Contaban los sabios más viejos del lugar que, mucho tiempo atrás, había un niño pequeño que no quería crecer. Su infancia fue como la del resto de críos de la tribu. Era un niño feliz que jugaba con unos y se peleaba con otros, pero siempre se mostraba amable y considerado con los mayores como le habían enseñado, además era obediente y bondadoso. Sus padres lo querían y en el resto de la comunidad lo apreciaba. Tenía el pelo negro como el azabache y la piel morena como la tierra. Era delgado —no había ningún niño grueso en la tribu—. En el fondo no era muy diferente del resto de sus compañeros.
Los años pasaban y los niños crecían. En la tribu era tradición olvidar el día en que nacían sus habitantes. El día de nacimiento no era importante para ellos, el día realmente importante era el día de la muerte porque en aquel momento se comprobaba si ese miembro había hecho lo correcto para él, para su familia y para todos los demás. Si su vida había sido digna de alabanza, era incinerado en un precioso ritual nocturno en el que toda la tribu participaba observando cómo el cadáver se consumía y su espíritu, liberado del cuerpo, ascendía a las estrellas para formar parte de una de ellas. En la tribu todas las estrellas tenían nombre de antecesores que habían formado parte de generaciones antiguas. Si su comportamiento había dejado que desear, fue malo, envidioso o cometió crímenes, entonces el cadáver era enterrado para que se descompusiera y alimentase a la tierra, de forma que con el transcurso de los años pudiera regresar a la vida desde vientre de otra madre. En la tribu pensaban que todo lo que les alimentaba venía de la tierra y, de este modo, el cuerpo se transformaría en nutrientes para las generaciones futuras. El proceso terminaría, antes o después, con un nacimiento en el que el recién nacido poseería esa alma y tendría otra oportunidad para ser un buen ser humano para los suyos.
El chamán creía que este niño tenía un alma bondadosa y que cuando llegase a viejo y muriese formaría parte de la constelación que cubría el cielo. Él ya no lo vería porque habría fallecido; tal vez, pensaba, el muchacho podría ser el siguiente guía espiritual de la tribu. Hablaría con sus padres y luego con él. Tendría que educarle y pasarían mucho tiempo junto; el joven se tendría que mudar a su choza y la familia solo se vería en las celebraciones periódicas de la gran maloca. Conocía a los padres. La madre sufriría, era su único hijo, había tenido dos más, pero ambos fallecieron. Cuando un niño moría siempre era incinerado. Creían en la inocencia de los niños; era la vida la que terminaba convirtiendo a unos en bondadosos y a otros en perversos. Pero los niños, al morir, aún no habían llegado a ser buenos o malos y no podían ser estrellas brillantes, por tanto, sus espíritus se convertían en pequeñas bolas de fuego tintineantes que surcaban el cielo nocturno y que unas veces se veían y otras no. El padre, por el contrario, sentiría gran orgullo por su hijo y disimularía su pena. Estaba seguro de que consentirían. Así fue. Luego fue a hablar con el niño. Se lo llevó a su cabaña y se colocaron de cuclillas uno frente a otro, como era la costumbre cuando una conversación larga se avecinaba. El niño escuchó atentamente lo que el maestro le contaba. Le reveló algunos secretos que aprendería y le explicó que entendería la naturaleza como nadie lo haría jamás. El niño sonreía mientras el chamán avanzaba en sus explicaciones y el anciano se alegraba al ver la reacción del niño: había encontrado a su discípulo.
Pero antes de terminar, cuando el chamán le pidió que expresase su opinión asumiendo que estaría encantado, el niño le dijo que no quería ser el siguiente guía espiritual de la tribu. El maestro, extrañado, le preguntó el motivo. El niño señaló hacia arriba y, observando el cielo oscurecido que asomaba por el hueco del techo de la cabaña, dijo: «Quiero ser una estrella errante para poder viajar por el firmamento».
Imagen creada por el autor con IA.
En Mérida a 24 de mayo de 2026.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera
https://encabecera.blogspot.com.es/

