Mary (ii).


 

Mary no veía a aquel hombre tal y como había programado su lente. Era un hombre de cierta edad, con el pelo cano y barba rala también blanca. Llevaba gafas oscuras —lo cual también resultaba para Mary harto extraño—, una bufanda y una suerte de chaqueta de pana —entonces cayó en la cuenta de que hacía frío, puesto que su traje controlaba la temperatura corporal y no necesitaba abrigo alguno—. Llevaba unos vaqueros y unos zapatos llenos de polvo. Le extrañó mucho que se dirigiera a ella en su lengua materna, pero, sobre todo, le extrañó haberlo oído, puesto que su implante coclear debería haberlo traducido. En cierto modo, Mary se alegró. Hacía mucho tiempo que no oía a nadie hablar en rumano. El acento de aquel hombre le recordó su infancia y una sonrisa que ocultó inmediatamente asomó a sus labios.

 

—¿Quién es usted? —le preguntó sorprendida. 

 

Mary no tenía oculto su nombre en el sistema. Eso era algo que el gobierno había prohibido hacía algunas décadas, por lo tanto, todo el mundo sabía cómo se llamaba todo el mundo. El sistema te proporcionaba esa información con solo pedirla, sin que el usuario pudiera hacer nada por evitarlo. Los límites de la intimidad se habían diluido con la tecnología. Sin embargo, ella no podía saber quién era él. Mary había escuchado que ciertas personas habían logrado su anonimato, pero, al igual que con los implantes oculares, el precio a pagar era demasiado alto. 

 

—Soy Mihai, Mihai Dumitrescu.

 

—¿Por qué no sé quién eres? —le preguntó de nuevo— ¿y… por qué te oigo hablar en rumano?, ¿y… por qué te veo así vestido?, ¿y… por qué tu nombre va seguido de otro nombre?...

 

—Espera, espera… —le interrumpió con una mueca—. No sabes quién soy porque yo no estoy en el sistema. A partir de ahí, cualquier pregunta que se te ocurra siempre llevará a la misma respuesta.

 

—¿Qué quieres decir con que no estás en el sistema?

 

—Exactamente eso. No estoy en el sistema.

 

—Pero… —Mary balbuceaba, no sabía muy bien cómo seguir.

 

—Mi nombre es Mihai Dumitrescu, sí, tal y como acabo de decirte, y sí, no estoy en el sistema. Y si quieres saber si no estoy porque logré salir de él o nunca llegué a entrar, la respuesta es que logré salir. Y si quieres saber por qué aún veo u oigo, la respuesta es bien sencilla. Todo lo que has podido oír acerca de «Salir del Sistema» es falso. Se puede salir y yo lo he hecho. 

 

Mihai se giró ligeramente y se llevó la mano detrás de la oreja. Le enseñó a Mary una pequeña cicatriz. 

 

—Tú no tienes esa cicatriz porque tus implantes están hechos mediante nanocirugía. Esa es una técnica casi perfecta que no está al alcance de muchos, pero con una cirugía menos avanzada, es posible eliminar los implantes y no deja secuelas… Bueno, alguna sí que queda. Tengo que llevar gafas porque, cuando me quitaron las lentillas, dañaron ligeramente la córnea provocándome una ectasia que me obliga a llevarlas. Espero que puedan hacerme un trasplante en breve.

 

—Pero…, entonces tú… no me ves… como yo, ¿no?

 

—Así es. Yo te veo tal y como eres. No tengo ningún implante que altere la información que tú misma das sobre ti. No puedo cambiarte la ropa, oírte en otro idioma ni conocer tus datos públicos nada más mirarte y preguntarle al sistema. No puedo hacer nada de eso. Por tanto, podría decirse que, para mí, eres una absoluta desconocida. Aunque la realidad es que sé mucho de ti.

 

—Espera, espera… ¿Qué quieres decir con que sabes mucho de mí?

 

—Mary, mira, hay muy pocas personas con tu capacidad intelectual. Muy pocas. El gobierno las conoce y las utiliza cuando las necesita. Por ahora a ti no te necesita, pero está previsto que en un plazo breve de tiempo te reclute para funciones, digamos, más trascendentes…

 

—Ya, ya, ya lo sé, eso es lo que hace el gobierno, todos lo sabemos —le interrumpió—.

 

—Efectivamente, pero eso nos deja un margen de libertad muy pequeño, minúsculo y, aunque vivas cómodamente, en realidad, estás muy limitada en todo lo que haces. 

 

—No te entiendo bien, yo hago lo que quiero… 

 

—¿Estás segura?

 

—Claro.

 

—¿Podrías ir mañana a Feldioara, a tu ciudad natal, y visitar la casa donde naciste en la calle Nicolae Iorga?

 

—Eh, no, pero podría ir en dos meses cuando tenga vacaciones. Ahora tengo trabajo que hacer.

 

—Me temo que no es así. Puedes solicitar ir, pero es más que probable que no te dejen o, como mucho, que te ofrezcan la Experiencia. Ya sabes que la Experiencia para ti sería, en la práctica, lo mismo que haber ido. Tu cerebro sería incapaz de diferenciar la realidad de la ficción y sentirías prácticamente lo mismo. De hecho, aunque no sintieras lo mismo, no lo sabrías porque no habrías ido.

 

—Pero… ¿por qué no me dejarían ir?

 

—La respuesta es muy simple… Porque ya no existe.

 

—¿Cómo?, ¿qué quieres decir con que ya no existe?

 

—Justo eso, la ciudad desapareció hace unos quince años. No queda nada, ni de tu casa, ni de tu calle, ni de tu ciudad. Fue destruida.

 

—¿Destruida? No te creo, no puedo creerte. No es verdad… Creo que esto ya es suficiente.

 

Mary intenta levantarse, pero Mihai la sostiene con suavidad. Ella no se resiste, pero se queda de pie frente a él. 

 

—Espera un momento, por favor. Déjame que te cuente.

 

 

 

Imagen creada por el autor con IA.

En Mérida a 14 de junio de 2026.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

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