No hace mucho tiempo viajé a un planeta muy curioso situado en un sistema estelar de otra galaxia, concretamente la NGC 4414 que es una galaxia espiral, como la nuestra, aunque no tan grande, distante a 62 millones de años luz y ubicada en la constelación de Coma Berenices. No veo necesario explicar ahora cómo se produjo ese viaje; así le ahorro la disquisición a quien no quiera creerlo y, para quienes pudieran aceptarlo, no les pongo en la disyuntiva de tener que defenderme.
Ese planeta que visité no era muy diferente al nuestro; de hecho, los seres pensantes que allí viven se parecen mucho a los seres humanos, al menos físicamente. Hay una serie de rasgos que se confundirían y, sin embargo, también hay pequeños matices que nos diferencian. La flora y la fauna curiosamente contrastan algo más, aunque hay algunas plantas y animales que me recuerdan a los que pueblan nuestra Tierra. Su planeta tiene agua, mucha agua, tanta o más que nosotros. Así que es fácil deducir que las condiciones que se dieron para la vida en ese planeta son las mismas, aproximadamente, que se dieron aquí.
En lo que sí hay diferencias sustanciales es en la forma de organizar la sociedad. No podéis imaginaros el gran desarrollo tecnológico del que disponen, la ciencia es predominante en su sociedad. Me atrevería a decir que tiene un carácter religioso casi místico, en especial en lo que aún no han llegado a descubrir, puesto que profesan una fe ciega —al modo religioso— en que la ciencia terminará revelándoselo. Esto me dejó un tanto preocupado porque las cuestiones religiosas siempre me han resultado escabrosas. Digamos que me producen una profunda urticaria moral. Pero, al menos hasta donde pude comprobar no se ha llegado al extremismo en este planeta, tal vez por lo que voy a contar a continuación.
El caso es que, a pesar de que había cuestiones en las que indudablemente estaban más desarrollados que nosotros, en otras no lo estaban tanto. Y a pesar de ello, me atrevería a decir que su civilización está en un nivel de desarrollo en la escala de Kardashev ligeramente superior al Tipo I —al menos esa fue mi impresión porque, como es fácil inferir, ellos no usan esta escala— mientras que nosotros aún estamos intentando salir del Tipo 0. La base de su economía es la energía y, gracias a ella, evitan la especulación y limitan el engaño. El coste de algo se mide en la cantidad de energía necesaria para desarrollarlo. Sin embargo, si existiese una escala para valorar el desarrollo social, podría decir con absoluta seguridad que en eso nos llevan varios escalones de ventaja.
En su sociedad no hay discriminación alguna. Y no me refiero solo por razón de sexo o raza, cosa que debe hacer varios siglos que superaron; me refiero a discriminación por cualquier circunstancia que pueda producir una diferencia de oportunidades. Cualquier persona —permítaseme utilizar este término— tiene absolutamente las mismas oportunidades que el resto, independientemente de las circunstancias que le rodeen al nacer. Da igual la familia de la que provenga o el lugar en el que haya nacido y, por su puesto, da igual su raza —también allí se encuentran varias razas— o sexo —allí, como aquí, hay dos, el masculino y el femenino—. Tienen tan clara esta circunstancia que cualquier anomalía que pueda surgir al respecto es erradicada de forma inmediata, sin dudas.
Los niños, cuando nacen, tienen todos las mismas oportunidades de progresar, de crecer, de formarse, de enriquecerse, pero también de fracasar, de perderse, de arruinarse. El trabajo de los padres es sumamente importante y se observa con gran atención; de hecho, hay un organismo público que vela por conseguir que los niños sean educados con los valores que consideran imprescindibles que, en suma, son los mismos que los nuestros, por más que aquellos se implementen de forma estricta y los nuestros queden en muchas ocasiones en el plano teórico. Las instituciones educativas son trascendentales y han adquirido un prestigio tal que conseguir acceder a un puesto en ellas es harto difícil. La carrera docente, estando más que bien valorada, requiere un gran esfuerzo para su conservación, puesto que está sometida a una constante evaluación. Quien se dedica a la educación debe estar verdaderamente comprometido y se le hace responsable directo del éxito o fracaso de los alumnos que pasan por sus manos. Y esto se hace extensible también a los padres. A ambos grupos se les piden cuentas de los jóvenes que educan.
De este modo, cada nuevo miembro de la sociedad es cuidado con gran afecto y atención, y se le procura la mejor educación posible para lograr de él un miembro valioso para la sociedad. La educación está íntimamente relacionada con las posibilidades de cada futuro miembro y la igualdad de oportunidades es incuestionable. Cualquiera puede llegar a ser presidente o carpintero, siendo cada una de las posibles profesiones valiosa como la que más —recuérdese que la valía se cuantifica en energía, no hay un sistema pecuniario fiduciario como lo conocemos aquí—. Allí no existe el concepto de herencia directa: el heredero debe hacer méritos para lograr lo que sus progenitores le han dejado y, mientras alcanza la madurez, esa herencia la custodia el estado.
Las decisiones relativas a la educación no las toman los gobiernos, son tomadas por consenso global y el concepto de estado está muy por encima del de nación, del que ya se desprendieron hace algunos milenios según pude comprobar cuando me contaron su historia. Debo decir que me sorprendió cómo un planeta podía estar absolutamente unificado en lo referente a la gobernanza, pero, pensado desde la más absoluta frialdad, tiene todo el sentido del mundo —o de su Tierra— puesto que así se consigue el mayor beneficio global y cómo lo primordial es la sociedad gracias a sus miembros que tienen todos las mismas oportunidades, al final miembros y sociedad ganan, siempre ganan. Tal vez podríamos aprender algo de ellos…
Imagen creada por el autor con IA.
Entre Bruselas y Barcelona a 28 de mayo de 2026.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera
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