El juicio de Dios (xi).



Entonces Dios decidió retirarse. Después de haber recibido las innumerables demandas, todas ellas aceptadas a trámite, y muchas acusaciones entregadas como misivas dirigidas a él, Dios se marchó. Desapareció. Recuerdo perfectamente la mañana. Bajé a desayunar, como siempre hacía, bien temprano. Dios solía estar ya en el comedor, esperando, sentado, tranquilo, impasible. A veces me lo encontraba con algún camarero que estaba charlando animosamente con él. Dios sonreía, aunque su rictus permanecía casi siempre serio, recuerdo perfectamente su sonrisa, aparecía cuando alguien se le acercaba a charlar acerca de cualquier tema o cuando un niño correteaba a su alrededor y quería agarrarle la barba. Pero aquella mañana Dios no estaba sentado en su silla habitual. No le di demasiada importancia, la verdad. Aunque era la primera vez que ocurría, al principio pensé casi emocionado que había averiguado la hora a la que bajaba. Por fin me había adelantado. Fue un pensamiento absurdo, pero me hizo cierta ilusión porque esa sería la primera vez que él no me tendría que esperar para el desayuno. Me senté, cogí un periódico y me puse a leer las noticias. Como venía ocurriendo en los últimos tiempos Dios acaparaba muchos titulares. Pensé que era difícil que una persona, incluso que un dios, pudiera estar presente en tantas noticias, pero así venía ocurriendo. Daba igual el contenido, siempre terminaba apareciendo de una u otra forma, por referencias, directamente, vinculado a alguna petición, involucrado en algún ruego, reclamado ante algún problema. Daba igual, siempre aparecía. El tiempo fue pasando y terminé el periódico. Mi café estaba helado. La tostada fría. Ya no tenía apetito. Y Dios no bajaba. Por un instante tuve una extraña sensación. Pensé que tal vez le había ocurrido algo y me levanté como una exhalación para dirigirme al mostrador de la recepción donde una chica muy amable me atendió con un «Qué desea…» que apenas dejé terminar: «¿Has visto esta mañana a Dios?». La pregunta no le sorprendió por más que pueda resultar extraña para cualquier persona, peo en el hotel todo el personal se había acostumbrado a su presencia y podríamos decir que Dios era tratado como un huésped más, con algunos matices, sin duda, pero era normal referirse a él como Dios. La chica me miró un tanto extrañada ante mi ímpetu y me dijo que ella acababa de empezar el turno y que su compañero, el que había hecho la noche, se había marchado hacía un rato. En cualquier caso, supongo que, por deformación profesional, miró en el mostrador en busca de algún tipo de nota y después en el casillero de la habitación de Dios —como se puede comprender fácilmente no necesitó preguntarme el número— donde encontró la llave y un papel doblado con mi nombre escrito. Me lo tendió y, al principio, no quise recogerlo. Era la primera vez, al menos hasta donde yo sé, que escribía algo y estaba dirigido a mí. Dios siempre había rechazado cualquier propuesta que le hiciese tener que coger un bolígrafo y escribir sobre un papel. Rechazaba autografiar libretas, camisetas, libros, cualquier cosa que la gente le ponía para que la firmase era de forma sistemática repelido por Dios. Hubo algunas personas que le acusaron de desagradable, maleducado, altivo incluso, pero él siguió en sus trece y no quiso firmar ni escribir nunca nada. Un día en una entrevista le preguntaron que por qué no quería firmar autógrafos. El guardó silencio durante un instante. Yo asumí que iba a decir que no sabía escribir, ese era un pensamiento que había tenido en algunas ocasiones ante su comportamiento frente al lápiz y papel, pero su respuesta me dejó anonadado y creo que al entrevistador, pese a sus tablas, también. Le dijo que no quería que nadie especulase con su nombre, y no le faltaba razón. De todos es sabido que mucha gente se dedica a vender autógrafos de gente conocida, libros, prendas… y que existe un mercadeo bastante lucrativo asociado a estos fanatismos, en ocasiones cargados de fetichismo. El entrevistador asintió complacido con la respuesta, incluso quiero recordar que la tildó de responsable y prosiguieron la conversación sin darle mayor importancia. 


Ahora estaba yo allí, en la recepción del hotel en el que Dios y yo vivíamos desde hacía algunos meses, con un papel doblado con mi nombre en el pliegue que había sido escrito por el mismo Dios. Lo desdoblé y solo encontré una palabra: «Espérame», además de la firma de Dios. No me hacía falta dedicarle mucho tiempo al papel para recordar lo que ahí estaba escrito, sin embargo, estuve cerca de una hora mirándolo, leyéndolo y releyéndolo. Lo sé porque así me lo indicó la recepcionista, seguramente preocupada por lo que pudiera haber escrito en el papel y por mi reacción. «No pasa nada», le dije, «Solo me dice que le espere», le revelé como si de un secreto se tratase, sin que hubiese llegado a preguntarme qué ponía, «Solo eso», finalicé la conversación dándole la espalda y dirigiéndome a uno de los sillones de la entrada. 


Que le esperase, eso me indicaba, que le esperase, solo eso. Me resultaba tan ambiguo, tan parco, tan escueto… No sabía a qué se podía referir, no sabía cuánto tiempo debía esperar, ni dónde debía hacerlo. ¿Era una mañana, un día, una semana? ¿Tenía que esperarle allí, en la recepción?, ¿sentado?, ¿de pie? Hasta ese momento no me había planteado mi dependencia de él. Era grande, excesivamente grande, terriblemente grande, tenía la sensación de estar bloqueado, de necesitar su auxilio, su guía. Nunca, esto puedo asegurarlo y deben creerme, tuve la sensación de que Dios fomentase esa dependencia, sin embargo, aquel mensaje me reveló que, de algún modo, Dios había penetrado en mi mente, en mi alma, no sé, donde fuera, de modo que su ausencia —y solo llevaba unas pocas horas sin él— y, sobre todo, la confirmación de que no iba a estar conmigo durante algún tiempo indeterminado, me producía una profunda angustia, una desazón que me hacía quererle, desearle como nunca antes había deseado nada o nadie. En ese preciso momento fui consciente de que necesitaba a Dios.






Foto de origen desconocido de internet.


En Mérida a 12 de junio de 2022.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

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