Justo se levanta de la silla. Son las 10:05. Mira al camarero. Está ocupado. Justo se marcha. Ha dejado una moneda sobre el plato de la cuenta: es insuficiente para pagar el cacao. Justo lo sabe, pero no le importa. Se marcha con toda tranquilidad. Sale por la puerta y se dirige hacia el cajero más próximo de su banco. Saca en efectivo prácticamente todo lo que le queda en la cuenta. Se va a otra sucursal bancaria. Entra y solicita abrir una cuenta. Rellena varios documentos y la tiene preparada. Le dice que va a domiciliar su nómina para que la cuenta no tenga gastos y firma en varios papeles donde jura y perjura cumplir unas condiciones que ni se molesta en leer. Le entrega el dinero al empleado que le atiende y le pide que lo ingrese en la nueva cuenta. Justo responde que por ahora no quiere tener tarjeta asociada a esa nueva cuenta. Sale del banco y se dirige a la tienda de móviles que ha visto esta mañana. Son las 10:47. Entra y se dirige a una dependienta muy maquillada que le atiende con acento sudamericano.
—Buenoss díass —dice la dependienta alargando las eses—. ¿Qué desea?
—Buenas, mire: esta mañana se me ha caído el móvil por una alcantarilla cuando iba camino del trabajo y necesito comprar uno nuevo —le dice Justo—. Había visto en el escaparate ese modelo —le dice señalándolo— y me gustaría verlo.
—Claaaro —le dice la dependienta, entra en la trastienda y regresa con una caja que contiene el móvil que Justo le ha pedido.
Justo lo mira, lo coge y le hace varias preguntas técnicas que no tienen mayor relevancia para él. Le dice que se lo quiere quedar y que lo quiere pagar con tarjeta.
—¿No necesita usted un duplicado de la tarjeta que tenía el antiguo móvil? —le pregunta la chica.
Justo recibe la pregunta con sorpresa; no había caído en esa circunstancia. No sabe si quiere mantener el mismo número…
—No, no, gracias, ya pediré un duplicado. Ahora quiero hacer un contrato nuevo con un número nuevo.
Justo le da los datos y la chica rellena diligente varios documentos. Le pide su identificación y la fotocopia. Justo le da los datos de la cuenta corriente que acaba de vaciar y le pasa su tarjeta para que le haga el cargo del móvil en ella. Un atisbo de intranquilidad recorre el cuerpo de Justo. No sabe si le dará problemas la tarjeta.
—Aquí tieeene —le dice la chica con amabilidad, mientras le devuelve la tarjeta y le da la caja con el móvil.
—Ah, perdone, ¿no tendrá usted una carcasa para que no se me estropee? —le pregunta.
La chica se la da y vuelve a cargarle el importe en la tarjeta.
Justo se despide con una sonrisa y sale de la tienda con la bolsa que le ha dado la dependienta. Se dirige a un parque cercano. Busca un banco al sol y se sienta. Saca el móvil, mete la tarjeta, lo enciende y configura los datos. «La pantalla se ve de maravilla —se dice sorprendido—. Claro, es que el otro móvil era una mierda». Hace una foto a unas plantas y se levanta. Son las 11:31. Está aburrido. No sabe qué hacer. A esas horas estaría todavía en el trabajo. Tal vez lo echa de menos. Se dirige a sus oficinas. No se ha alejado demasiado. Pasa por delante de un supermercado y recuerda que le faltan algunas cosas en casa. Se detiene, entra y las compra. Paga con la misma tarjeta de antes y le ofrece la misma sonrisa a la cajera que antes le dio a la dependienta. Retoma el camino al Ayuntamiento y llega al cabo de unos minutos. Al entrar saluda a Antonio con un guiño después de fichar.
—Espere, Justo.
Justo se detiene.
—Dime.
—Verá —le dice susurrando—, si hace esto muchas veces, va a tener problemas…
—Pero esto lo hace todo el mundo —le responde Justo mientras frunce el ceño.
—Sí, lo sé. Mire, yo no debería dejar salir a nadie, ni entrar tampoco, como es lógico, sin que fichase…, pero la realidad es que mucha gente me pide que les abra o cierre y como el sistema no está totalmente automatizado aún, pues, pues… se puede hacer.
—Vaya, no lo sabía —le responde Justo—, muchas gracias. Lo tendré en cuenta.
Justo se dirige a los ascensores y toma el segundo que llega. En el primero había gente y quería subir solo. Llega a su planta y camina entre las mesas, muchas de ellas vacías «¿Todavía vacías? —se pregunta Justo con una sonrisa contenida— o tal vez es que es la hora del café». Saluda a algunos compañeros de los pocos que hay que le miran con cierta sorpresa. Justo se dirige a la mesa de Pedro que está centrado en sus tareas. Se coloca delante de él y le saluda.
—Ya nos hemos visto esta mañana. ¿Dónde has estado?
—Anda, no me acordaba, llevas razón —le responde desentendiéndose de la pregunta mientras mira el reloj. Son las 12:00—. Bueno, como son las doce, buenas tardes, ¿no?
Pedro levanta las cejas. Justo se va a su sitio y se sienta. Pedro le sigue…
—Justo, ¿has sido tú el que ha repartido las carpetas con los expedientes?
—¿Por qué lo preguntas?
—Solo es curiosidad…
—¿Solo curiosidad?
—Sí, por saberlo…
—Bueno, sea quien sea el que haya sido, importa poco, ¿no? Son expedientes que hay que resolver y todos podemos hacerlos… No solo uno, ¿no te parece?
—Ya…
—Ya.
Pedro se da la vuelta y se vuelve a su sitio. Justo enciende el ordenador y comienza a jugar al “Solitario”.
En Mérida a 29 de marzo de 2026.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera
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