El juicio de Dios (xii).



Pasaron muchos días. Mi preocupación era solo un disfraz para esconder mi angustia. Nadie, excepto yo, llegaría nunca a entender la ansiedad que me quebraba por dentro, esa era mi constante inquietud. Tiempo después comprendí que esa sensación bien podía ser generalizada y que todos aquellos que deseaban la existencia de dios, tanto como yo deseaba su regreso, y que querían creer en él, tanto como yo ansiaba su presencia, pero no lo hallaban sufrirían tanto como yo lo hacía. Los primeros días tuve que hacer frente a las numerosas preguntas de los medios de comunicación, en especial aquellos que tenían pactadas entrevistas con Dios. Les intenté hacer ver la realidad: Dios había desaparecido. Ninguno me creyó. Pensaban que era alguna estrategia comercial o publicitaria con la que pretendíamos llamar la atención del público como el redoble de tambor previo a la pirueta final de un gimnasta en el circo. Consideraban que estábamos preparando algo para alcanzar una fama que, según ellos mismos decían con indignación, ya habíamos logrado. Intentaba hacerles ver que no era cierto, que sencillamente lo que había ocurrido era que Dios había desaparecido. Me ningunearon y olvidaron a Dios, eso pretendieron, dejaron de mostrarlo en sus televisiones, periódicos, revistas, portales, anuncios. Quisieron hacerlo desaparecer. Y lo lograron. Al menos en parte. Dios dejó de ser el centro de atención. Pasaron casi dos semanas hasta que lo consiguieron, pero finalmente así fue. No sé si Dios desapareció también de la mente de las personas. Eso lo desconozco. Tuve algunas conversaciones con transeúntes que me paraban por la calle y me preguntaban por él. Incluso después de que dejara de aparecer en los medios, pero lo cierto es que la sensación que tuve fue que habían logrado que Dios cayese en el olvido. Me sorprendió y me entristeció, pero reconozco que era algo bastante común que acontecía con todo. Una noticia duraba lo que querían que durase, después se olvidaba, la ocultaban tras otra noticia con la que querían generar expectación de nuevo. Y Dios había sido una noticia, y había durado bastante, y si ya no la podían explotar más, simplemente tenían que hacerla desaparecer. Lo cierto es que durante todo ese tiempo yo no hacía otra cosa que sufrir. Sufría por él, sufría porque no sabía realmente dónde estaba o si le había ocurrido algo, pero en lo más profundo de mi corazón sufría por mí. No quería reconocerlo, pero esa era la verdad.


No tardé mucho en poner una denuncia en la policía por la desaparición de Dios. Me preguntaron si sabía de alguien que pudiera tener algo en contra de él. Le mostré el listado de demandas que habíamos recibido. No recuerdo cuántas eran, creo que superaban el millar. Todas esas personas tenían algo contra él. Pero, además, les indiqué que habíamos recibido numerosas notificaciones de otros juzgados en los que se habían interpuesto otras tantas demandas. El policía que me atendió sonrió amablemente y me pidió que esperase un instante. Creo que no supo hasta ese momento que la persona a la que me refería era Dios. Me invitó a que pasara a un despacho. Me senté en una silla de madera muy incómoda frente a un escritorio lleno de papeles con sellos de colores. Me pidió que esperase, que no tardaría mucho en regresar con el comisario. Miré alrededor y comprobé que en las paredes había fotografías de distintos personajes. Reconocía algunos, otros me resultaron extraños. De repente vi una foto de Dios y caí en la cuenta de que todos los que allí figuraban era gente que había llamado la atención de la policía. Pienso que no se trataba de malhechores, tal vez algunos lo eran, pero, en general, eran personajes que provocaban cierta inquietud en el cuerpo. Bajo cada una de las imágenes había varias hojas escritas a máquina con marcas, rayones, flechas de colores, anotaciones. Tuve la intención de acercarme a comprobar qué decían de Dios, pero en ese instante la puerta se abrió y apareció el policía que me había atendido junto al comisario. Era un señor grueso que no disimulaba su tamaño. Iba en mangas de camisa y unos cercos oscuros bordeaban sus axilas a pesar de que estábamos en invierno, o tal vez por eso, ya que entonces caí en la cuenta de que allí dentro hacía bastante calor. Se presentó y se sentó en el sillón de cuero que le pertenecía. El otro policía desapareció tras presentármelo. No nos dimos la mano. 


—Y dice usted que Dios ha desaparecido…


Terminó la frase dejándola ahí, inconclusa. Esperando mi participación inmediata sin que mediase saludo alguno o gesto de cortesía por su parte. Respondí con un escueto «Sí».


—Bien, ¿tiene algo que pueda demostrar su desaparición más allá de que ha dejado de aparecer en los medios de comunicación? ¿Sabe si se trata de algún secuestro?


Por un instante pensé en ofrecerle el papel con la frase que Dios había escrito en él en el que me pedía que le esperase. Pero entonces caí en la cuenta de que, si hacía eso, mi reunión con el comisario terminaría ahí mismo. Dios era una persona que había mostrado sobradamente su locuacidad y madurez en numerosas ocasiones en las distintas entrevistas que le habían hecho con lo que difícilmente podrían iniciar una investigación si lo que el propio Dios había dicho era que le esperase. Le dije que no sabía nada, excepto que había desaparecido y no tenía noticias suyas desde hacía varios días. Enseguida pensé que, si comenzaban a indagar, descubrirían a través de la chica de la recepción que Dios me había dejado un papel. Tenía que inventar una coartada. El comisario sacó una libreta y comenzó a tomar notas de mis respuestas —al menos eso creo— y al cabo de un rato me invitó a abandonar el despacho diciéndome que contactarían conmigo si necesitaban algo más o si tenían alguna novedad. Pensé que me estaba dando largas. Estaba equivocado. Salí de la comisaría y en la calle sentí un vacío como pocas veces en mi vida había sentido. Miré hacia arriba. La gente pasaba a mi alrededor con prisa. Algunos chocaron conmigo. No sé si se disculparon. El ruido estruendoso de la calle fue apagándose en mi cerebro. Miré hacia arriba. El cielo mostraba un color plomizo uniforme lleno de nubes que amenazaban lluvia. Me eché a llorar.



Foto de Alex Conchillos en Pexels.


En Mérida a 26 de junio de 2022.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

https://encabecera.blogspot.com.es/