El guiño de Sol.

 


La pequeña Sunna apenas sabía hablar. En la tribu había cinco pequeños y solo tres adolescentes. Sunna era la única niña. Durante la extinta estación fría, las pieles no fueron suficientes para los pequeños ateridos y fallecieron tres, todas niñas. Los jóvenes tenían que acompañar a los adultos para cazar y la caza era peligrosa. Los animales se defendían hasta la extenuación, porque eran sus crías los objetivos principales de la caza. Muchos adolescentes, aún inexpertos y débiles, habían fallecido a causa de las heridas causadas por los grandes animales durante las expediciones de caza que llegaban a durar semanas enteras. Los hombres regresaban abatidos por las pérdidas. Las mujeres lloraban los amuletos que los hombres les devolvían y que con tanto esmero los habían hecho para que les cuidasen durante las cacerías. Todos habían sido ofrendados por el chamán a alguna divinidad natural: a la diosa Sol, a la diosa Madre, al dios Luna o a algún animal protector. No era suficiente.

 

Sunna correteaba entre las primeras flores que habían brotado tras la retirada de las nieves. Máni, uno de los pequeños, jugaba con ella. El resto de los niños lanzaba piedras al río de aguas gélidas procedentes del deshielo de la montaña tras la que cada día se ocultaba la diosa Sol. Todos sabían que Sol aparecería al día siguiente con más fuerza y sabían que era precisamente Sol quien había derretido las nieves y les ayudaría a recolectar fruta y verduras durante la estación cálida evitando que los hombres tuvieran que desplazarse largas distancias en busca de carne y pieles. El dios Luna no tardaría en aparecer. Sol se estaba acercando a la montaña, aunque aún quedaban algunas horas de luz. Luna era cruel, les quitaba la luz y les daba frío, incluso en la estación cálida. Por eso, muchas de las tareas de la tribu las hacían de noche para ofrecérselas a Luna, procurando aplacar su ira y pidiéndole que les dejara descansar en paz hasta que de nuevo Sol dominara el firmamento. Esa noche utilizarían algunas de las brasas que conservaban en el interior de la cueva para tallar nuevos amuletos en madera y engarzarlos en cuero. Serían para los cuatro niños y para Sunna. Los niños ya estarían dormidos para entonces y serían las mujeres, con la mirada atenta de los hombres y adolescentes, quienes los prepararían para que los niños los tuvieran a la mañana siguiente. El chamán usaría el fuego para consagrar los amuletos y que sus ruegos llegaran a Luna a través de su humo ascendente. Una vez que el chamán se los pusiera a los niños a la mañana siguiente, en ayunas, no se los quitarían hasta su muerte.

 

Las mujeres estaban preocupadas porque cada vez quedaban menos brasas, pero los hombres sabían que con el calor llegarían los fuegos y en cuanto vieran humo en el cielo se desplazarían a buscarlo. En algunas ocasiones el humo los había llevado a otras tribus. Esos encuentros eran muy confusos. Muchas de las palabras que usaban no eran comprendidas y las intenciones de unos y otros eran desconocidas. A veces se producían terribles enfrentamientos. Los hombres sabían que esas situaciones eran mucho peores que la más terrible de las cacerías. En esas circunstancias todo era sobrevivir o morir. El chamán contaba encuentros en los que ningún hombre de la tribu había regresado. Por eso, cuando iban a buscar fuego, les bendecía con todos los ritos que su excelsa memoria recordaba y las mujeres les proporcionaban las mejores pieles por si el fuego no era natural y pertenecía a otras tribus, de modo que pudieran ofrecerlas como trueque. En cualquier caso, siempre llevaban pieles muy curadas para transportar las brasas y todas las armas que poseían, tanto hachas y mazas con rocas tenaces amarradas en sus extremos como lanzas con lascas con fracturas concoideas para producir cortes y heridas mortales.

 

Sunna había recogido un buen ramillete de flores y Máni, algo más pequeño que ella, correteaba a su alrededor. De repente Sol comenzó a atenuar su brillo y un extraño frío les envolvió. Ambos niños se detuvieron y alzaron su vista hacia Sol. Todavía estaba lejos de la montaña tras la que se ocultaba. Se cubrieron los ojos porque notaban aún su poderoso brillo, sin embargo, percibieron que algo extraño ocurría. Se habían alejado mucho de la cueva en la que la tribu se protegía durante las noches, pero no más que en otras ocasiones. Se colocaron bajo un árbol frondoso y, amedrentados, se aferraron a su tronco. De vez en cuando se asomaban entre curiosos y asustados para ver qué pasaba. Sol seguía allí, pero el frío se acrecentaba y una extraña neblina iba envolviéndolos a la vez que todo oscurecía sin que Luna hubiese hecho acto de presencia. Sunna no recordaba que ninguna de las mujeres ni el chamán le hubieran contado nunca nada así. Sunna había aprendido mucho de cómo encontrar ciertas hierbas y como usarlas para curar los dolores, las heridas, sabía qué frutos comer y cuáles no, sabía qué hacer si se encontraba con grandes animales…, sabía muchas cosas, pero nadie le había dicho nunca qué pasaba si Sol desaparecía sin Luna. 

 

Sunna intentaba consolar a Máni que había comenzado a llorar. Sunna le sonreía y le acariciaba el pelo. Máni intentaba dejar de llorar y sorbía sus mocos. Sunna lo abrazó cuando la oscuridad se hizo total. Entonces abandonaron la protección del árbol y salieron a mirar el cielo. Máni no quiso mirar y cerró los ojos. Sunna alzó la vista y miró a Sol. Aquello era precioso, se había hecho de noche, pero aún no era la hora de Luna. En el firmamento se veían las estrellas que poblaban el cielo nocturno que Luna dominaba, pero él no estaba. Sol se había vuelto negra y un brillo colmado de un fulgor resplandeciente la rodeaba. El halo fulguraba como lo hacía el fuego y garabateaba símbolos en el cielo negro que maravillaban a Sunna. La niña sintió que su corazón se encogía y que su espíritu se ensanchaba. Sol le estaba mostrando el universo y Sunna lo estaba comprendiendo. La pequeña se sintió pequeña, pero al mismo tiempo todo su ser se impregnó de una belleza y sabiduría únicas. 

 

Al cabo de un instante, la oscuridad se extinguió y la claridad de Sol regresó calentando de nuevo los cuerpecitos de Sunna y Máni que volvió a abrir los ojos. Sunna abrazó a Máni y le dio la mano. 

 

—Regresemos —le dijo al pequeño, pero Sunna ya no era la misma.

 

 

 

 

Fotografía del eclipse del 12 de agosto de 2026 de Cristina Valdera.

En Mérida a 16 de agosto 2026.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

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