—Ha llegado mi hora —esa fue la frase con la que me pidió que leyera la carta que había recibido; me lo dijo señalándome el bolsillo de la camisa donde la había guardado esa misma mañana. —Solo dime cuánto tiempo me queda —prosiguió sin echar mucha cuenta a mi asombro.
Ni siquiera había empezado a leerla aún. Es más, no la había abierto y allí estaba Dios preguntándome cuánto tiempo le quedaba. ¿Tiempo para qué?, me pregunté sin atreverme a lanzarle la pregunta. Acabábamos de regresar a casa, a esa especie de hogar que creábamos allá donde íbamos. Había sido un día especialmente duro, aunque, pensándolo fríamente, no mucho más que otros. Habíamos visto niños enfermos, gente pobre, hablamos con muchas familias intentando darles esperanza, sobre todo, Dios. Para eso era incansable. Yo me sentí derrotado enseguida y apenas podía murmurar alguna frase de ánimo. El paisaje era desolador, pero Dios seguía y seguía ayudando, ofreciéndose para buscarles comida, llevando agua de un sitio para otro o lo que quienquiera que fuese necesitase, curando a los enfermos, ayudando a colocar ventanas, haciendo cualquier cosa que pudiera ser de utilidad y que aliviase el sufrimiento de esas gentes, mostrándoles toda la compasión que seres humanos en esas condiciones podían necesitar. Pero lo hacía sin manifestar pena. Eso me asombraba. A mí me resultaba imposible, me inundaba el corazón ver el sufrimiento de esas gentes y la pena me ahogaba, pero él no, no parecía afectarle lo más mínimo.
Ese mismo día un grupo de jóvenes nos había amenazado con navajas para que les diésemos dinero, supongo que para droga, incluso uno de ellos llevaba una pistola. No tendrían más de catorce o quince años. Dios se opuso. Intentó hablarles, pero uno de ellos le lanzó una cuchillada que esquivó de puro milagro. Entonces se enfadó y les gritó. Salieron corriendo. «Ni tan siquiera ellos están perdidos», me dijo cuando me acerqué a ver si le habían herido. «Hay que buscarlos e intentar ayudarlos», insistió. «No sé quiénes son», le dije. «Pregunta» fue su exigencia, después seguimos caminando entre chabolas en las que se guarnecían del frío y calor como buenamente podían familias completas hacinadas que apenas tenían acceso a luz, a agua, o a comida. Dios llamaba antes de entrar y les preguntaba qué era lo que más necesitaban. Estaba claro que necesitaban de todo, y así nos lo decían, pero todo Dios les respondía que no podía darles todo, que haría lo posible por ayudarles y que al día siguiente les llevaría lo que más necesitasen. Muchos de ellos solo pedían dinero, pero Dios les respondía que eso no podría dárselo y era cierto. Por las tardes, antes de regresar, Dios y yo nos adentrábamos en los barrios más ricos de la ciudad en la que estuviésemos e íbamos llamando puerta a puerta para pedir lo que necesitaban todas aquellas familias que habíamos visitado por la mañana. Nunca pedíamos dinero para ellos, solo comida, ropa o cosas por el estilo. Lo que más daño me hacía, lo que más sufrimiento me provocaba era el contraste entre lo que veíamos durante las mañanas y lo que nos encontrábamos por las tardes. Las casas que visitábamos eran auténticas mansiones, verdaderos palacios, sobre todo, comparados con las casuchas en las que malvivían familias enteras. Lo que peor llevaba, sin duda, era el olor. Me producía nauseas, durante las mañanas los olores eran intensos, duros de asumir, pero uno terminaba acostumbrado después de varios días y varias arcadas. Sin embargo, las casas de los ricos querían oler bien, buscaban olores semejantes a las flores, a los bosques, vete tú a saber a qué querían oler, pero esos olores artificiales, lejos del olor humano al que estaba acostumbrado, llegaba a producirme auténtico asco y repugnancia, la misma que a ellos les producía la pobreza que les queríamos mostrar para convencerles de que necesitábamos su ayuda.
Los dueños de estas grandes casas nunca abrían las puertas, siempre lo hacían empleados que procuraban deshacerse de nosotros con amabilidad al principio, pero incluso amenazando con llamar a la policía ante nuestra insistencia. Otros directamente eran guardias de seguridad que nos invitaban con vehemencia conforme comprendían que no nos marcharíamos a largarnos de allí. Dios nunca cesaba e insistía en ver al dueño de la casa. La frase más repetida por todos era que no estaba. Nunca estaba. Nadie estaba. Entonces Dios les pedía a quienes nos atendían algo de comida, algo de bebida, algo de ropa, cualquier cosa que pudieran darnos para paliar, aunque fuese solo un poco, el sufrimiento de gente como ellos. No obteníamos mucho, la verdad, porque a todos parecía que nuestra presencia les incomodaba, y lo poco que nos daban era para lograr que nos fuésemos, pero Dios seguía y seguía insistiendo y si no era en una casa lo era en otra, algo siempre nos llevábamos y entregábamos al día siguiente a los más necesitados. Encontramos, es cierto, gente bondadosa que, no sé si por pena, por compasión o, como bien decía, por lograr que nos marcháramos, nos ofrecía un poco de todo e incluso encontramos gente que nos ayudó a transportar las cosas en sus vehículos. Pero, si tengo que sacar alguna conclusión de todo ese tiempo en el que estuvimos mendigando para los demás, debo decir que el ser humano es egoísta, mucho. Yo apenas era consciente de esa realidad. Había vivido en mi mundo, que era el mar y del que casi me he olvidado, más o menos duro, en el que, a pesar de que había logrado poco —siempre dependiendo de cómo se valore lo que uno hace—, vivía sin demasiadas preocupaciones: tenía alimento, cobijo y ropa. Aunque no lo pensaba, sabía que no iba a morir por no tener cubiertas esas necesidades. La gente a la que visitábamos podía morir en cualquier momento, pero lo más triste es que aquellos a los que pedíamos un pequeño esfuerzo para ayudar a quienes podían morir, sencillamente nos volvían el rostro. No querían hacerse responsables, no querían ayudar. Sí, es cierto, la pobreza les producía asco, la pobreza les repugnaba y preferían negar su existencia, antes que mostrar algo de solidaridad y luchar contra ella, aunque fuese con un pequeño gesto. Esas visitas a las casas de los adinerados me enfermaban. Fue creciendo dentro de mí un odio terrible en el que no me reconocía y que Dios fue detectando e intentando apaciguar diciéndome que el odio no era el camino, que debía ser paciente y persistente, que solo así lograría algo. Pero era difícil, muy difícil. La mayor parte de esas gentes a las que les sobraba el dinero, o bien no habían hecho nada meritorio para lograrlo porque les había venido caído del cielo solo por nacer donde lo habían hecho, o habían logrado ese dinero mediante el robo, la extorsión o la mentira. «No merecen lo que tienen, habría que quitárselo», le dije una vez a Dios sumamente cabreado. El solo me respondió que quitarles el dinero me convertiría en uno más de ellos. Yo no le creí, yo no era como ellos, yo había visto la pobreza y, en cierto modo, la había sufrido. Eso nunca ocurrirá, pensaba mientras abría la carta para leerla, nunca.
Foto de origen desconocido.
En Plasencia a 7 de agosto de 2022.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera
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