domingo, 7 de julio de 2019
El diablo es arquitecto. Parte v y final.
Me
sonrió, juro que me sonrió. No es que su rostro hubiese permanecido hierático
hasta ese instante ni que su cara no hubiese mostrado mohín alguno. Es más, me
atrevería a decir que su comportamiento podría describirse como histriónico, aunque
comprenderán que esa fue la primera vez que me encontré con él y eso no me
permite compararlo con su actuación, digamos, habitual. El caso es que sonrió y
yo, que pude observa su sonrisa, me estremecí. Pensé por un momento que ese
gesto que acababa de hacer, sostener esa maldita puerta con mi maldita mano
acaba de condenarme a permanecer en el limbo, el purgatorio o, tal vez en el
infierno por el resto de la eternidad. Pasaron por mi mente cientos, miles de
recuerdos de mis lecturas juveniles durante la que, lo confieso, profesaba un
interés casi enfermizo a los asuntos relacionados con el más allá. Supuse que
es inocente gesto supondría la entrega de mi alma. Había, sencillamente,
firmado una suerte de contrato con el diablo que me obligaría a penar por el
inframundo sufriendo torturas y penurias inconcebibles para un ser humano. En
eso se entretuvo mi mente durante el breve instante en el que percibí su mueca,
hasta que se dirigió a mí:
—No
debes creerte todo lo que lees —me dijo.
Aunque
en apariencia tranquilizadora, la frase sentenció mis nervios, ya de por sí,
bastante alterados en aquel instante. Balbuceé:
—¿Cómo?
—Vamos
a ver. ¿Quién crees que soy?
Imagino
que pensarán que, a esas alturas del encuentro, la frase resultaba un tanto improcedente
e incluso espuria.
—Bueno,
ehhh, el diablo, ¿no? —mi frase resultó ridícula cuando la escuché brotando de
mi boca como si de un absurdo e increíble bulo se tratase.
—Pues
claro. Ese mismo soy, pero ¿acaso mi piel es de color rojo?, ¿tengo rabo,
cuernos?, ¿llevo tridente?
—No
—respondí a la pregunta cuya respuesta era evidente.
—Pues
eso. No te creas todo lo que lees de mí.
Entonces
se hizo un silencio sobrecogedor cuando terminó de abrir la puerta para
invitarme a entrar en esa maravillosa sala, si es que era realmente una sala.
—Contémplalo
en silencio. Durante unos instantes. Nunca has visto nada igual.
Aquello
no tenía parangón. Nunca nadie había diseñado algo así y, por tanto, nunca nadie
lo había contemplado, al menos nadie lo había descrito. Tampoco yo podría
hacerlo. Tan solo puedo recordar que el espacio era sutil, amable, humano pese
a su magnificencia; no sé si aquello era interior o exterior, tal vea ambas
cosas. La luz lo invadía todo, en su justa medida, atenuándose o intensificándose
en el momento preciso y en el lugar apropiado, pero no pude encontrar su origen;
no sé si era el sol, la luna, el cielo o una infinidad de luminarias invisibles
a mis ojos. Me llamó la atención que estuviese vacío. No había nada, bien podría
haber sido un museo, en realidad eso fue lo primero que pensé, pero enseguida
se me ocurrió que sería un fantástico colegio, un extraordinario hospital o una
indescriptible casa. Todo allí era perfecto. Palpé y toqueteé todo lo que quedaba
a mi alcance mientras paseaba. La tectónica de la envolvente en la que me vi
inmerso parecía ajustarse a mis gustos de una forma que, ni tan siquiera yo
podría haber descrito antes de estar allí. Era como si todo lo que me
entusiasmaba desde un punto de vista arquitectónico, urbanístico o paisajístico
estuviera materializado en aquel lugar. De repente aquel entorno desapareció.
No sé cuánto estuve allí dentro, perdí la noción del tiempo. Luego él me diría
que había estado casi un día entero. No me lo creía, pero tampoco podía negarlo
con seguridad. Me vi en el mismo sitio en el que, instantes antes, al menos
para mí, había sostenido la puerta.
—¿Qué
te ha parecido?
Supongo
que mi silencio era elocuente, pero, aun así, respondí:
—Inenarrable,
pero maravilloso.
—Me
alegra que te haya gustado. Lo diseñé yo mismo.
Entonces
mis prejuicios y temores hacia él se atenuaron y se convirtieron en admiración.
—Ya
ves —me dijo— todo el mundo dice que Dios es el gran arquitecto del universo y
aquí me tienes a mí, sin reconocimiento de ningún tipo, pero, bueno, ya ves, trabajando
en lo que me gusta y haciendo todo lo que puedo.
Le
miré emocionado, absurdamente emocionado. Imagino que sentí lo mismo que alguno
de esos fanáticos seguidores de cantantes o actores que pelean por conseguir un
autógrafo o una foto de sus admirados personajes. Probablemente, de haber
tenido una libreta —y miren ustedes que siempre suelo llevar una encima—, hasta
yo mismo le habría pedido que la autografiase.
—Creo
que te comprendo.
Diría
que había surgido entre nosotros cierta conexión, tal vez compañerismo.
—Gracias.
La verdad es que es una gran satisfacción recibir cierto reconocimiento de vez
en cuando. ¿Sabes? Estás aquí porque yo siento algo parecido con lo que tú
haces.
Mi
cara de asombro debió ser todo un poema para él.
—Sí,
quiero decir, yo, que como ves no tengo cuernos, suelo pasear por la superficie
de la tierra y entro en edificios, y me subo a ascensores, y he visto algunos
de los que has diseñado y me han encantado.
Comencé
a sentirme ofendido, pensaba que se estaba quedando conmigo.
—No
me malinterpretes —me dijo constatando por enésima vez que, efectivamente, podía
leerme el pensamiento o algo así—. Tus creaciones son más modestas, pero magníficas,
útiles y realmente creativas.
—¿Debo
sentirme alagado?
—Claro
que sí. De hecho, quería pedirte algo. Quería que diseñaras un ascensor para mí.
Para ese espacio que acabas de contemplar.
—¿Perdón?
—Lo
que acabas de oír.
—Yo…
No creo que pueda. —Por mi mente volaban las imágenes que había intentado
retener durante mi visita y en ninguna cabía un ascensor—. Es imposible. Lo que
acabo de ver es, es… tan perfecto que cualquier cosa que pudiera meter ahí
dentro sería estropearlo. Te lo digo con franqueza.
—Suponía
que ibas a decirme eso. Lo entiendo. De verdad que lo entiendo. Solo quería compartir
ese espacio con la gente. Hacer que pudieran contemplarlo todos, todos los que
quisiesen.
—Es…
¿un ascensor para el mundo? —mi pregunta resultaba pueril, pero fue lo que me
vino a la cabeza.
—Sí.
—Pero…
tú se supones que eres el mal, ¿no? —«Venga, sigamos haciendo preguntas estúpidas»,
pensé.
—Bueno,
no te he dicho para qué quiero que baje la gente, ni creo que debas saberlo.
Me
asusté, realmente me asusté. Le pedí por favor que me dejase marchar disimulando
mi miedo con todo el aplomo que fui capaz de reunir. Que me había encantado la
visita y que le estaba muy agradecido por la propuesta, pero que no podía
aceptarla porque sería incapaz de llevarla a cabo. Me acompañó a la salida,
creo que iba triste, al menos eso me pareció. Evidentemente me habría perdido
de haber intentado salir solo. Cuando llegué a la calle y miré hacia atrás con
cierto alivio, él ya no estaba ni la Chiesa Gran Madre Di Dio donde comenzó esta
historia, sino que tras de mí estaba el muro romano de Turín, en la zona
cercana a la catedral. Estaba realmente lejos de la iglesia que había ido a visitar,
pero preferí no pensar más en el asunto y darlo por zanjado. Creo que no habría
podido llegar a entenderlo y seguramente habría terminado completamente loco.
Han
pasado más de cuarenta años desde esa extraña visita y ahora, que me encuentro
cansado y se acerca mi final, necesitaba contárselo a alguien para desahogarme.
Son ustedes los primeros en saber de ella. No sé si el diablo habrá intentado
convencer a alguien más para que le diseñe un aparato que permita a la gente
visitar ese maravilloso lugar en el que tuve la suerte de estar y en el que la arquitectura se eleva a una condición casi divina, supongo que muy a pesar del proyectista. Lo que sí que
sé es que desde entonces he llenado cientos, tal vez miles de libretas con
otros tantos miles de diseños de diferentes sistemas que pudiesen servir para
semejante cometido. No sé si a el diablo le habría convencido alguno. A mí no.
Imagen:
Opus testaceum del muro romano de Turín, Italia (rcs)
Entre
Florencia y Madrid a 11 de mayo de 2019.
Rubén Cabecera
Soriano.
@EnCabecera
Etiquetas:
Cuentos y relatos.,
El diablo es arquitecto.