—¿Otro café?
—Sí —responde sonriendo Pedro—. ¿Qué te apetece, Justo?
—Yo también tomaré un café, con leche, por favor. Gracias —dice mirando al camarero.
—Marchando dos cafés: otro para Pedro y uno para su acompañante…
Pedro sonríe de nuevo.
—Es un cachondo —dice mirando a Justo.
Justo asiente.
—Bueno, ¿ahora me vas a decir qué te pasa?
—Mira, Pedro, sé lo que haces. Lo sé desde hace mucho tiempo.
Hace una pausa. Justo se ha decidido a hablarle sin tapujos, directamente.
—Nunca he querido entrometerme, aunque siempre me ha parecido algo terrible. Bueno…, no me habían dado vela en ese entierro, pero ahora quiero mi vela. Debes saber que lo estás haciendo muy mal, es fácil seguirte y descubrirte. Cualquiera lo podría hacer. No sé exactamente cómo lo tienes organizado, con quién colaboras o a quién ayudas, aunque viendo todo tu historial hay un patrón muy claro y sospecho quiénes pueden estar detrás de esto. Supongo que la cantidad que recibes no es muy grande por cada adjudicación y que las licencias que aceleras te reportan poco dinero o regalos o lo que sea… No me meto en eso. Lo que sí tienes que tener claro es que, si algo falla, estás pringado. Y, además, tú mucho más que los otros, aunque quiero pensar que tendrás tus seguros, grabaciones y cosas de esas. De hecho, tal vez ahora estés grabando, aunque sospecho que no, porque nunca habrías esperado una conversación así con el mastuerzo de Justo, ¿verdad? —la cara de Pedro se estaba convirtiendo en todo un poema—. Y si, a pesar de esto, me estás grabando, es posible que a estas alturas tengas un problema de psicosis…
—Eh, eh, eh… no sé de qué me estás hablando —le corta Pedro, mientras saca el móvil de su bolsillo para enseñárselo—. Ni te grabo, ni hago esas cosas que dices.
—Mira, pienso que podemos ahorrarnos esa parte en la que lo niegas todo y vamos al grano. Lo digo porque tengo mucho trabajo que hacer y no tengo demasiado tiempo para perderlo.
El camarero pone los dos cafés en la barra delante de ellos. Justo coge el suyo y le da un pequeño sorbo. Está muy caliente. Pedro toma un azucarillo y lo echa en su café. Remueve con la cuchara.
—Creo que no nos merece la pena a ninguno desperdiciar nuestro tiempo —le insiste Justo—, pero como quieras. Me tomo el café rápido y regreso al trabajo.
—Espera, espera… —Pedro guarda silencio un instante—. Mira, vamos a terminar el café y volvamos hablando al Ayuntamiento.
Justo asiente y le da otro sorbo al café. Sigue caliente. Pedro sigue removiéndolo. Ambos guardan silencio mientras van terminando sus cafés. Ninguno de ellos dice nada. El camarero se acerca:
—¿Todo bien?
—Sí —responde Pedro—, dime cuánto es.
—Pues tres euros, ¿cuánto va a ser, Pedro? Pagas pocos cafés, pero vamos, que sabes de sobra cuánto cuestan —le responde riéndose.
Pedro no responde, saca un billete de cinco euros y lo deja sobre la mesa. Agarra del brazo a Justo y lo arrastra afuera. Justo no ha terminado aún su café.
Comienzan a caminar. Pedro va rápido y a Justo le cuesta seguirle el ritmo. Se dirigen hacia las oficinas. Justo espera pacientemente a que Pedro retome la conversación, pero parece que va sumido en sus pensamientos. Pedro mira al frente, va con la mirada perdida y en el momento de doblar la esquina, antes de llegar a la entrada del Ayuntamiento, se detiene. Justo, que iba un par de pasos rezagados, casi le atropella.
—Mira, no sé qué crees que es esto, ni sé qué cojones te ha pasado para que pases de ser un pobre miserable a un chantajista aficionado. Lo que sí tienes que tener muy claro es que esto es algo muy serio. No se trata solo de ganar dinero, aquí hay que afrontar muchos riesgos. Yo mismo pienso que son demasiados en demasiadas ocasiones. Llega un momento en el que te cuesta dormir, estás permanentemente alerta y desconfías de todos. Nadie, absolutamente nadie, va a hacer nada por ti si entras aquí. Es más, si pueden acabar contigo porque eso les salve el culo, ten por seguro que lo harán. Es más, yo mismo lo haré llegado el caso. Aquí nadie se anda con medias tintas. Aquí nadie tiene amigos, absolutamente nadie. Te costará conciliar el sueño porque, aunque creas que puedes vencer a tu conciencia, y seguramente lo logres, la intranquilidad de saber que puede haber alguien que esté detrás de ti es brutal. Ni te lo imaginas. Muchas veces pienso para qué narices me metí aquí… Sí, es verdad, tengo una magnífica casa y un coche de puta madre que con mi sueldo de funcionario sería imposible que tuviese. Puedo veranear donde me salga de los huevos y mandaré a mis hijos a la mejor universidad; sí, eso es, pero es muy jodido. Mi mujer no sabe nada, pero no es tonta; calla, pero sabe, sin ser cómplice, porque tiene lo que quiere. Jamás le he hablado de esto a nadie, porque si me escuchasen hablar así comenzarían a recelar de mí. No es que confíen ahora mismo en el sentido literal del término. Más bien, podría decirse que yo soy para ellos un recurso necesario, así que en el momento en el que crean que dejo de serlo, se desprenderán de mí y no les importará cómo hacerlo. Si soy para ellos un problema sin solución, harán desaparecer el problema. Lo tengo absolutamente claro. Estoy seguro, totalmente seguro. Es así y así me lo hacen saber cada vez que pueden. Así que, después de haberte contado toda esta mierda y antes de entrar de nuevo al trabajo, tengo que preguntarte si estás totalmente seguro de que quieres entrar aquí. ¿Estás seguro?
—Sí.
—Muy bien, creo que eres gilipollas… Hablamos al salir del trabajo. Te vendrás a comer conmigo.
En Mérida a 12 de abril de 2026.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera
https://encabecera.blogspot.com.es/

