Justo Vidal (iv).

 


Justo camina lento, pausado, disfrutando del paseo. Va mirando la gente, los coches, observando el ajetreo de la mañana. Se detiene delante de un quiosco donde ve los titulares de los escasos periódicos del día. No puede verlo en su móvil porque aún no ha comprado otro. «Nada nuevo», piensa; ojea los titulares más escabrosos, los que siempre hablan de lo mismo: las mentiras y engaños de unos, los robos y estafas de otros. Se sonríe mientras los observa. No sabe si lo que lee es falso por invención del periódico o si es verdadero y los datos son reales. Ya no se fía, no puede fiarse; sabe que la gente miente y lo hace para obtener un beneficio o causar un perjuicio que con la verdad no lograría o le costaría mucho alcanzar. Eso le apena, le entristece. Lo ha vivido en sus propias carnes en infinidad de ocasiones. Tiene la sensación de sentirse estafado y engañado permanentemente, y tiene esa sensación con todo lo que le rodea: con la gente, con el gobierno, con las instituciones, con las empresas; tiene la sensación de que todos abusan de él. Lo ha soportado estoicamente durante mucho tiempo, pero ahora, cuando todo ha reventado dentro de él, necesita entender por qué lo hacía. 

 

Por su cerebro pasan miles de ideas; extrae y elucubra sobre algunas de ellas, otras las descarta por absurdas, increíbles o irracionales. Piensa que lo hacía por responsabilidad, por amor, por justicia, por ayudar, por llegar al cielo y disfrutar de la salvación divina, por erradicar la pobreza..., piensa que todo es por impulsar unos valores que están por encima de cualquier individuo, incluso por encima de la propia sociedad. Son valores para toda la humanidad, valores universales, valores que le inculcaron desde pequeño y que forman parte indisoluble de su ser. Quiere convencerse de eso, quiere recuperar la fe, pero al final su cerebro le lleva a un callejón sin salida: concluye que lo hace porque es tonto, porque ha sido tonto, hasta ahora; ha sido un gilipollas que se ha dejado embaucar por unos pocos que le han convencido de que eso era lo que tenía que hacer mientras que los de la otra calaña disfrutaban con su sufrimiento y el de otros como él, y se dedicaban a conseguir dinero y poder para vivir mejor y ser capaces de seguir oprimiendo a gente como la de su condición, convenciéndoles de que lo que hacían, en términos pueriles, era lo bueno para todos. 

 

Ahora, sin embargo, algo ha cambiado. Tiene claro que ya nadie le tomará el pelo, que ya nadie abusará de su rectitud y honradez. Y no lo hará porque esa rectitud y honradez, ese buenismo que le caracterizaba ha desaparecido. Ha sufrido una catarsis que le ha transformado. Ha alcanzado su límite con las personas y con la sociedad. Todos los nombres que aparecen en el periódico le suenan. De una u otra forma sabe quiénes son, pero también entiende que no son los únicos. Sabe que esos que ahí aparecen son solo un ejemplo, más o menos conocido y poco representativo de la realidad. Se da cuenta de que esos nombres aparecen propiciados por los contrarios, que promueven noticias más o menos interesadas, incluso aunque sus acciones, efectivamente, hayan sido reprobables y no se las estén inventando, y responden a la exposición pública que tienen sus protagonistas y son consecuencia de su cercanía al poder que provoca grandes recelos y envidias. Justo sabe que la sociedad del bienestar, «¿Del bienestar de quién? —se pregunta— porque del mío, no» la sostiene la gente como él, aunque tal vez él soporte más carga de la que realmente le debería tocar. «Se acabó, esto ya se acabó…», esa es su conclusión. En el fondo de su ser siente pena, y un poco de vergüenza e incluso miedo, pero sabe, porque lo ha vivido desde siempre, que, si ha podido acostumbrarse a las penurias causadas por su probidad, también podrá acostumbrarse a lo contrario y lo hará. Siempre ha sido constante y esforzado y, aunque muchas de sus reacciones, desde fuera, hayan parecido timoratas y medrosas, no lo eran porque así fuese él, a pesar de que a base de persistencia su voluntad se haya podido doblegar, sino porque estaba convencido de que obraba de la mejor forma. Así que ahora utilizará esas mismas virtudes para lo contrario y superará, antes o después, la aprensión a las consecuencias que sabe que pueden acontecer.

 

Prosigue su paseo y se detiene en la puerta de un café. No ha entrado nunca, pero tiene la sensación de que lleva ahí mucho tiempo. Su mente recuerda ese gran ventanal con gente dentro disfrutando del desayuno; es una imagen que ha visto en numerosas ocasiones cuando se dirigía al trabajo, pero nunca pasó por su cabeza la posibilidad de entrar a tomarse algo, o tal vez sí, pero la rechazó de inmediato para no gastar el dinero, por no llegar tarde o evitar alargar el descanso de media mañana —que Justo nunca ha disfrutado—… En fin, ahora va a hacerlo, incluso aunque su mente le lance un mensaje de advertencia proclamando que no puede permitírselo. Justo entra y nota el calor de la calefacción interior. Es agradable. Se quita el abrigo. Busca una mesa donde sentarse. Hay mucha gente. Ve una mesa vacía con sillas. Se dirige hacia ella para sentarse, pero de inmediato una pareja, que entró tras él, acelera el paso y le adelanta. La joven se sienta y el chico se quita la mochila justo antes de tomar asiento.

 

—Eh, vosotros, esa mesa es mía. Yo ya estaba llegando. 

 

Los jóvenes interpelados le ignoran. El chico termina de sentarse.

 

Justo coge otra de las sillas vacías y se sienta junto a ellos. Ellos le miran extrañados. 

 

—Oiga, esta mesa es nuestra —le dice el chaval. 

 

Justo le mira fijamente y le ningunea. 

 

Los chicos se miran. Él va a decir algo, pero la muchacha le detiene y le hace un signo para que se levante. Se marchan y le dejan solo en la mesa. Justo espera a que llegue el camarero, que lo ha visto todo desde la barra. Le pregunta qué desea para después decirle que lleva razón, que los chavales han corrido para alcanzar la mesa antes que él, a pesar de que sabían que se estaba dirigiendo a ella. 

 

—Un vaso de leche caliente con cacao, por favor —dice Justo, ignorando el comentario. 

 

Son las 9:23.

 

 

Imagen creada por el autor con IA.

 

 

En Mérida a 29 de marzo de 2026.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

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