Justo Vidal (vii).


 

Pedro se acercó a la mesa de Justo con sigilo. Justo estaba concentrado, trabajando sobre unos papeles. Pedro había detectado el cambio que se había producido en su compañero, no era tonto. Se había dado cuenta de que algo le había ocurrido. No sabía qué, pero era evidente que no era el mismo. Le parecía, incluso le extrañaba admitirlo, más seguro, más guapo, más inteligente. Solo había intercambiado con él algunas frases en estas últimas semanas, pero estaba claro que algo no era igual que antes. Había detectado que, tras unas semanas de contenido libertinaje incluso para lo que él conocía de Justo, había regresado a una aparente normalidad. Pero para Pedro eso era algo que no era cierto del todo: su mesa ya no estaba llena de expedientes. El resto de técnicos y administrativos del servicio tenían trabajo en sus mesas porque Justo rechazaba las peticiones de ayuda que le hacían, lo que había provocado que todos tuvieran que esforzarse algo más. Curiosamente, aunque la reacción de la gente al principio fue de extrañeza y cierto miramiento, enseguida comprendieron —aunque a regañadientes— y respetaron su decisión, puesto que Justo les respondía con firmeza y no aceptaba como antes, de forma sumisa, lo que le pedían. No era el mismo Justo, ese no era el Justo Vidal que Pedro conocía. Pero, sobre todo, lo que más le afectaba de todo aquello es que, desde que todo aquello comenzó, ya no podía contar con él para que le echase una mano con sus tareas administrativas que tanto repudiaba. 

 

—¿Cómo estás, Justo?

 

—Bien, ¿tú? —respondió sin levantar la cabeza de los papeles. 

 

—Yo…, como siempre. ¿Tienes un momento?

 

Justo alzó la vista y le miró. Detuvo su trabajo, espiró y le respondió con una sonrisa un tanto forzada:

 

—Claro, dime.

 

—Algo te ha pasado, amigo —le dijo Pedro con una sonrisa velada—. No sé exactamente qué ha sido, pero hay algo diferente en ti. ¿No te habrás echado novia, no?

 

—No —respondió sonriendo—, pero no te preocupes que si ocurre te lo diré.

 

—Pues entonces cuéntame qué ha sido, porque tú estás distinto.

 

—En absoluto. ¿Por qué lo dices?

 

—Bueno, no sé, estas últimas semanas han ocurrido cosas… Me resultó extraño que comenzaras a llegar tarde, la gente ahora no te da los expedientes…, no sé, cosas…

 

—Pues…, llevas razón, pueden haber sido cosas, pero no te preocupes, son cosas mías. Nada importante. 

 

—Bueno, eres mi amigo y por eso te pregunto. 

 

—¡Ah!, ¿lo soy? Me alegra saberlo… —el cerebro de Justo elabora una frase que se guarda de decir: «¿También lo soy ahora que no te cojo tus expedientes?»—. No te preocupes, no pasa nada.

 

—Vamos, hombre, puedes confiar en mí…, dímelo.

 

Justo se sujeta con el índice y el pulgar de la mano derecha el puente de la nariz. Y le vuelve a mirar.

 

—De verdad, Pedro, que no es nada. Gracias por preocuparte por mí. Solo estoy intentando sacar mi trabajo —Justo subraya el «mi».

 

—Ya veo…, parece que te has olvidado de tus compañeros. Además, si no me equivoco, estás llevándote trabajo para casa. Y, sin embargo, es evidente que ahora tienes menos que antes —Pedro se lo dice con sorna.

 

—Pues eres muy observador… —le replica Justo—. Sí, efectivamente, así es. No quiero dejar atrasado ningún expediente —Justo se calla un instante que aprovecha para reflexionar: Pedro nunca le ha parecido trigo limpio—. Y, como sabes, he estado llegando tarde un tiempo por una cuestión médica sin importancia, y ahora no quiero que se me acumule el trabajo.

 

—Siempre has sido muy cumplidor con el curro… Ojalá todos fuésemos así. Deberíamos aprender de tu ejemplo, la verdad. Bueno, te dejo entonces que sigas… Si necesitas algo, ya sabes.

 

—Gracias, Pedro… Sí, ya sé. 

 

Pedro se marcha y Justo le observa mientras regresa a su mesa. Justo retoma el análisis del expediente que tenía frente a él, cuando una idea se asoma a su mente. Es algo que ya se le había pasado por la cabeza, pero que aún no tenía del todo meditado ni cerrado. Justo sabe que Pedro se aprovecha de ciertos expedientes, sobre todo los de las licencias, y también sospecha, aunque eso aún no lo tiene contrastado, que en las licitaciones utiliza su posición como miembro del tribunal para orientar los resultados de estas. No sabe con qué intención se ha acercado a él, pero entiende que lo que le ha motivado es su negativa a ayudarle en sus asuntos administrativos. Justo sabe que Pedro no es especialmente bueno en eso, no es algo que le guste, le resulta aburrido, y Justo sabe que siempre le ha echado una mano con sus tramitaciones. Justo deduce que como ahora se niega a ayudarle, ha venido a ver qué le pasa. Justo va a intentar aprovecharse: se levanta y antes de que Pedro haya retomado el trabajo le pide bajar a tomar un café.

 

—Claro.

 

Es el tercer café que toma Pedro esa mañana.

 

 

En Mérida a 12 de abril de 2026.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

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