El juicio de Dios (ix).




 —La vida nunca fue fácil, ni lo será.


Así comenzó Dios una entrevista que supuso otro cambio importante en el devenir de los acontecimientos, cuando la presentadora, una mujer de mediana edad, de muy buen ver y con una cuota de medios de comunicación que la convertía en una persona tan famosa, o más si cabe, que mi amigo Dios, lo presentó frente a la pantalla invitándole a arrancar el programa con la frase que desease. Ambos estaban de pie frente a las cámaras. Había unos sillones tras ellos a los que se dirigirían tras la breve entrada. Ella le miraba, pero él dirigía su vista hacia el público presente, bastante numeroso. Ella gesticuló ante la afirmación y tras un instante de duda en la que, estoy seguro, alguien le dijo la frase siguiente por el pinganillo que tenía sujeto en el lado no visible de su rostro, le contravino:


—¿Entonces para qué ha venido?


Era una simple pregunta, directa, sin contradicciones aparentes cuya respuesta podría haber sido evasiva, extendida, concisa, cualquier posible solución de compromiso políticamente correcta habría servido de modo más que suficiente. Sin embargo, Dios retuvo la respuesta. Creó un momento de tensión, creo que por aquel entonces se estaba haciendo con el control de los tiempos y pausas en los medios de comunicación. Sabía generar expectación y provocar curiosidad. En eso era realmente bueno. 


—He venido para estar con vosotros.


La gente escuchó aquella respuesta y se desinfló. Literalmente. Todos querían recibir una buena nueva, una noticia que respondiese a sus inquietudes. Una respuesta que sirviese para paliar sus dolores, sus sufrimientos, sus penas. Una respuesta que alimentase su esperanza. Una respuesta que confirmase que su aparición repentina, inopinada, ausente de fanfarrias y trompetas, terminaría con el hambre, con la miseria, con las guerras, con las enfermedades, con aquello que la gente desea evitar en lo más profundo de su ser y contra lo que la humanidad lleva luchando, sumida en un profundo conflicto de intereses egoístas y espurios frente a quienes se valen de su poder para someter a la mayoría contradiciendo los valores y derechos más elementales de cualquier sociedad que haya existido y pueda existir en la faz de la Tierra. Pero no, Dios no dijo eso, solo dijo que quería estar con nosotros. La presentadora se le quedó mirando fijamente. Sonrió. Debieron pasar por su cabeza cientos de frases, miles tal vez, pero supongo que la sensación que aplastaba su mente era la de la decepción. Entonces con el disimulo que solo dan las tablas, se quitó el auricular y lo ocultó en su puño apretándolo como si quisiese reventarlo para aliviar su desilusión, su desengaño. 


—Ya estás con nosotros, ¿no es así? —fue su respuesta—. Y ahora qué —prosiguió frunciendo el ceño sin formular la frase como si de una pregunta se tratase.


Dios contuvo la respiración, creo que sabía antes de responder que la gente necesitaba otro tipo de respuesta, que lo que había expresado resultaba demasiado vacuo para los expectantes consumidores de grandilocuentes titulares con noticias increíbles, asombrosas por más que fuesen bulos, falsedades o calumnias. Dios no resultaba interesante. La gente comprendió que no iba a hacer milagros, que no mostraría maravillas, que no resolvería los problemas que la ciencia aún no había resuelto, que no le regalaría nada a la humanidad. 


—Sí, así es. Estoy con vosotros solo para estar con vosotros.


Yo estaba sentado en la primera fila del público presente cuando oí la frase de Dios. Estaba en una zona reservada para gente con cierta importancia —por más que yo no la tuviese como procuré hacérselo ver al regidor que, negando con la cabeza, me sentó en aquella silla que más bien parecía una poltrona—. Me removí en mi asiento incómodo porque fui consciente de que esa oración se convertiría en la máxima que determinaría el futuro de Dios entre nosotros. Acababa de cavar su propia tumba, como suele decirse. El mismo regidor que me había colocado allí, alzando los brazos con grandes aspavientos comenzó a hacerle signos a la presentadora para que cortase la entrevista y diera paso a la publicidad. Estaba justo delante de mí y no me permitía ver bien el plató. De repente se giró y me miró con una rabia contenida que no alcancé a comprender. «¿Qué coño hace este tío?», me preguntó. Yo me encogí de hombros y señalé a Dios intentándole hacer ver que la entrevista era con él y no conmigo. «Puta mierda», masculló sin intención alguna de que no lo oyese.


—Sentémonos —le invitó la presentadora sin que el corte publicitario pudiese darse—. Dices que eres Dios, ¿por qué hemos de creerte?


Llegaron a sus asientos. Eran de un color azul intenso. Parecido al color de los ojos de ella.


—Soy Dios, así es. Pero no tienes por qué creerme…


El regidor se volvió de nuevo hacia mí: «Este hijo de puta se quiere cargar el programa…». Yo me hice el sordo, no quise responder a su comentario. Tampoco lo entendía. Ya se habían producido muchas entrevistas con Dios y ninguna fue, digamos, un espectáculo. Nunca había hecho milagros, por más que se lo hubiesen pedido, ni mostrado dotes de adivinación frente a preguntas capciosas. La verdad es que nunca fueron entrevistas especialmente sugerentes a pesar de que siempre intentaran provocarle. Pero la gente seguía queriendo ver en Dios a dios y eso era suficiente. Lo que estaba aconteciendo allí no era muy diferente de lo que había sucedido anteriormente. Tal vez el matiz estaba en que en esta ocasión Dios se había quitado, por decirlo de algún modo, sus atribuciones divinas, aunque yo no lo vi tan claro, mientras que hasta entonces siempre había existido ese halo de divinidad a su alrededor por más que nada extraordinario, sorprendente o increíble hubiera sucedido en torno a él.


—Pero, Dios —interrumpió la presentadora—, entenderá usted que la gente necesita creer. La gente necesita esperanza, fe, algo o alguien que pueda ofrecerle respuestas a las preguntas que no puede responder nuestro conocimiento y que, aunque no sean racionales sirvan para calmar nuestra angustia por el devenir. Necesitamos consuelo, cariño, sosiego, necesitamos aquello que, entre nosotros, muchas veces no somos capaces de darnos. Necesitamos esas respuestas y por eso queremos creer en ti, si me permite que le tutee.


—Claro que sí puede… Esas respuestas que todo el mundo busca no son concretas. Yo no soy esas respuestas. No las tengo para ofrecerlas. Yo soy el camino para alcanzarlas. Quien quiera esas respuestas las podrá encontrar en mí sin poder comprenderlas. Y esa es la fe.


—No sé si te entiendo bien… Entonces, ¿existen esas respuestas?


—Claro que existen. 


—Pero no las tienes.


—Las tenéis vosotros.


La presentadora comenzó a mostrar signos de nerviosismo: 


—¿Sabes? Nunca me gustaron las adivinanzas ni los juegos de palabras. Supongo que debe ser algún trauma infantil que arrastro desde mi infancia —dijo la presentadora sonriendo artificialmente—. Dios, me gustaría que fueras más claro, si no te importa. Si yo te pregunto si existe vida después de la muerte, ¿qué me respondes? Si yo te pregunto si habrá más guerras, si el hambre desaparecerá, si encontraremos la cura para el cáncer…, en fin, si te digo si sabes cuándo moriré. ¿Tienes esas respuestas o no?


—Si las sé o no las sé poco importa…


—Me importa a mí —interrumpió ella removiéndose en el asiento— y a la gente que nos escucha. A todo el mundo le importan estas preguntas.


—No es cierto… Inquieta no saber las respuestas, angustia el desconocimiento, pero no es necesario conocerlas para vivir. Y eso es lo importante, vivir y asegurar la vida. Muchas de esas respuestas se conocerán, otras se conocieron a pesar de que eran desconocidas y otras más nunca podrán responderse. Pero su conocimiento no asegura la vida. Cuando seamos conscientes de esto, seremos verdaderamente libres.

 




Foto de Caleb Oquendo en Pexels.


En Plasencia a 15 de mayo de 2022.

Rubén Cabecera Soriano.

@EnCabecera

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