Desde un punto de vista clínico, la depresión es un trastorno mental común del estado de ánimo, que, aunque a menudo se inicia de forma transitoria, corre el riesgo de cronificarse, en el que ciertas emociones como la tristeza, la ira, la frustración, la indolencia, la infelicidad, la culpabilidad, el desinterés o la pasividad interfieren en la vida cotidiana del paciente, provocando incapacidad para sentir placer, es decir, anhedonia, y en ocasiones se acompaña de episodios de ansiedad. El origen latino de la palabra, «depressio», pone de manifiesto su sentido fundacional, pues significa opresión o abatimiento.
Esta patología, según los estudios científicos, puede llegar a transmitirse genéticamente, aunque en su génesis convergen de modo decisivo factores biológicos y psicosociales.
La «depresión social» sería, por tanto, un trastorno mental que se produce en un grupo de individuos que se relacionan y comparten una serie de elementos que los aglutina, como el territorio, la historia, la economía, la política, la cultura, el gobierno, la religión, las instituciones, etc. En consecuencia, la depresión social afecta a este grupo alterando su estado de ánimo e imprimiendo en su cotidianeidad la tristeza, la ira, la frustración, la indolencia, la infelicidad, la culpabilidad, el desinterés y, o la pasividad, impidiéndoles sentir placer y provocándoles ansiedad. Como quiera que las sociedades son complejas puesto que están estructuradas en clases que demarcan roles para cada miembro que coopera de forma directa o indirecta siguiendo una serie de normas para obtener ciertos beneficios, a pesar de que no exista absoluta igualdad entre ellos, la depresión propicia una alteración sustancial de este equilibrio y una merma del principio colaboracionista fomentando el egoísmo, que pasa a ser también social. Por lo tanto, una sociedad humana deprimida empeora y la conciencia colectiva que la articula se diluye.
Desde un punto de vista etiológico, el origen de esta depresión social está precisamente en la falla de los elementos que aglutina a los miembros de la sociedad. Es decir, en los errores, las faltas y los descuidos que afectan a los aglutinadores: territorio, historia, la economía, política, cultura, gobierno, religión, instituciones, etc. Estos, de otra parte, al ser conceptos abstractos en sí mismos creados por el ser humano, son controlados por él. De modo que lo que provoca la depresión social es precisamente el grupo humano que controla el territorio, la historia, la economía, la política, la cultura, el gobierno, la religión o las instituciones.
La Organización Mundial de la Salud estima que la depresión afecta a un 4% de la población mundial, indica que en los países desarrollados solo la tercera parte de las personas deprimidas recibe cuidados de salud mental. Por supuesto, en los países subdesarrollados la depresión prácticamente no constituye una enfermedad, ni tan siquiera llega a diagnosticarse. La Organización también estima que en muchas ocasiones la depresión puede llegar a terminar en suicidio, de hecho, el número de casos con semejante fin en 2021 se estimó en 727.000 personas.
Sin embargo, la depresión social, para la que no hay estadísticas, aunque todo indica que es una enfermedad sumamente grave, parece afectar a un porcentaje de la población mucho más elevado y, aunque en sus manifestaciones más graves no propicie directamente el suicidio, provoca odio, rabia, ira, violencia y desconfianza contra aquellos elementos que aglutinan a la sociedad, sin darnos siempre cuenta de que son personas quienes están detrás de los mismos y provocan esa sintomatología en algunos miembros de la sociedad.
Los grupos, dentro de las sociedades, que sufren circunstancias sociales adversas, consecuencia del malfuncionamiento provocado por quienes dirigen o gestionan los elementos que supuestamente unen a la sociedad, tienen altas probabilidades de sufrir esta depresión social, siendo este mal característico de numerosas sociedades en la actualidad. Las patologías más comunes que les afectan, además de las disfunciones emocionales, llegan a afectarles a la salud física. No hay datos estadísticos que indiquen cuáles son estas patologías, pero a la vista de los numerosos estudios existentes en el ámbito de la depresión humana, podría establecerse cierta correspondencia, toda vez que las disfunciones son similares, con la depresión social y, tal vez, pueda provocar las mismas enfermedades que la OMS asocia con la depresión humana: cáncer, diabetes, y enfermedades respiratorias y cardiovasculares.
Si hiciésemos un ejercicio de ideastasia, es decir, si activásemos ciertos conceptos mentales para evocar percepciones similares a la experiencia real, llegaríamos fácilmente a la conclusión de que, con una dirección y gestión racional y decorosa, no más que eso, del territorio, la historia, la economía, la política, la cultura, el gobierno, la religión, las instituciones, etc., sería muy fácil minimizar el impacto patológico que produce esta depresión social en sus miembros.
Para ello deberíamos hacer, en primer lugar, un diagnóstico serio de la patología. Esto obligaría a que ciertos especialistas, seguramente verdaderos estadistas y en absoluto —ahí está la trampa— ninguno de entre quienes ostentan en la actualidad la dirección y gestión de los aglutinadores sociales, evaluasen dichos aglutinadores y los limpiasen a conciencia estableciendo parámetros e indicadores que evitasen el lucro impune de quienes abusan de la confianza social.
En segundo lugar, deberíamos establecer un tratamiento válido para la sociedad buscando se rehabilitación que pasaría por la recuperación de la confianza en esos aglutinadores. Tal vez el mejor antidepresivo sea la toma de medidas ejemplares contra los que desfalcan, seguramente esto ayudaría a que el resto no encontrásemos excusas para hacer nuestros propios hurtos y es muy probable que fuese necesario recurrir a ciertas terapias tipo conversacionales que mostrasen la importancia de los aglutinadores sociales. Seguramente con estas dosis de inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina sería suficiente para reorientar socialmente a todos los que sufrimos este grave trastorno social.
No tomar estas medidas podría llegar a producir escenarios catastróficos para la sociedad con repercusiones inimaginables, si bien es cierto, que quienes dirigen y gestionan estos aglutinadores sociales saben o intuyen que la depresión social se retroalimenta y propician la indolencia, la frustración, el desinterés o la pasividad frente a otras emociones que pueden llegar a controlar mediante los instrumentos que los propios aglutinadores sociales ponen a su disposición.
Imagen creada por el autor con IA.
En Mérida a 9 de agosto 2026.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera

