Pedro contó cosas que le dejaron pasmado. Justo entendió que su compañero se había convertido en un títere para quienes realmente movían los hilos, pero, sobre todo, comprendió que estaba sometido a ellos. Pedro era necesario, pero no imprescindible. Así se lo habían hecho saber en numerosas ocasiones. Siempre hubo sutiles amenazas y Pedro siempre las entendió. Vivía en un estado de miedo permanente. No era capaz de conciliar el sueño y la relación con su familia se había ido al traste. Pedro se había arrepentido en infinidad de ocasiones y había intentado salir otras tantas, pero nunca se lo habían permitido. En esos momentos las amenazas habían sido más evidentes.
—Lo peor —le dijo a Justo durante la comida— es que no puedo salir. Estoy dentro, muy dentro. Si quisiera dejarlo, tendría que, no sé, marcharme a otro país, huir de algún modo, no tengo ni idea… Tal vez, tendría que suicidarme. No puedo decir que he aprendido a vivir con esto, pero te aseguro que el miedo y la incertidumbre permanentes me tienen…, me matan, me matan poco a poco. Ni siquiera disfruto ya del dinero que obtengo. Y tampoco me dejan rechazarlo, quieren que lo coja, quieren que me ensucie… Es así —hizo una pausa en la que pareció sollozar—. Y fíjate, lo tienen tan bien organizado, aunque creo que alguno de ellos es consciente de que terminarán cogiéndolos, tienen tan sujetos a sus colaboradores, tienen tan marcadas las cartas, que se creen inmunes a pesar de que actúan con total impunidad. No todos, eso sí, pero alguno de ellos hace cosas que llaman demasiado la atención. Creo que cuentan los días que faltan para que la trama salte por los aires. No los conozco a todos, deben ser muchos y deben estar muy bien relacionados. En realidad, yo solo trato con tres, aunque de vez en cuando un cuarto cuyo nombre desconozco me pide que haga cosas.
»En fin, Justo, tú todavía estás a tiempo, aunque bien podías pensar que yo puedo tenerte atrapado y meterte en esta red como un extorsionado más. No sé, ahora mismo, si yo fuera tú, me olvidaría. Está claro que has percibido algo, está claro que has cambiado, que algo te ha ocurrido, pero si puedes evitar meterte en esto y si en algo aprecias mi consejo, debo decirte que no entres. El siguiente paso puede ser definitivo, puede ser el último que des y cuando hayas traspasado este umbral, créeme, ya no podrás regresar. Debo confesarte que cuando me lo dijiste, pensé en buscar la posibilidad de cambiarme por ti, de convertirte en el nuevo yo para ellos. Lo tendría fácil, podría ponerte en contacto con ellos, intentar convencerles de que yo ya no podía seguir, que percibía que me estaban siguiendo o algo así y procurar desaparecer bajando mi perfil poco a poco…, pero la realidad es que son tan sórdidos, tan mezquinos y codiciosos que sé con certeza que no me dejarían escapar y te incluirían como otro más para acaparar más. O, quién sabe, igual terminarían con nosotros, a ti por descubrirlo e insinuarte y a mí por haber sido descuidado. Creo que pueden llegar a ser muy violentos, aunque yo solo he recibido amenazas… Nunca usaron, por ahora, la violencia conmigo. Yo, por mi parte, lo documento todo, sé que es lo único que puedo hacer, tengo grabaciones, algunas fotos, registros de todos los documentos… Lo tengo todo, supongo que ellos lo saben, pero asumen que forma parte del juego. Es mi única garantía. Pero, Justo, escúchame bien, esto no es vida…
Justo escuchó bien, muy bien. Y meditó y pensó y volvió a pensar. Pedro había entendido perfectamente que algo había cambiado en él. Justo era consciente de su cambio. Había decidido que su vida no podía seguir así. Se sentía un miserable y había llegado a la conclusión de que el dinero podía provocar el cambio que necesitaba. Durante unas semanas estuvo probando su nueva vida. Y le gustó. Se sentía libre, incluso se sentía feliz. En realidad, aún no había hecho nada, pero sintió el hartazgo tan profundo, visibilizó de forma tan evidente su mezquindad, se sintió tan vulgar que las pocas cosas que hacía le sentaban de maravilla. Ahora se enfrentaba a un gran dilema… Se había metido en un camino cuyo destino desconocía, pero Pedro le había abierto la puerta al final de este e intuía con bastante claridad lo que había allí. No estaba seguro de que fuese lo que quería, pero tenía tan claro que no quería volver a donde estaba que el dilema no parecía tener solución. Intuía el miedo que le había transmitido Pedro, pero aún no lo sentía, sin embargo, la herida de su vida anterior estaba aún abierta, la sentía sangrante y sabía que un pequeño desliz le llevaría de nuevo a su situación anterior. Se conocía demasiado bien. Habían sido muchos años de introspección intentando convencerse a sí mismo de que era alguien diferente a lo que era hasta que, ahíto de mediocridad, reconoció su realidad. Y estaba aún tan reciente que sentía que tiraba de él para absorberlo de nuevo en su anterior y ruin vida.
El domingo siguiente a la comida con Pedro salió a pasear. Era un día soleado, pero no muy caluroso. Se dirigió al parque cercano a su casa buscando algo de sombra. Llevaba una chaqueta de marca que había pagado con su nueva tarjeta sin fondos. Iba bien peinado y afeitado. Había comenzado a caminar algo más erguido. Podría decirse que estaba de buen ver para estar cerca de los sesenta. Entonces, a lo lejos, vio a su exmujer sentada en un banco. Al principio no quiso acercarse a saludar. «Eso es lo que habría hecho el antiguo Justo —pensó—, pero el nuevo Justo ya no actúa así». Llegó a su lado y la saludó. Ella no se inmutó, respondió al saludo con un mascullado buenos días apenas audible. No le había reconocido.
—¿Eva? —le preguntó.
Ella levantó la cabeza y entonces le reconoció.
—Vaya, Justo, no te había reconocido… Hola… Estás… Estás cambiado.
Ella se levantó y le dio dos besos. Hablaron durante un rato. Apenas se contaron cosas, en realidad, fue más bien una conversación cordial llena de nimiedades. Justo pensó en invitarla a tomar un café, pero, en realidad, no le apetecía, lo habría hecho por compromiso, pero, cuál era su compromiso después de tanto tiempo… No lo hizo. Ella hizo ademán de sentarse y él lo entendió enseguida. Se despidieron al tiempo que un señor de edad cercana a la de Justo, aparentemente mayor, se les acercó y pasó el brazo por encima del hombro de Eva. Justo lo ignoró y se marchó. Ya había tomado su decisión.
Imagen creada por el autor con IA.
En Mérida a 17 de mayo de 2026.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera
https://encabecera.blogspot.com.es/

