Todo transcurrió muy rápido, demasiado. Los siguientes días provocaron un revuelo que fue congregando en la ciudad a los más grandes dignatarios del mundo entero. Llegaron poco a poco y todos quisieron conocer a Dios. Nosotros nos quedamos en un pequeño hotel en las afueras tras rechazar el ofrecimiento del alcalde que quiso que nos hospedásemos en un hotel de lujo de la ciudad. En cualquier caso, nos indicó que todos los gastos estarían cubiertos. Yo nunca había estado en un hotel. Para mí fue toda una sorpresa. Dios parecía impasible. No le importaba lo más mínimo, al menos esa era mi impresión. Salíamos cada día a caminar por la ciudad y poco a poco la gente fue reconociéndonos. En realidad, era a él a quien reconocían. Yo pasaba por ser una suerte de criado o asistente. Todos los que se acercaban querían tocarle, hablarle, pero, sobre todo, pedirle. Todos querían pedirle cosas, le agarraban del jersey, de la camisa, de los pantalones, de lo que llevase puesto ese día y tiraban de él para acercárselo y mendigarle sus deseos. Él continuaba caminando sin atender a nadie, arrastrándose entre la multitud, sin reprochar nada a ninguno de los que le zarandeaban. A media mañana llegábamos al parque. Los primeros días el camino duraba solo unos minutos, pero conforme pasaba el tiempo, nos costaba más y más llegar. Era un paseo corto, pero a mí se me eternizaba. Algunos, al comprobar que yo siempre iba con él acompañándole comenzaron a tirar de mí y me pedían que escuchase sus peticiones. Diligentemente procuré anotar en una libreta que me había dado Dios, y que no sabía de dónde había sacado, estas peticiones con el nombre de cada cual, pero poco a poco el listado fue creciendo a tal ritmo que en la libreta que me acababa de dar Dios ya no cabía una palabra más y no pude seguir malescribiendo. Digo malescribiendo porque nunca se me dio especialmente bien la escritura y porque entre en cúmulo de personas que nos rodeaba y nos sacudía no era fácil ir anotando nombres y apellidos junto con las peticiones de cada uno. Ese mismo día, cuando regresamos al hotel, en su habitación, intenté pasarle lo que había anotado. Dios me miró extrañado y sonriendo me dijo que la libreta no era para anotar deseos sino acusaciones. La verdad es que no entendí muy bien qué quería decir. La mayor parte de las veces lo que me contaba me sonaba muy críptico, apenas alcanzaba a entender su significado, aunque normalmente yo asentía complaciente y él sonreía condescendiente. A la mañana siguiente tenía una libreta nueva en la puerta de mi habitación, en el suelo, la cogí y bajé a desayunar. Él estaba esperando en la mesa con un café en la mano y cuando me vio con la libreta la señaló y me dijo que ahí debería escribir sus pecados. Yo hice una mueca y pensé que si realmente era Dios cómo iba a haber cometido pecados. Resultaba extraño, pero no le presté mayor atención. Cogí mi taza, me serví un café y tosté un trozo de pan. Tenía el estómago vacío.
Las jornadas resultaban extenuantes. Cada día el recorrido se hacía más difícil y en el parque, cuando llegábamos la gente se agolpaba a nuestro alrededor para escuchar lo que Dios tenía que decir. Al principio sus palabras me resultaban interesantes, todo eran cuentos, parábolas, fábulas y leyendas. Al menos así me sonaban a mí. Reconozco que eran entretenidas y también reconozco que Dios era un gran orador. Sabía mantener la atención y aunque no hay grabaciones de esos días, puedo asegurar que la gente lo escuchaba ensimismada. No perdían el hilo y él mantenía en vilo y atentos a todos sus espectadores. Puedo asegurar que era el rato más agradable de todo el día porque el silencio se apoderaba del parque y solo se quebraba con las palabras de Dios que resonaban en todo el recinto graves, sutiles o amables según la entonación que quisiera darles.
Recuerdo de estos días que un señor, tras finalizar Dios una parábola, se nos presentó como un productor de cine y le ofreció un papel de protagonista en una película que trataba el tema de la religión. Él rechazó la oferta a pesar de que era una cuantía suculenta. Otro le ofreció asistir a un programa de televisión de máxima audiencia. También lo rechazó. Pienso que Dios sabía que antes o después tendría que afrontar la realidad que imponían los medios de comunicación, pero creo que prefería mantenerse al margen por más que su imagen iba apareciendo poco a poco en todos los canales de televisión y en todos los periódicos. Muchos artículos fueron apareciendo que contaban medias verdades e invenciones acerca de su persona. Mentían, en general mentían. De hecho, se inventaban historias inverosímiles sobre él, sobre su pasado, sobre su futuro, sobre los milagros que estaba haciendo en su nueva venida… La realidad es que yo nunca le vi hacer un milagro, aunque sí que hacía cosas que, a mis ojos, al menos, resultaban asombrosas. Comenzaron a salir pegatinas, camisetas, gorras con su nombre, con su imagen, con su silueta. Se estaba convirtiendo en un personaje muy conocido. La gente llegaba a la ciudad en masa para verle. Tuvieron que trasladarnos a un nuevo hotel —yo hubiera dicho que se trataba de una cárcel— que los cuerpos de seguridad podían controlar mejor y que nos permitía disfrutar de cierta tranquilidad al final del día. El alcalde venía a vernos todas las noches y se sentaba con nosotros mientras cenábamos. No hacía absolutamente nada excepto mirarle y preguntarle si necesitaba algo. Dios, al principio, le devolvía la mirada y le decía que no había nada que pudiera necesitar y que él pudiera darle. Al poco tiempo Dios ya ni siquiera lo miraba. A pesar de todo, el alcalde no faltaba a su cita nocturna con nosotros, bueno, con Dios. Poco a poco se fueron uniendo a las cenas más gente. Eran todos esos dignatarios que fueron llegando, seguramente invitados por el alcalde, hasta que llegó un momento en que Dios, algo cansado —aunque esta es una valoración personal—, les pidió con suma amabilidad que le dejasen cierta intimidad por las noches para poder planificar su labor. Nadie discutió su petición. Todos asintieron sin rechistar y puedo asegurar que entre los que le escucharon había gente realmente importante, con mucho poder.
Sin embargo, lo que parecía haberse convertido en una rutina que ya nos llevaba más de un mes, un día se transformó en algo totalmente inesperado, al menos para mí. Una niña se acercó a nosotros traspasando el cordón policial que nos ayudaba a llegar al parque cada día y sujetándose a los pantalones de Dios le preguntó: «¿Por qué dejaste que se muriese mi madre?». Recuerdo el momento como si hubiese sido hoy mismo. Tengo la sensación de que todo el mundo estaba en silencio y que todos pudieron escuchar la pregunta. También recuerdo la reacción de Dios. La miró con ojos temblorosos, visiblemente emocionado. Se agachó y la abrazó. Entonces todo cambió.
Foto de Luis Quintero en Pexels.
En Mérida a 6 de marzo de 2022.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera
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