Justo Vidal (vi).

 


Todo empezó cuando la tolerancia de Justo al engaño, a la estafa, a la mentira, al desfalco, a la prevaricación, al nepotismo, a la intimidación, al abuso, al delito, a la ilegalidad… se vio desbordada. Todas las personas tienen un límite ante la continua desfachatez; la diferencia radica en cómo se reacciona cuando dicho límite se supera. Hay personas que se resignan y se desahogan con insultos proferidos contra esos otros en su fuero interno o, como mucho, delante de terceros envalentonados en su perorata simplista, sin llegar más allá; a partir de ahí, se frustran de por vida. Otros reaccionan con violencia, protestando, luchando por quebrar el sistema putrefacto y buscar una solución mejor; viven en el idealismo y la utopía. Algunos rechazan estos comportamientos y buscan huir de la sociedad sin esforzarse en cambiarla porque lo consideran imposible; viven en la inopia. Los más sencillamente contemplan incrédulos la realidad que les toca sufrir y con algunos gestos melifluos limpian su conciencia aludiendo un compromiso vago para cambiar, sin cambiar, y hacen pequeños gestos que excusan su desacuerdo, al tiempo que abusan con naderías en el sistema para otorgarse leves beneficios que no afectan a su consciencia, pero que les ayudan a sobreponerse de los varapalos constantes que los violadores de la sociedad les propician continuamente. Están también, por supuesto, aunque no son muchos aún, los que deciden que ellos no son menos que los ladrones y comienzan a violar a la sociedad de forma indiscriminada. Tal vez no se dan cuenta de que ellos no han alcanzado la impunidad que otros tienen o creen tener: no hay ceguera en la justicia, al menos no siempre. Sorprendentemente, Justo se ha transformado en uno de estos y engrosa el grupo de abusadores que surge desde abajo, desde cero, como si de un aprendiz de un oficio cualquiera se tratase. Justo no se para a pensar qué está haciendo, simplemente lo está haciendo; ha llegado a su límite y esa es su reacción. Contra todo pronóstico, Justo forma parte de este poco nutrido grupo de afines a los ladrones, sin socavar esa innoble profesión que, aún con todo, es mucho más digna que la del desfalcador, puesto que este la ejerce desde la potestad con la connivencia de otros poderosos y la impunidad que otorga el poder. Justo no tiene ese poder, pero entiende que es lo que le salvaría de sus todavía fruslerías; se irá dando cuenta poco a poco de que puede hacer, tristemente, carrera en ese oficio de malversador y chantajista que otros ejercen con tanta solvencia. 

 

Son ya varias las semanas transcurridas desde que Justo explotó y, aunque aún no ha cambiado de piso, lo está pensando seriamente. Ahora hay en su casa un frigorífico nuevo y un televisor de muchas más pulgadas de las que la pared de su salón-comedor-cocina tolera. A Justo le está gustando esta nueva vida recién descubierta para él, pero conocida con antelación porque la veía en otros. Justo Vidal aún no se ha puesto límites, pero está pensando que no quiere perjudicar a nadie. Al menos esa es su primera intención, aunque si lo piensa profundamente, sus acciones afectarán irremediablemente negativamente a algunas personas, como ocurre con todos los que abusan. Es imposible no perjudicar a alguien, aunque, al menos por ahora, Justo pretende no hacerlo. 

 

Pronto descubre que la mejor forma de ejercer este oficio complementario que ha asumido es el de conocimiento: cuanto más sepa de todos los que le rodean, más podrá abusar. Y va asumiendo que sabe mucho, pues mucho ha sido el tiempo que lleva trabajando, y comprende a la perfección los tejemanejes de todos los que han pasado por su administración desempeñando cargos de representación de la ciudadanía y de los que sostienen puestos en comisión o adquiridos en concurso público. Sabe de todos y cada uno de ellos lo que han hecho y cómo lo han hecho. Lo ha visto con sus propios ojos y, en alguna ocasión, ha sido, podríamos decirlo así, cómplice involuntario, aunque no necesario. Le han rogado que guarde silencio y él, por bueno, por estúpido, por gilipollas, lo ha hecho. Nunca ha sentido miedo, nunca ha sido amenazado, ni lo ha sentido así. Pero sabe, y podría demostrar qué han hecho y cómo lo han hecho. Lo que no sabe, aunque pronto lo descubrirá, es cuán lucrativa ha sido esa labor. 

 

Justo, los primeros días tras su catarsis, comenzó a llegar tarde al trabajo. Lo hacía en parte por despecho, en parte por ser fiel a su nueva forma de concebir su vida. Quiso entender que todo lo que le ocurría era culpa de otros, que había sufrido por los demás y que su tiempo de disfrutar había llegado. Tenía ya 57 años, se había divorciado y su exmujer se quedó con su casa; vivía en un piso de mierda que apenas le permitía vivir cómodamente; su casera era una miserable que no atendía las pocas peticiones que le hacía excusándose en su falta de dinero mientras estaba permanentemente viajando por todo el mundo; apenas tenía amigos y los pocos conocidos que le trataban estaban siempre pidiéndole favores económicos o administrativos. Todo eso tenía que parar; él lo iba a parar.

 

Enseguida dejó de tirar papeles fuera de las papeleras en la calle, dejó de escupir en sus paseos vespertinos por el parque, y le duró poco eso de usar tarjetas sin saldo y menudear con el dinero en los bares y quioscos. Comprendió que esos gestos de despecho solo dañaban a gente como él, a gente que se ocupaba de mantener cierta cordura social que otros, a base de mentiras, terminaban por corromper. No, ese no era el camino. Pero él lo conocía. Había vuelto a una aparente normalidad. Volvió a llegar exquisitamente puntual al trabajo y los saludos con Antonio, el vigilante, volvieron a ser los primeros de la jornada. En su mesa los expedientes volvieron a acumularse, pero con contención estudiada. Justo seguía repartiéndolos por las mesas, pero no de forma expedita. Se quedaba con los expedientes que le interesaban y comenzó a estudiarlos, a analizarlos, a escudriñarlos para comprobar qué podía hacer con ellos. Tenía mucha información disponible para él, sabía cómo gestionarlos, dónde aprovecharse de ellos e incluso cómo extorsionar o chantajear, llegado el caso, a según quiénes para sacar provecho. Al principio su mente esquivaba las palabras «extorsionar» y «chantajear». Eran palabras muy duras para sus oídos. Eran tabúes en su personalidad, pero pronto comprobó que solo eran palabras y que su significado, por fuerte que pudiera parecer, estaba instalado de forma permanente en el día a día de muchos. Se preguntaba cómo podía esa gente vivir con esa carga, pero al cabo del tiempo, poco en realidad, comprendió que, al igual que uno se acostumbra y aprende a vivir en la miseria, puede acostumbrarse a vivir en la depredación, sobre todo, si le reporta beneficios.

 

 

 

 

En Isla Cristina a 5 de abril de 2026.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

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