Transcurrieron unas semanas muy ajetreadas. No parábamos. Íbamos de un sitio a otro. Atendíamos a todos los que podíamos. Nos movimos por hoteles, hostales, incluso nos alojamos en casas de gentes que nos abrían sus puertas y nos daban cobijo y comida desde la más absoluta humildad. Fue una peregrinación muy dura que nos llevó casi tres años. Era la primera vez que abandonábamos la ciudad y, la verdad, no esperaba encontrar lo que ante nuestros ojos se apareció. Fuimos buscando los sitios más pobres, y nos reunimos con la gente más necesitada de cada lugar: pequeños asentamientos, lugares alejados de todo, también ciudades grandes, pero cuando llegábamos nos alejábamos de las zonas más ricas y nos adentrábamos en los suburbios donde las chabolas eran mansiones frente a las condiciones en las que algunas personas vivían. Fue terrible, muy doloroso. Conocimos el hambre, el dolor, el sufrimiento. Lo conocimos de primera mano, lo sentimos en nuestras propias carnes. Yo no hacía otra cosa que llorar cuando llegaba el final del día y nos recogíamos donde podíamos. Pero Dios no. No, él se tumbaba después de haber cenado un pedazo de pan y algo de agua, cerraba lo ojos y comenzaba a hablarme. Me pedía que recordase todo lo que habíamos visto y que lo contase, que se lo contase al mundo. Me decía que tenía que convencer a la gente de que era posible terminar con ese sufrimiento, que era posible luchar y vencer al egoísmo social que envolvía nuestro mundo y no dejaba que mirásemos más allá de nosotros mismos olvidándonos de nuestro prójimo. Cuando terminaba, Dios, comenzaba a respirar de forma pausada, contenida, casi imperceptible y yo me ponía a escribir. Anotaba lo que me había contado, lo que yo mismo había visto. Buscaba en sus palabras y en mi propia experiencia la justificación del mensaje que Dios quería transmitir. Me llevó bastante tiempo entender cuál era, pero finalmente lo logré y comprendí que Dios me lo había estado haciendo ver con cada persona con la que se paraba a hablar a pesar del sufrimiento, con cada niño al que hacía sonreír a pesar del dolor, con cada familia a la que consolaba a pesar de la pobreza. El mensaje era de esperanza. Dios creía en el ser humano, Dios creía en nosotros. Ese mensaje me satisfizo en un primer momento, me hizo creer en esa esperanza que Dios no dejaba de transmitir, pero esa fe se transformó enseguida en desesperación porque después del mensaje lleno de esperanza de cada noche, llegaba la realidad cada día en la que se ponía a prueba mi fe. No dejábamos de observar cómo la avaricia, la ruindad, la maldad del ser humano, el egoísmo del que Dios se quejaba amargamente, convertía la realidad en sufrimiento, dolor y pobreza para algunos, para muchos, mientras que otros se servían de su poder para acrecentar las diferencias entre los más pobres y ellos procurándose una riqueza que no podrían malgastar en mil vidas, aprovechándose impunemente de su supremacía frente al resto conseguida en no pocas ocasiones abusando, extorsionando, engañando…
—Dios, ¿cómo puedes seguir creyendo en el ser humano?, —me atreví a preguntarle interrumpiéndole en su monólogo nocturno tras varias enseñanzas que me transmitió para que las escribiera—. ¿De verdad crees que podemos cambiar el mundo?, ¿piensas que con esto que estamos haciendo lograremos algo?
Dios abrió los ojos, los tenía llenos de lágrimas. No sé si por mi pregunta, por mi falta de fe o sencillamente porque cada noche cuando recordaba el sufrimiento que había contemplado durante todo el día lloraba y por eso prefería mantenerlos cerrados mientras me hablaba. Me miró fijamente y aguardó un instante antes de contestarme. No pensó la respuesta, estoy seguro, la sabía porque sabía que antes o después yo le haría esas preguntas. Sin embargo, esperó un tiempo antes de ofrecerme su respuesta porque quería que le atendiese poniendo en él toda, absolutamente toda mi atención.
—Mírate —me dijo susurrando—. Si dudas de lo que has visto, si piensas que todo ese dolor es justo, si no consideras que sea necesario que desaparezca esa desolación, si sencillamente no crees que exista, entonces todo está perdido. Si lo que estamos viendo, te remueve el corazón, te hace sufrir, te hace llorar, entonces todavía hay esperanza. Pero la esperanza por sí sola no sirve de nada. Ni tan siquiera sirve que solo tú luches contra esta injusticia que nos rodea. Es necesario que todos, absolutamente todos, seamos conscientes de esa realidad y todos, absolutamente todos pongamos de nuestra parte y superemos el egoísmo que nos mueve para lograr nuestra salvación.
»No creas —prosiguió al cabo de un rato— que la semilla de la duda no crece dentro de mí, pero lucho contra ella cada día para poder convencerme de que esto que hacemos sirve de algo.
—Pero Dios —le interrumpí— cómo insinúas siquiera que no creo lo que cada día vemos. Claro que lo creo, claro que me duele, claro que sufro por esas pobres gentes. Pero me pregunto por qué, Dios, si realmente eres dios, no obras un milagro que lo cambie todo, que resuelva las injusticias, que arregle todo este sufrimiento…
Dios me miró apenado, triste. Cerró los ojos y dijo:
—No has entendido nada —y se durmió.
A la mañana siguiente, cuando desperté Dios ya estaba en pie, esperándome con una carta en la mano. Me la dio sin abrir. Iba dirigida a él, pero nunca las abría.
—No la leas —me dijo— hasta que no regresemos hoy. Luego ya lo haremos.
No sentí que su frase guardase ningún rencor por la conversación que tuvimos la noche anterior en el que le cuestioné abiertamente. Es más, parecía que lo había olvidado. Yo, por supuesto, no. Es más, pasé una noche horrible dándole vueltas a su frase y a mis dudas. Apenas si dormí. En cualquier caso, cogí la carta, me la guardé y salimos a la calle a buscar la pobreza sin ser conscientes de que no hacía falta buscarla, ella siempre te encontraba.
Foto de Suliman Sallehi en Pexels.
En Plasencia a 24 de julio de 2022.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera
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