domingo, 6 de octubre de 2019
Las iglesias quemadas por Franco.
Qué importante es la enseñanza
de la historia, adquirir los conocimientos necesarios para que nadie pueda
tergiversarla frente a otros, alcanzar entre todos el compromiso firme de que
todos —disculpad la necesaria redundancia—, absolutamente todos, reciban una
formación idéntica, aséptica y veraz de la misma. Y qué peligrosa es la incultura,
la ausencia de criterio sobrevenida por la falta de conocimiento que envilece a
las personas y las aboca al borreguismo de la caterva que se deja guiar
como puercos de piara en busca del manjar exquisito que no saben que nunca alcanzarán,
aunque el que les ha mentido, porquerizo en el sentido más despectivo posible,
sí sepa que tras su falsedad solo hay vacuidad y virulentas intenciones.
Y es trascendental el conocimiento
de la historia porque conocerla evita la manipulación, evita que quienes no la recibieron
caigan en el engaño de quienes la alteran para su propio beneficio, siendo su culpa
más vil, si cabe, pues lo hacen desde la sabiduría, desde la comprensión de la verdadera
historia, con lo que solo buscan la condescendencia del inculto, de aquel que
quiere escuchar lo que el mentiroso le dice y se lo cree a pies juntillas porque
mentiroso y mentido solo desean encontrar un argumento para incrementar la
confrontación y aliviar su desazón con otros que piensan distinto que ellos. No
hay mayor ruindad que la del culto que miente al inculto para que confíe en su
palabra porque sabe que será fiel valedor de lo que le diga y sus oídos se
taparán frente a lo que otros le cuenten, por más que puedan demostrarlo fehacientemente.
Qué estúpida —en la primera acepción
recogida por la RAE— fue la presidenta de la Comunidad de Madrid, Díaz Ayuso, con
su aseveración «¿Qué será lo siguiente? ¿La cruz del Valle? ¿Todo el Valle?
¿Las parroquias del barrio arderán como en el 36?» al referirse a la exhumación
de Franco. Cómo pudo ser tan pueril y al mismo tiempo tan irresponsable soltando
esa frase en un país aún dividido por la última guerra civil que sufrimos. Y qué
idiota —también en la primera acepción recogida por la RAE— fue su socio de
gobierno, Ignacio Aguado, por su connivencia con Ayuso al decir que «Lo que
también es una certeza y una realidad es que este Gobierno regional va a hacer
todo lo posible para que no vuelvan a arder en 2019 como consecuencia de que
haya alguien que quiera imponer su ideología sobre otras».
Qué imbécil —en la primera acepción
recogida por la RAE— fue el señor Ortega Smith al afirmar sin dejar réplica a
su entrevistador que las conocidas como Trece Rosas se dedicaban a «torturar,
violar y asesinar vilmente», cómo podrían haberlo hecho si estaban encarceladas
y fueron asesinadas en juicio sumario junto a otros muchos como venganza por el
asesinato de un comandante de la Guardia Civil junto a su chófer e hija —el uso
duplicado de la palabra asesinato es intencionado porque unos y otros lo
ejercitaron durante la guerra—. ¿Acaso este hipócrita —también en la primera acepción
recogida por la RAE— solo habla para aquellos que desean oír esas falsedades
porque las necesitan para justificarse?
Qué gilipollas —en la única acepción
recogida por la RAE— fue Rita Maestre al penetrar en la capilla de la
Complutense de Madrid gritando su proclama junto a otros de “Arderéis como en
el 36”, cómo puede ser un personaje público con cargo político tan
impresentable y tan necio.
Me pregunto qué pasa por la mente de aquellos
que pueden llegar a quemar conventos, asesinar gente o bombardear pueblos
enteros, incluidas sus iglesias, sus escuelas, sus casas y sus gentes. Pues hay
explicación, tristemente la hay por más que nos parezca inhumana e irracional,
y nos la cuenta la historia, así aconteció y esas respuestas, que existen,
aunque resulten dolorosas, deben ser contadas una y otra vez para que se graben
a fuego en la mente de todos y evitemos repetir esas atrocidades a las que, si
nos descuidamos, nos dirigimos indefectiblemente de nuevo. Acaso no vemos que
en el mal llamado en la actualidad «mundo global» los estados se están cerrando,
volviendo a una peligrosa autarquía como la que se vivió aquí en España, a base
de excusas convertidas en amenazas, aranceles y presiones para justificarse
ante los suyos. Acaso no nos damos cuenta de que quienes nos vendieron que el
comercio traería la paz, lo han transformado, por mor de dirigentes incompetentes,
tal vez locos, pero seguro que populistas, aunque sumamente poderosos, en el
arma más peligrosa al que la humanidad se ha enfrentado en las últimas décadas.
No vemos en esta actitud un casus belli de índole mundial que solo traerá
sufrimiento y desconsuelo, además de sangre. Parece que preferimos conservar nuestra
cómoda miopía trabando la vista ante la realidad porque seguimos obcecados en asumir
unos hechos que nunca fueron lo que nos cuentan.
A ver si de una vez nos enteramos y
asimilamos que la transición de 1978 no fue un acto de reconciliación, como
muchos, de uno y otro signo, se jactan en decir para justificar sus proclamas,
sino que fue un atragantamiento de sapos y ranas que todos hicieron para evitar
que los españoles se siguieran matando, porque, hete aquí, que en un acto de
responsabilidad, eso sí, aquellos políticos, que tenían cosas que ocultar,
entre los que se hallaban algunos competentes estadistas, que también tenían cosas
que ocultar, comprendieron que la sangre derramada había sido más que suficiente
y que la que podría derramarse aún, incluso después del fallecimiento del dictador
Franco, bien merecía el esfuerzo de llegar a un consenso, con un inestable,
pero inmejorable equilibrio en aquel momento que evitase mayores tragedias.
Hemos vivido desde entonces en la más absoluta inopia epistémica alimentada por
nuestros políticos estatales que querían hacernos ver que todo se había
terminado. Y no es así. Hay que conocerlo todo, absolutamente todo, hay que
contarlo todo, absolutamente todo, y no nos podemos permitir el lujo de olvidar
los horrores, le escueza a quien le escueza, porque si hubo vencidos y
vencedores sobre el tablero fue porque muchos murieron asesinados y tienen el
derecho de ser resarcidos sin enterrar su memoria bajo toneladas de tierra en
cunetas de caminos desconocidos, sean de donde sean, y es absolutamente
intolerable que el autoproclamado vencedor y autodenominado con semejante carga simbólica como —«Jefe nacional del
partido único subordinado al Estado, Falange Española Tradicionalista y de las
JONS, Generalísimo de los Ejércitos y Caudillo de España por la gracia de Dios»,
sea sólo responsable ante Dios y ante la Historia. Su responsabilidad es para
con los españoles y debe ser dirimida y como la suya la de todos aquellos que
quisieron hacer de su capa un sayo con el que exterminar a quienes pensaban de forma
distinta a ellos. No debemos dejar que el tiempo entierre la historia, es
nuestra obligación y responsabilidad evitarlo para impedir, por pueril que
suene, los males futuros.
Imagen: euskalkultura.eus, ruinas de la
iglesia de San Juan tras el bombardeo de Guernica.
En Mérida a 6 de octubre de 2019.
Francisco
Irreverente.