Al terminar la entrevista, a pesar del cansancio, rechazamos el coche que nos ofreció la productora. Resolvimos, bueno, Dios resolvió, volver andando. Nuestra casa estaba lejos, pero no tuve muchas opciones en la decisión. Estuvimos caminando durante un buen rato, no sabría precisar cuánto, pero recuerdo con mucha claridad que cuando llegamos a casa estaba bastante cansado, no tanto por la caminata, sino por las interrupciones de la gente que prácticamente no nos dejaba avanzar. Debíamos detenernos a cada paso para intentar ofrecer una respuesta a lo que cada persona nos pedía. Como es fácil imaginar, en realidad las peticiones siempre iban dirigidas a Dios, yo me limitaba a intentar contener como buenamente podía a quienes se acercaban. Le pregunté varias veces —cuando me hacía un hueco entre la muchedumbre— que por qué no íbamos por otro sitio, como hacíamos en otras ocasiones, y dejábamos el centro de la ciudad donde estábamos tan expuestos al gentío. No me contestó, pero al final, frente a mi insistencia me dijo sin responder a mi pregunta: «Mira a tu alrededor y dime qué ves». Miré y prácticamente todo lo que veía en cada escaparate, en cada pared eran imágenes de Dios, logotipos, fotos, serigrafías, incluso algunos paquetes de tabaco llevaban su imagen. Dios estaba por todas partes. Había carteles divulgando sus próximas entrevistas, había anuncios que intercalaban imágenes de Dios entre todo tipo de productos, cada cual con su mensaje que siempre incluía alguna referencia a Dios, explicando las bondades de lo anunciado gracias a Dios. «Con estas zapatillas correrás más» y la imagen de Dios; «Bebe agua de Dios», con un logotipo con la silueta de Dios, «Balneario divino» y una foto de Dios… Había de todo, absolutamente de todo. Su imagen era libre y cualquiera podía utilizarla y cualquiera la utilizaba. Él, como podrán sospechar, no había hecho ninguno de esos anuncios por más que muchas agencias de publicidad se habían puesto en contacto con nosotros para intentar convencernos de que participásemos en alguna campaña. Dios siempre se negó, pero cuando le preguntaban si podían usar su imagen, siempre contestaba afirmativamente, así que eran muy numerosas las tomas que hacían de Dios mientras caminaba, mientras comía, mientras hablaba. En fin, siempre estaba rodeado de fotógrafos, cámaras y, por supuesto de gente. Su fama había crecido exponencialmente. Creo que precisamente era eso lo que buscaba: estar presente en todos sitios. Y lo consiguió, vaya si lo consiguió. Se había vuelto el personaje más popular de la Tierra. Habían surgido, eso sí, muchos imitadores de Dios que pretendían ser auténticos dioses y que juraban y perjuraban tener poderes, no como el falso dios que Dios pretendía ser, según le acusaban. Todos querían acaparar la atención del público, pero por alguna extraña suerte de casualidad —nunca llegué a entender cómo pudo suceder esto— ninguno fue capaz de convencer a la gente como Dios lo había logrado. Tal vez fue el hecho de que todos ellos aseguraban poder obrar milagros maravillosos, así que cuando algún medio les daba pábulo y no lograban demostrar esas capacidades, la expectación —por no llamarlo fe— suscitada en los potenciales creyentes caía en picado y pasaban a la más absoluta inopia mediática que era lo mismo que decir que desaparecían. Resultó curioso comprobar cómo surgieron también personajes que decían ser el diablo, el mal, el demonio…, nunca convinieron un único nombre. No fueron pocos los que aparecieron y dijeron ser la antítesis de Dios, incluso se atrevieron a enfrentarse a él públicamente retándole a obrar maravillas, maravillas que, por cierto, ellos nunca lograron hacer, con lo que, al igual que sus imitadores, perdieron credibilidad. Dios sencillamente los ignoraba, incluso a veces los ridiculizaba, pero ellos, ávidos de fama, repetían una y otra vez retahílas absurdas con las que querían maldecir a Dios y a quienes creyesen en él, que a esas alturas eran muchos, se contaban ya por millones. Pero Dios, como digo, los ignoraba, incluso lo hacía abiertamente y en público con lo que básicamente consiguió que su presencia fuese irrelevante, aunque debo reconocer que algunos consiguieron, en lo que a su apariencia física se refiere, con el uso de tatuajes, colgantes, pendientes y todo tipo de orfebrería incrustada en el cuerpo, un aspecto terrible que resultaba aterrador y a veces grotesco.
Tras la aciaga entrevista, a la mañana siguiente, nos encontramos con la que sería la primera demanda contra Dios. Las portadas de los medios de comunicación se hicieron eco enseguida, por lo que era fácil deducir que fue una acción planificada con cierta antelación y que la citada entrevista no fue más que una excusa absurda como podía haber sido cualquier otra. El objeto de la demanda era sencillamente una acusación de suplantación de identidad contra Dios. El texto venía a decir que Dios no podía ser dios si no demostraba serlo y que se estaba valiendo de esa usurpación para obtener beneficios ilícitos. Confieso que al principio no podía creer lo que estaba leyendo, me pareció una tomadura de pelo. Después cuando me senté frente a Dios y le puse delante el sobre con la demanda y me preguntó que de qué se trataba, la duda se instaló en mi cerebro. Ya he dicho en alguna ocasión que nunca tuve la sensación de que mi amigo, mi compañero, Dios, hiciese ostentación de poder o de sabiduría. Siempre pensé que era especial, pero especial no al modo en que todas las personas lo son, resultaba diferente, pero nunca consideré la posibilidad de que todo fuera un engaño. Sin embargo, este escrito cuestionaba la veracidad del personaje que era —o representaba— Dios. «Vamos a tener que contratar un abogado», le dije. «No te preocupes», me contestó, cogió el sobre y sin abrirlo lo tiró a la papelera.
En realidad, esta primera demanda no fue más que el principio de algo mucho mayor y de mayor calado que trascendió a toda la humanidad y a la historia de la humanidad. A partir de esa primera demanda que fue estimada se sucedieron otras, muchas otras. Eran demandas interpuestas por personas a título individual o por asociaciones en las que se acusaba a Dios de numerosos hechos supuestamente delictivos. Le acusaron de dejar morir a padres, madres, hijos, abuelos, hermanos…, a pesar de que los demandantes aseguraron haberle rogado y suplicado en infinidad de oraciones que salvasen a sus familiares respectivos. Acusaban a Dios de abandono, de omisión del deber de socorro. Llegaron innumerables escritos de acusación por estos motivos. También llegaron demandas en las que se acusaba a Dios de no haber hecho nada para evitar las guerras presentes e incluso pasadas, le acusaban de no haber actuado frente a los desastres climatológicos, frente al hambre, frente al terrorismo, en definitiva, de no haber impedido toda clase de males que afectasen a individuos o colectivos de cualquier clase o raza y que pudieron ser evitados gracias a su supuesta omnipotencia divina. Incluso demandaron a Dios grupos de ateos acusándole de haberles hecho perder gran parte de su vida al no haberse manifestado y, consecuentemente, haberles provocado graves perjuicios psicológicos… Todas las demandas fueron aceptadas. Dios sería juzgado por los hombres. El juicio de Dios había dado comienzo.
Foto de Ekaterina Bolovtsova en Pexels.
En Madrid a 28 de mayo de 2022.
Rubén Cabecera Soriano.
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