La escena del abrazo a la niña, lo reconozco, fue enternecedora, aunque entonces no entendí qué podría llegar a implicar. Algunos han dicho que fue una pregunta preparada, que la niña no actuó motu proprio y que alguien la aleccionó para que se acercase a Dios y le lanzase la frase a bocajarro. La verdad es que no lo sé, sin embargo, sí que pude comprobar como los medios se hicieron eco de la reacción de Dios y su aparente impotencia a la hora de responder la pregunta de la niña. Si Dios era realmente dios —esa es una duda que aún hoy me consume— seguramente ya sabía que esa niña se le acercaría, sabría también que el suceso estaría preparado, con toda su carga dramática, incluso podría haber hecho cualquier cosa para evitarlo si así lo hubiese deseado. Sin embargo, no lo evitó y no ofreció ninguna respuesta. Sostuvo la mirada de la niña durante un instante y la envolvió con todo su ser. Yo pienso que no fue algo premeditado. Y de haberlo sido, también Dios habría estado involucrado. Desde luego fue muy convincente, al menos para mí. Y en mi humilde opinión creo también lo fue para los que allí estábamos presentes. Como decía, tuve la sensación de que un profundo silencio nos envolvió a todos y me pareció que todos pudimos oír como la niña preguntaba incrédula por qué él, Dios, dios, había permitido que su madre muriese. Con todo lo que llevaba vivido junto a él, que ya era mucho, aunque aún quedaba mucho por llegar, pienso que en ese instante se mostró más humano que nunca, más cercano, afectuoso, conmovido por el dolor y la incredulidad de la niña, por su inocencia. Por eso tengo la sensación de que no fue algo premeditado, de que no fue un montaje. Y por eso consideré en aquel momento que Dios no era en realidad dios, aunque enseguida también concluí que no conocía nada que impidiese a Dios ser sensible, afectuoso, comprensible y emocional, y que no por ser dios debía ser frío, distante y ajeno a los sentimientos de los demás. La realidad es que la duda no me abandonó durante todo el tiempo que acompañé a Dios y, a pesar de ello, nunca dejé de tener fe en él. Sé que es algo complicado de entender, sé que parece alejarse de lo que un creyente al uso considera. Tal vez debería confesar que nunca había sido muy creyente, que nunca me movió demasiado la religión, ninguna religión. Fui bautizado, sí, pero eso no significó nada para mí. De hecho, tras años en el mar, me di cuenta de que lo más cercano a dios que nunca había visto era la naturaleza, el propio mar: con mi primer viaje fui consciente de su grandeza, de su absoluta potestad y su omnipresencia, vi como era capaz de decidir sobre nuestro futuro sin que nada, ni nadie pudiese hacer cambiar su juicio. Podíamos rezarle, pedirle, implorarle, pero sus decisiones eran irrevocables —y en ocasiones fatales— y ni el más pío de los marineros alcanzaba a entender sus motivaciones. Sin embargo, Dios no era así. Era un ser muy humano, cercano cuando quería, pero extraño e incomprensible en ocasiones. A su alrededor sucedían cosas extraordinarias, pero no me atrevería a llamarlas milagros. No, no creo que lo fueran, aunque tampoco eran acontecimientos usuales. A su alrededor todo resultaba extraño en cierto sentido que no sé muy bien aclarar, pero no era asombroso. Tal vez quería pasar desapercibido, tal vez quería mostrarse parecido a nosotros. No lo sé, nunca lo supe y no creo que nunca llegue a saberlo. De lo que estoy absolutamente convencido es del cambio que supuso la aparición de aquella niña en la vida de Dios y, en cierto modo, también en mi vida.
Aquel día, en cuanto regresamos al hotel, Dios me llamó a su cuarto. No era algo habitual, aunque realmente no me extrañó porque el día había sido complicado, sobre todo para mí porque me tocó bregar con los medios de comunicación, a raíz del encuentro con la niña —me había convertido en una suerte de jefe de prensa de Dios—. Supuse que me diría que no iba a bajar a cenar. Me acerque a su habitación. Llamé a la puerta. Me invitó a entrar. Estaba en pijama. Descalzo. Sus pies eran huesudos. No sé por qué me fijé en eso. Me dijo que preparase la maleta, que al día siguiente nos marcharíamos del hotel, que vendrían a por nosotros, que todo se iba a complicar, que debía confiar en él, pero que nunca me obligaría a hacer algo que no me convenciese, algo en lo que no creyese. Hasta aquel momento, desde que desembarqué con él, nunca había tenido la necesidad de plantearme si confiaba o no en él. No era algo que me hubiera preocupado. En realidad, ni siquiera me había planteado seriamente por qué le había seguido. Pienso que en aquel momento no tenía nada mejor que hacer. Ahora, no creo que la desidia fuese lo que me movió a seguirle, aunque tampoco tengo muy claro qué me motivó. El caso es que le seguí y cuando aquella noche me planteó que confiara en él, me sentí incómodo, extraño, como si me estuviesen pidiendo un sacrificio que no estaba dispuesto a hacer por más que no tuviese ninguna alternativa mejor —y doy por hecho que no la tenía—. No fue una situación cómoda, no, lo confieso, aunque reconozco que fue pasajera y al instante, tras mirarle en silencio, decidí que sí confiaba en él. Asentí y regresé a mi habitación para preparar la maleta.
Foto de Serap Ezgi en Pexels (editada).
En Mérida a 19 de marzo de 2022.
Rubén Cabecera Soriano.
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