De la tecnología (pate i).


 

Ahora toca un tema delicado que hay que afrontar con tenacidad y perseverancia: la tecnología. No es sencillo acometer este tema con garantías de éxito porque evoluciona tan rápido que es posible que cualquier aprendizaje que queramos extraer de su uso hoy resulte obsoleto mañana. Así que habrá que hacer un esfuerzo de abstracción para que estos pequeños consejos nos ayuden a aprender de la tecnología sea cual sea la que nos concite. 

 

Dice nuestro diccionario que la tecnología es el «conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico». Es decir, se trata de una herramienta que nos ayuda a resolver problemas, facilitar tareas y que puede llegar a transformar nuestro entorno y a nosotros mismos. A lo largo de la historia ha incorporado cambios que engloban desde los primeros utensilios de piedra y métodos para obtener el fuego hasta los actuales sistemas digitales y robóticos, y, en especial hoy en día, la inteligencia artificial. 

 

La tecnología no sería posible sin la ciencia y ahí comienza nuestro proceso de aprendizaje. La ciencia tiene como finalidad comprender lo que nos rodea, establecer sus reglas y hacer predicciones sobre lo que ocurrió, ocurre y ocurrirá en función de las condiciones de contorno que existan. La ciencia se parece mucho a lo que sucede con ciertos aspectos de las religiones, puesto que estas pretenden explicar lo que aconteció, acontece y acontecerá, pero la ciencia, a diferencia de las religiones, usa evidencias y experimentación para justificar sus teorías, mientras que la religión se basa en la fe del creyente, por indemostrable que pueda ser, para establecer sus dogmas. La ciencia se equivoca y es capaz de rectificar para comprender la realidad que nos rodea. Ahí radica su grandeza. La religión no concibe el error; machaconamente sostiene sus credos, aunque las certezas manifiesten lo contrario y, a lo sumo, matiza esporádicamente ciertas cuestiones para asegurarse no perder seguidores. Por eso, la religión no produce tecnología. Una sociedad basada en la religión no evolucionaría ni social ni técnicamente, y quedaría estancada en una suerte de estado inmóvil en el que se pretendería curar a los enfermos con plegarias, defenderse de catástrofes y plagas con rezos, enfrentarse a desafíos humanos con sacrificios y venerar a una clase social muy particular: aquellos que se otorgan el poder de interpretar la religión.

 

Sin embargo, la ciencia busca el conocimiento predecible y reproducible, y la tecnología usa ese conocimiento para introducir cambios en la naturaleza, pero nadie asegura que esos cambios sean siempre buenos, hablando de forma pueril; precisamente por eso hay que tener gran cuidado con la tecnología. Puesto que si la ciencia yerra, pero puede rectificar, la tecnología, que implica la aplicación de la ciencia mediante inmensas inversiones económicas, también puede equivocarse, pero reconocer su error puede resultar complejo y relativo, ya que tras la tecnología subyacen poderosos intereses económicos, sociales y políticos difícilmente descartables sin más.

 

Por lo tanto, la tecnología puede ser buena, pero también mala. Hay situaciones en las que es fácil discernir las bondades o maldades de la tecnología, pero en otras ocasiones no lo es tanto. Así que debemos tener herramientas que nos permitan identificar qué tecnología puede ayudarnos y qué tecnología puede perjudicarnos. Y, curiosamente, quien tiene la respuesta para estos planteamientos es… la ciencia. Sí, efectivamente, es la ciencia la que nos puede ayudar, en aquellas situaciones en las que no hay evidencias contundentes sobre el uso de la tecnología, a discernir si el uso de esta es positivo o negativo. Y aquí llega la profunda paradoja: como he dicho antes, la ciencia puede equivocarse, pero es lo suficientemente humilde, a diferencia de la religión, como para reconocer su error y rectificar. Sin embargo, este reconocimiento conlleva tiempo, no es instantáneo, y durante ese tiempo el uso de ciertas tecnologías puede llegar a provocar escenarios catastróficos que, a pesar de que la ciencia pueda llegar a determinar su malevolencia, terminen siendo fatales e irreversibles. Pero, además, hay que hacer una reflexión necesaria, puesto que la tecnología puede ser mala de forma objetiva, pero también puede ser buena y mala a la vez, y viceversa. Es decir, cuando analizamos ciertos avances podemos dar por sentado que son buenos sin contemplaciones, pero puede ocurrir que al tener en cuenta todos —y ese todos es una palabra excesivamente extensa y, por tanto, irreal— los factores y parámetros vinculados a esa tecnología, podamos llegar a comprobar que puede tener implicaciones negativas. Aunque pueda parecer enrevesado, es fácil de entender, ya veréis: suponed que tenemos que ir a visitar a un amigo que vive lejos de nosotros. Hasta hace no muchos años, teníamos que ir andando a verlo o, con suerte, podíamos usar un caballo o un burro para recorrer la distancia que nos separaba. Eso podía suponer un viaje de varias jornadas, aunque la distancia pudiera parecer corta. Imaginemos que nuestro amigo vive a doscientos kilómetros, no parece nada, ¿verdad? Pues a pie, podrían llegar a ser seis o siete días con una buena marcha. ¿Cuántas veces al año iríamos a verlo? Sin embargo, hoy en día, podemos utilizar medios de transporte mucho más rápidos, véase el coche, la moto, el tren, el autobús… Y si la distancia es mucho mayor, podemos usar barco o avión. Es decir, la tecnología ha sido capaz de acercar a nuestro amigo, por tanto, esa tecnología es buena. Pero hete aquí que la ciencia, siguiendo su incansable quehacer, ha descubierto que el uso de ciertos combustibles es perjudicial para el medio en el que vivimos y que la polución que producen puede llegar a ser muy perjudicial para nosotros. Por tanto, la tecnología del transporte es mala, ¿verdad? Pero hasta hace poco no era así. Aquí está la paradoja de la que hablaba. A veces, lo que parece bueno puede no serlo, pero también puede ocurrir que algo sea bueno y malo a la vez. Hay que trabajar para intentar que solo sea bueno, aunque sabemos que corremos el riesgo de equivocarnos.

 

 


A mis hijos.

 

 

Imagen creada por el autor con IA.

En Mérida, a 23 de agosto de 2026.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

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