Justo no fue capaz de dormir durante varias noches. Lo que le había dicho Pedro era algo que no hubiera podido imaginar. Intuía cosas, había visto cosas, había leído cosas, pero jamás hubiera pensado por todo lo que tenía que pasar para lograr lo que quería. De hecho, llegados a ese punto, ni tan siquiera estaba seguro de si era lo que quería. Es decir, Justo había decidido dejar atrás su miserable vida en el momento en que fue realmente consciente de ella, eso lo tenía claro, pensó que la única forma de lograrlo era con dinero, tal vez ese fue su error, tal vez no, pero estaba claro que no lo tenía y lo necesitaba para conseguir su objetivo. Entonces especuló con la que consideraba la única forma de lograrlo de con rapidez, esto es, robándolo, de una u otra forma, pero robándolo. Desde luego era consciente de que no podía ser un ladrón al uso, al menos al uso de lo que puede considerarse ser ladrón. Eso era demasiado para él, «Estoy demasiado viejo para eso», pensó. Lo único que podía hacer era entrar a formar parte de la red de extorsión de la que formaba parte Pedro. La conocía superficialmente, la toleraba en cierto modo porque no veía que hiciese demasiado daño, aunque eso ya no le importaba… Pedro le caía bien; era un tipo cercano, aunque distante para según qué cosas y, desde luego, nunca entraba a comentar ni valorar cuestiones relacionadas con su oficio en la sombra. Justo sabía que algunas de las cosas que pasaban por sus manos no seguían el conducto oficial y también sabía lo que ocurría con ciertas licitaciones, licencias…
Vivían en una ciudad grande, lo suficientemente grande como para que algunas obras y servicios tuviesen una escala lo suficientemente potente como para resultar atractivos a quienes no quieren saber cómo debe gestionarse el dinero público. Pedro, al igual que él, conocía los entresijos de la Administración a la perfección, con lo que sabía cómo jugar con ellos. Pedro era un agente necesario en todo el proceso.
Pero lo que Pedro le contó era demasiado. Al principio no le creyó. Estaba claro que llevaba un nivel de vida que no correspondía con sus ingresos, pero todo lo hacía de forma sumamente cautelosa. No intentaba —y no lo hacía— llamar la atención, pero eso no era lo peor ni de lejos. Pedro asumía que si quería llevar esa otra forma de vida debía ser reservado. La mayor parte de las cosas no eran para él, eran para su mujer y sus hijos y, por suerte para él, tampoco su familia era ostentosa en su comportamiento. A veces se daban un capricho, eso sí, pero nada fuera de lo normal.
Gran cantidad de los pagos los hacía con dinero negro, en realidad, siempre pagaba en dinero negro la diferencia entre lo que se podía permitir y lo que deseaba. Procuraba dejar constancia de lo que compraba haciendo pagos trazables con su dinero, mediante tarjeta bancaria o transferencias. Incluso tenía una hipoteca con la que estaba pagando la casa que se habían comprado: había convencido al tasador del banco para que la valorase muy bajo ante la extrañeza del técnico. Todos esos detalles no eran el verdadero problema en absoluto. Nada más lejos de la realidad. El problema era el resto de miembros de la red de la que, necesariamente, había tenido que empezar a formar parte y de la que ya dependía de forma total.
Pedro recordaba a la perfección sus primeras incursiones con ellos. Fueron auténticas fruslerías. Se acercaron a él y le pidieron que acelerase el trámite de una licencia o que les echase una mano con la tramitación de un expediente. A cambio recibió otras tantas bagatelas que no llearon más allá de alguna cesta navideña y otros detalles similares que llegaron a su casa. A Pedro le gustó aquello. En realidad, no estaba haciendo nada malo, nada ilícito. Estaba ayudando a gente amable que tenía cierta urgencia en resolver sus problemas, como todo hijo de vecino, claro está, pero ellos recibían ese trato singular, aunque legal. Sin embargo, un día todo cambió. Le llamaron, le invitaron a comer y le contaron lo que querían hacer. Se reunieron en un privado de un restaurante muy caro. No era la primera vez que le invitaban a comer, ni era la primera vez que lo hacían allí. Le contaron que era una operación arriesgada sobre un suelo comprometido. Él lo sabía, y sabía que la tramitación no sería fácil ni rápida, ni siquiera podía asegurarse que fuese exitosa. En su experiencia esas cosas, si funcionaban, llevaban años, pero le dijeron que el futuro de su empresa estaba en riesgo si no lograban que saliese adelante de forma expedita. Pedro, con su perfil técnico, comprobó que aquello no tenía buena pinta y se lo hizo saber. Le rogaron, le pidieron, le suplicaron. Pedro dijo que no podía hacer más; que, en realidad, eran muchos los técnicos que debían pronunciarse además de él; que entendía su frustración; que sabía que una Administración más diligente lo resolvería todo mucho más rápido, fuese en positivo o negativo; que aquello le sabía mal, pero que debían ser pacientes; y que, por supuesto, se arriesgaban a no lograr su objetivo. La reunión terminó de forma brusca, pero cordial. Pedro comprendía la indignación de sus interlocutores, aunque no pudo dejar de sorprenderse por la reacción. Era la primera vez que lo hacían así, también es cierto que nunca antes les había dicho que no, porque nunca antes le habían pedido hacer nada parecido.
Al cabo de unos días llamaron a su casa. Vivía con su mujer y sus hijos en un pequeño, pero digno piso del centro de la ciudad. Se acercó a la puerta y preguntó quién era. Nadie respondió. Se asomó a la mirilla, pero no había nadie. Preguntó por el portero automático. Su mujer siempre le reprochaba que no era capaz de diferenciar el timbre del interfono. Nadie. Abrió la puerta y vio un sobre en el suelo. Se agachó y lo cogió. No tenía remitente ni destinatario. Era un sobre marrón de buen tamaño. Le resultó extraño. Lo abrió y vio dentro decenas de fotos en las que aparecía él comiendo con ellos, en las que aparecía él abriendo regalos, en las que aparecía él en algún hotel de lujo con su familia donde les habían invitado. Las caras de los demás estaban emborronadas. Había fotos que se habían tomado dentro de su casa, de otra forma era imposible que tuviesen esa información. Comenzó a recorrerle un sudor frío por el cuerpo. Pedro, se dirigió inmediatamente al salón y, siguiendo el punto de vista de una de las imágenes, se subió a una silla y manipuló la lámpara del techo hasta que descubrió una pequeña cámara escondida. Se asustó. Se asustó mucho. Casi se cae de la silla. Arrancó la cámara. Se dirigió a la cocina, la puso en la encimera, cogió un martillo y la golpeó hasta destrozarla. La tiró a la basura. Por supuesto, Pedro no le dijo nada a su mujer. Recordaba perfectamente que era domingo. Inmediatamente les llamó.
En Mérida a 3 de mayo de 2026.
Rubén Cabecera Soriano.
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