientos de soldados pertrechados con cascos y trajes especiales fueron penetrando en la nave. Iban colocándole a todos una suerte de esposas eléctricas que los inmovilizaban y provocaban que quedasen tendidos en el suelo. Apenas podían ofrecer resistencia.

 

Mihai miró de reojo a Mary desde el suelo que se mantenía impasible de pie en el centro de la sala. Ella no le prestó atención.

 

—Si no os movéis, tal vez sobreviváis. Si intentáis cualquier cosa, seréis fulminados al instante. Yo soy DIOS.

 

 

Imagen creada por el autor con IA.

En Mérida a 2 de agosto de 2026.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

 

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