Mary (i).

 


El anuncio apareció en la pantalla del dispositivo lenticular de Mary sin previo aviso. Hacía ya tiempo que la gente no se colocaba las lentillas oculares electrónicas. El Estado las implantaba en ambos ojos a los dieciocho años con una cirugía menor nada invasiva; se había conseguido convencer a la población para que pareciese un regalo con el que proporcionaban una visión magnífica a todos evitando cualquier patología y recuperando la vista para quienes la habían perdido, aunque en estos casos el Estado autorizaba el implante antes de la mayoría de edad. En realidad, aquello constituía el método de control más efectivo que se había desarrollado hasta entonces. La cirugía no era reversible, tan solo existía una alternativa, pero era dolorosamente drástica. Se decía que había grupos de gentes que se habían sacado los ojos para liberarse de las lentes, pero era más una leyenda urbana. Lo que sí parecía extenderse como la pólvora era la idea de poder hackear el dispositivo y evitar que mandase la información mental —no solo visual— que era capaz de captar.

 

Mary estaba tomando un café antes de colocarse en su trabajador. El dispositivo así denominado le mostró un mensaje que le resultó un tanto anómalo. El trabajador se conectaba mediante ondas electromagnéticas a las lentillas implantadas en los ojos y proporcionaba al proletario el listado de tareas que debía acometer en su jornada. La mayor parte de las tareas se realizaban mediante robots dotados de diferentes tipos de inteligencia y solo existían unas pocas que se desarrollaban directamente por parte de los seres humanos. Estas no requerían gran nivel de especialización, capacitación o inteligencia, pero, sin embargo, seguían siendo necesarias. Los proletarios, el grupo que desempeñaba estas funciones y al que pertenecía Mary, tenía que cumplir una jornada de pocas horas semanales que solían concentran en un par de días. Había otros grupos de personas que desempeñaban otras tareas, pero todas estaban diseñadas para evitar que quedasen inválidas mentalmente. 

 

Habían pasado muchos siglos desde la época en la que la humanidad alcanzó un nivel de desarrollo que permitió que no fuese necesario desempeñar ningún trabajo, pero las consecuencias fueron nefastas. Todo se resolvió, como siempre ha ocurrido en la historia de la humanidad, mediante una revolución sangrienta que terminó en una guerra que no enfrentó a países, naciones o imperios, como en los primeros milenios de existencia de la humanidad, ni a empresas o corporaciones como en los siguientes siglos, sino a quienes querían evitar que las decisiones las tomasen las máquinas programadas por los seres humanos y aquellos que querían mantener el control por encima de estas. Vencieron los segundos y el trabajo volvió a aparecer sobre la faz de la Tierra, aunque nunca llegó a ser nada parecido a lo que en su momento había sido; nada de esclavitud, nada de sobreexplotación, no había tareas extenuantes puesto que gran parte de estas seguían siendo desarrolladas por máquinas, pero bajo el control humano. 

 

El caso es que el mensaje que Mary recibió indicaba que había sido liberada de sus obligaciones. Ese era un mensaje poco habitual, aunque no ilusorio. Mary sabía que había gente que lo recibía cuando se habían cumplido ciertas condiciones en las tareas que desarrollaban. Al final, todos sabían que el objetivo que se buscaba era seguir el proceso de liberación del trabajo y la desaparición de los grupos proletarios, aunque bajo el control humano. Pero ella sabía que todavía quedaba mucho para que llegase esa hora a su grupo. En realidad, el trabajo que desempeñaba era sencillo y rápido, incluso le gustaba. Por supuesto, la contraprestación que recibía compensaba sobradamente el esfuerzo. Tenía las vacaciones que quería, donde quería y casi cuando quería. Por eso, le sorprendió tanto el mensaje que recibió. Enseguida preguntó mentalmente el motivo y el sistema le respondió al instante que sus servicios ya no eran necesarios. El dispositivo se desconectó y el listado de tareas completadas de los días anteriores desapareció. 

 

Mary salió del trabajador. Se dirigió caminando a un parque próximo y se sentó. Pidió mentalmente el libro que estaba leyendo y apareció nítido en sus ojos. Pidió oscurecer el entorno y se centró en la lectura mientras el sol acariciaba su piel y el tejido sintético que la vestía reguló la temperatura de su cuerpo y el nivel de protección ultravioleta para protegerla. Estuvo leyendo casi una hora cuando sintió hambre. Había recibido un mensaje indicando que el nivel de nutrientes en el cuerpo estaba disminuyendo. Mary recordó que no había desayunado por la mañana y era normal que sintiera hambre. El recordatorio le despertó esa sensación y la desconcentró, cayó en la cuenta de que no había anulado los avisos biológicos para el rato que estuviese leyendo. Todos podían establecer una serie de avisos con relación a su propio cuerpo. La medicina había avanzado lo suficiente como para poder parametrizar la práctica totalidad de indicadores corporales que asegurasen las constantes vitales. Una vida era algo muy preciado, en especial desde que la radiación de la última guerra había provocado niveles de infertilidad que hacían inviable la perpetuación de la especie, pero no, no para los seres humanos capaces de adaptarse a todo, a pesar de todo y a costa de todo. Habían desaparecido un gran número de especies —tanto que constituía una nueva extinción—, pero los seres humanos siempre sobrevivían, siempre hasta ahora. 

 

Mary se dirigió a un quiosco que estaba al lado del lago del centro del parque. Se cruzó con algunos corredores y gente que paseaba. Todos vestían igual para ella. Podía determinar la vestimenta de la gente con la que se cruzaba a través de su dispositivo; también podía dejar que los transeúntes se mostrasen como ellos querían, pero hoy no se sentía con ánimo. Cuando alcanzó el puesto, pidió un bocadillo de queso y atún con lechuga y tomate a la máquina que lo atendió. El bocadillo empezó a imprimirse. Mary miraba atentamente el proceso que había visto ya miles de veces. Luego pidió un plátano que también se imprimió y un zumo de naranja que salió de un grifo de acero inoxidable. Un escáner registró su retina y apareció en su visión la cantidad de energía que había pagado. Era insignificante para lo que tenía. La máquina metió el bocadillo, el plátano y el zumo perfectamente tapado en una bolsa y se la entregó a Mary. La cogió y regresó al mismo banco donde había estado leyendo. Se sentó y al cabo de un instante un señor se sentó a su lado. 

 

—¿Cómo estás, Mary? —le preguntó. 

 

 

 

Imagen creada por el autor con IA.

Entre Bruselas, Barcelona a 28 de mayo de 2026 y Mérida a 6 de junio de 2026.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

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