Caminaba delante de mí, a cierta
distancia. Intenté ponerme a su altura, pero, de algún modo, sin que pareciese
que aceleraba, fue capaz de mantenerse delante y yo incapaz de colocarme a su
lado. Por un momento tuve la sensación de ser una especie de perro faldero
siguiendo a su amo y la verdad no era muy distinta a eso. Me preguntó cuál era
mi nombre. Contesté. Me preguntó qué estudiaba. Contesté. Me preguntó cuánto
tiempo llevaba en la universidad. Contesté. Me preguntó cuándo había logrado la
beca. Contesté. Me ordenó que me uniese a su club. Asentí con la cabeza. No
hablé. Él no me vio, pero estoy seguro de que supo mi respuesta, aunque no
hubiese pregunta. Después se mantuvo en silencio durante un buen rato y yo le
seguí sin pensar absolutamente en nada. Mi mente estaba vacía. Me sentía
hipnotizado, sin voluntad, incapaz de reaccionar. Veía su pelo rubio un tanto
despeinado ondulando al son de la ligera brisa de aquella tarde. Algunos rayos
de sol parecían reflejarse en su cabellera. El día estaba cerrándose y yo,
abnegado seguidor y obstinado prosélito, me dejaba llevar aquiescente hacia el
fin de mis días doblegado ante un chaval de mi edad, sino más joven, que iba a
introducirme en un mundo del que nunca lograría salir insuflándome un veneno
sin antídoto cuyos efectos desconocía, pero que, temerario, deseaba.
Salimos de la universidad y recorrimos
a pie un trayecto que se me hizo eterno. Estaba impaciente por saber cuál era el
destino de aquel paseo que, a la postre, se convertiría en mi propio destino.
No fui consciente en ningún instante, pero algunos de los chicos con los que
nos cruzamos recibieron una señal de mi predecesor y se movilizaron para llegar
antes que nosotros y esperarnos en el lugar en el que yo renacería para formar
parte de un grupo al que no pertenecía por derecho. Llegamos cuando ya el sol estaba
casi oculto y tan solo algunos reflejos de luz en los cristales de los edificios
más altos ofrecían un espectacular juego de destellos y brillos tornasolados
que parecían crear un ambiente místico previo al encendido de las farolas urbanas.
Nos detuvimos a la altura de un palacete antiguo con una portada muy recargada,
barroca a mi escaso entender. Cuando llegamos caí en la cuenta de que habíamos
dado un rodeo innecesario. Entonces no le di demasiada importancia, entre otras
cosas porque aquella zona me era aún desconocida. Llamó a la puerta utilizando
la aldaba de bronce con motivos florales y vegetales sujeta por la boca de un demonio
que presidía el portón. Fueron varios golpes. Me pareció que respondía a una
serie concreta e intenté memorizarla. No sabía muy bien para qué lo hacía, pero
me pareció importante: tres golpes, una pausa, un golpe. No tuvo que repetirlo.
Abrieron al instante y un chorro de oscuridad nos invadió. Pude contemplar una
suerte de patio central con algunas luces muy tenues que nos devolvieron algo
de claridad desde la penumbra del umbral. Mis ojos se acostumbraron enseguida
al escaso nivel de iluminación y ya en el zaguán intenté encontrar alguna
referencia; procuré comprender aquel espacio algo siniestro, extraño, en el que
me encontraba. El señor que nos abrió saludó inclinando la cabeza. Ni una sola
palabra. Vestía impoluto. Pensé que era un mayordomo. Nos invitó a entrar y nos
acompañó con toda naturalidad a una sala que se encontraba al otro lado del
patio. Al cruzarlo pude ver que estaba cubierto con una montera acristalada
llena de perfiles de acero con una geometría orgánica que me llamó la atención.
Me resultó excesivamente moderna para aquel edificio, pero, sin embargo, no desentonaba
del todo. Unas escaleras, creo que de mármol, se aparecieron a mi derecha. A mi
izquierda, pude ver varias puertas de madera oscura totalmente cerradas.
Rodeamos ligeramente una pequeña fuente que estaba en el centro del patio con
varias esculturas de lo que me parecieron ángeles y llegamos a la puerta. El
señor que nos precedía nos la abrió y nos escoltó el paso. Hice ademán de saludarle
para darle las gracias cuando yo pasaba, pero su mirada, sin ser evasiva,
estaba vacía. No me veía, al menos esa fue la sensación que me dio. Mi guía le ignoró.
Entramos en una sala maravillosa, llena de muebles de madera de todo tipo con cuadros
en las paredes y un techo abovedado que mostraba un fresco muy hermoso. Todo era
muy brillante. Yo miraba asombrado a todos lados, intentando retener cada
detalle, cada pieza, cada objeto. Había algunos chicos en la sala que se pusieron
en pie nada más vernos entrar, pero, sin embargo, nos saludaron lacónicamente. Nos
rodearon y ofrecieron su mano a mi mentor que les correspondió el saludo. Yo
permanecí expectante, expectante e ignorado. Tras los apretones de manos y cortesías
varias entre ellos, todos se centraron en mí.
—Este es —dijo mi preceptor sin
más preámbulos.
Yo asentí como un idiota.
—Está deseando someterse a la
prueba.
Volví a asentir. No tenía ni idea
de a qué se estaba refiriendo.
Todos me miraron de arriba abajo.
Fui escrutado sin el más mínimo atisbo de respeto. Me sentí como un animal de
granja antes de ser vendido. Un cerdo preparado para su sanmartín. Mi
incomodidad parecía no molestarles ni inquietarles lo más mínimo. Hicieron
algunas preguntas que fueron respondidas de forma sucinta. Se hicieron algunos
comentarios que me resultaron incomprensibles. No hubo discusión. Tuve la
sensación de que nadie osaba oponerse a la decisión, pero sí que hubo algunos
reproches acerca de la pertinencia de la decisión y del momento en que se había
tomado. En aquel mismo instante, de forma repentina, desde detrás de mí, me
colocaron una bolsa de terciopelo, esa fue mi sensación, de color negro, como
pude comprobar después, sobre mi cabeza y la oscuridad me invadió. Intenté
forcejear, pero ya me habían sujetado entre varios. Me instaron a no moverme
demasiado y a dejarme llevar. «Debes confiar en nosotros», repetían sin cesar.
Comenzamos a caminar, intenté agudizar mis sentidos para orientarme, pero todo
fue en vano. Iba rodeado de varios muchachos que guardaban silencio. Yo estaba
atemorizado. Gritaba y cuando lo hacía alguien apretaba la bolsa para silenciarme.
La falta de oxígeno me hacía callar y entonces aflojaban ligeramente la cuerda
para que pudiera recuperar el resuello. Abrieron y cerraron algunas puertas. Creo
que atravesamos varias estancias. Tuve la sensación de que salimos al patio o
tal vez se trataba de otro patio porque percibí el mismo cambio de temperatura
que había sentido al entrar en la sala desde el patio de la entrada. Bajamos
unas escaleras y tropecé varias veces. Percibí mucha humedad y el vello de mi
cuerpo se erizó. Hacía frío. Sentía escalofríos. Estaba aterido. Tenia miedo.
Creo que si nos hubiésemos detenido me habría meado encima, pero no dejamos de
caminar hasta transcurridos no sé bien si un par de minutos o un par de horas.
Perdí la noción del tiempo. De repente nos detuvimos y me quitaron la bolsa de
la cabeza. Vi que era negra. Me costó hacerme a las luces de aquella estancia
tenebrosa, de paredes y bóvedas desconchadas, pero cuando lo logré miré
alrededor y allí estaba, frente a mí.
Imagen creada por el autor con IA.
En Mérida a 31 de marzo de 2024.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera