El juicio de Dios (xiii).




Dios no apareció hasta que hubieron transcurrido cuarenta días. Durante todo el tiempo que estuvo desaparecido la gente pasó de estar esperándole con impaciencia a sencillamente olvidarle. Hubo algunos programas televisivos que mostraron reportajes de su vida, de su corta vida mediática, con recortes de algunas de sus entrevistas, también aparecieron algunos artículos en prensa hablando de él, incluso se publicaron biografías que se pusieron en poco tiempo en las listas de los libros más vendidos o, al menos, eso dijeron. Algunos programas que pretendían ser de investigación se lanzaron a la calle en su búsqueda. Pero todo ese ajetreo no duró más de una semana. Al cabo de ese tiempo, Dios se olvidó. Desapareció por completo de la faz de la Tierra. Se le olvidó a la gente su existencia. Y no ocurrió nada. Absolutamente nada. Yo, sin embargo, sin saber muy bien por qué, permanecí durante todo ese tiempo sumamente preocupado, a pesar de que curiosamente era el único que tenía alguna noticia de él. De hecho, era el único que sabía que volvería, o al menos eso entendía del mensaje que me había dejado. Cada noche durante los cuarenta días, al recostarme sobre la almohada de mi cama, antes de apagar la luz de la mesilla, miraba la nota, la leía y la releía intentando buscar en ella algo que me hiciese comprender por qué se había marchado o dónde podría estar. Cada día, después de ducharme y desayunar, me acercaba a la comisaría de policía para preguntar sobre Dios. Creo que al principio los pocos que ya me conocían pensaban que era un buen amigo preocupado. Luego, al cabo del tiempo, creo que me miraban como alguien desesperado. Pero no con la desesperación de una madre que ha perdido a su hijo, sino de alguien que estaba volviéndose loco, loco de decepción, de desilusión. La policía había investigado la desaparición, pero al no encontrar ninguna pista que pudiera hacerles pensar en un secuestro o algo similar, sencillamente se había ido abandonando el caso y, a pesar de que no estaba cerrado, el comisario ya me advirtió que ese tipo de desapariciones requería de unos recursos de los que él no disponía. Así que básicamente ellos también se olvidaron de Dios. 


Transcurridos esos cuarenta días lo encontré en el comedor del hotel, sentado como cada día acostumbraba a hacer, esperando a que yo llegase para desayunar juntos. Estaba de espaldas a la entrada y al principio no lo reconocí. Tenía el pelo algo más largo y llevaba una camisa blanca que no sé de dónde podría haber sacado. Solo estaba él. Nadie más. Había un silencio absoluto. Al menos mi recuerdo es ese. No se oían los tintineos de los cubiertos que los camareros iban colocando ni los platos depositados en la mesa del buffet. Solo estábamos él y yo. Él estaba en la mesa que acostumbrábamos a usar y quise ver quién era. Di la vuelta con cierto disimulo y cuando pasé a su lado me invitó a sentarme. Al instante reconocí su voz y se me saltaron las lágrimas. Quise abalanzarme sobre él, abrazarle, besarle, pero, al mismo tiempo quería golpearle, estaba furioso con él porque me había abandonado. «Siéntate», insistió. Me senté sin decir nada. Entonces comenzó a contarme qué íbamos a hacer a partir de ese momento, cómo íbamos a volver a estar en la «palestra», ese fue el término que usó, cuáles serían nuestros siguientes pasos y cómo volvería a aparecer en todos los medios de comunicación, la gente volvería a él. Eso fue lo que me dijo. Yo intentaba tomar nota mentalmente de todo, pero mi cerebro quería respuestas. Quería saber dónde había estado, con quién, por qué se había ido y para qué. Y había una pregunta que rondaba mi cabeza, pero que no sabía si me atrevería a preguntar y que era una pregunta que me parecía natural, pero que me producía cierta vergüenza, quería saber por qué me había abandonado.


Cuando terminó de hablar hizo ademán de levantarse, pero le retuve sosteniéndole la mano. Le pedí que se quedara un momento, que había cosas que necesitaba aclarar, que necesitaba saber. «Está bien, pero tráeme por favor algo de pan», me dijo. Me levanté sin rechistar y cogí un par de bollos y una taza de café para mí. Los dejé en la mesa y él cogió uno de los panecillos. Lo partió y me ofreció la mitad. Lo acepté y comencé a morderlo tras mojarlo en el café. Él no se tomó su parte. «Dime qué quieres saber», me instó. Entonces comencé a preguntarle todo lo que me había estado torturando durante los cuarenta días que había estado desaparecido. Si soy sincero, apenas recuerdo qué me dijo, sé bien que me contestó a cada una de las preguntas que le hice, pero luego nunca he sido capaz de poner en pie aquellas respuestas. No sé si porque eran muy crípticas o porque sencillamente quería oír alguna contestación que me tranquilizase en aquel instante y eso me bastó. El caso es que solo recuerdo claramente su respuesta cuando le acusé de haberme abandonado, porque debo confesar que fue una acusación en toda regla, además, la hice enfadado, decepcionado, casi exigiéndole explicaciones que, tiempo después comprendí que en realidad no tenía que haberme dado. Su respuesta, como casi todas las que siempre ofrecía fue breve, escueta, sin dar pie a más argumentación. Sencillamente me dijo: «Nunca te he abandonado». Yo me quedé en silencio, pensando lo que me acababa de decir. Manoseando el papel en el que me había escrito que le esperase. Pensé que eso era precisamente lo que había hecho o, al menos, eso creía, pero tengo claro que había dudado de su palabra. Me pidió que me terminase el pan y el café. Así lo hice. Nos levantamos y comenzamos a hacer todo lo que me había pedido. 




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En Mérida a 9 de julio de 2022.

Rubén Cabecera Soriano.

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