domingo, 21 de abril de 2019
Vótame que te miento.
Elige bien, elige mientras puedas. Elige bien
porque la realidad es que lo que elijas no importará demasiado. Tal vez soy un
poco pesimista, o quizá lo que ocurra es que me han decepcionado demasiadas
veces, tantas como veces he votado y acerté en mi elección. No se trata de que
el más votado sea el que gobierne, no se trata de que la sociedad esté
fragmentada y eso sea lo que quieran las urnas —manida expresión que nos rodea
allá donde miremos—. Las urnas no son más que una estadística oficial del
sentido del voto de quienes ejercen ese derecho. Nada más. Si votas a fulano y
gobierna, obrará como considere, como considere él, aunque más bien gobernará
como le dejen considerar. Si votas a mengano y asciende al poder con apoyo de
terceros, obrará como le dejen considerar y, a su vez, como le dejen considerar
quienes capacitan a los que le permiten gobernar. Este galimatías de permisos
gubernamentales cobrará sentido en breve. Me atrevo a decir que, incluso si
llegan al poder y gobiernan aquellos que se jactan de revolver los cimientos
más básicos de nuestra sociedad, no podrán obrar como dijeron porque quienes
dejan obrar no permitirán la inestabilidad que podría llegar a provocar un
comportamiento contra la naturaleza misma de la sociedad actual. La cintura de
los gobiernos electos por la vía democrática es muy estrecha —tampoco es más
ancha la de los gobiernos absolutistas—, demasiado, tanto que los aspectos en
los que tienen capacidad para legislar se limitan a ciertos aspectos de la
sociedad demasiado limitados, permítaseme la redundancia, como para que
realmente podamos asegurar que es el pueblo quien gobierna con sus votos. En
absoluto, el pueblo se manifiesta con sus votos y refleja una situación que
tiene gran interés estadístico e incluso histórico, pero poca o ninguna
relevancia decisiva, es decir que el pueblo no tiene capacidad para decidir con
su voto. Es por eso por lo que los gobiernos democráticos le tienen tanto miedo
a los referéndums, a pesar de que pueden disponer de una de las armas más
contundentes que existen hoy en día, hete aquí que aparece la información —no
confundir con opinión—, también denominada desinformación cuando es tendenciosa.
No es que exista un complot, ni una trama
urdida desde los bajos fondos de la sociedad —altos para muchos—, ni que las
élites sean quienes decidan. No, la realidad es mucho más sencilla que todo
eso. Vivimos en una suerte de democracia, social y políticamente implantada,
que se atiene a los propósitos de la economía liberal. Esta es la que manda, o
dicho de forma algo más retórica, la que hace mandar. Los designios políticos
están determinados por la sinrazón provocada por el enriquecimiento desmesurado
de unos pocos a costa de los demás. Esta es la línea política marcada por el mercantilismo
exacerbado que define la línea gruesa de cada gobierno independientemente de su
ideología. La democracia no es más que un sistema sometido a los desmanes del
consumismo que sistemáticamente responde al afán acaparador de unos
privilegiados, que pueden haber alcanzado esa situación por mor de su apellido,
de su azaroso nacimiento o por su propio esfuerzo —que de todo hay— y que,
superado un límite razonable que no me atrevo a establecer, tiene o debe tener
tintes patológicos cuando estadísticamente es imposible dilapidar —no digamos
gastar con sentido— lo que se ha ganado con el esfuerzo, probablemente de
otros.
Ahora bien, dicho todo esto, que no es poco,
aunque haya ocupado pocos párrafos, lo que más me repatea en las entrañas de
los previos al honorable momento del voto, lo que más me molesta hasta casi
hacerme sangrar por los oídos de los días previos al domingo de celebración
democrática —seguramente votaría más gente si se pusiese en día laboral, así
somos—, es precisamente la desinformación que durante la campaña procuran
hacernos llegar a los ciudadanos. La desinformación puede ser intencionada o
no, me cuesta creer en la segunda versión salvo, claro está, que quien la emita
sea un auténtico cazurro, que es, mire usted un insulto, sí. El problema es
mayor cuando lanzada la diatriba en forma de mentira va buscando un público
incapaz de discernir la verdad de la mentira porque, en el fondo, el mensaje
que recibe es el que quiere escuchar y si viene de un personaje con relevancia,
término que en sí mismo es aséptico, es decir que no aporta connotaciones
positivas ni negativas, parece que adquiere tintes de certeza. En definitiva,
me jode que intenten engañarme y me jode que consigan engañar a la gente.
Voy a diferenciar entre dos tipos de mentiras
ejercidas por nuestros políticos de forma habitual ejemplificándolas:
Está la mentira del político que dice que
bajará los impuestos, que ofrecerá más ayudas, que aumentará el gasto en
educación y que incrementará la inversión en investigación. Esto lo hacen, mal
que bien todos, cada cual con sus matices, pero básicamente lo hacen todos. De
no hacerlo el número de votos que recibirían se verían menguado
considerablemente. Este engaño que sea quien sea el que gobierne ejecutará
escasamente —algo hará, claro está y, aunque presentado de forma extravagante
entre tambores y timbales, tendrá su contraprestación oculta — porque deberá
responder a unas directrices económicas estrictas fiscalizadas por el libre
mercado, tiene una leve penitencia. A estas alturas todos o casi todos
deberíamos saber que mienten en estas cuestiones, pero me gusta pensar que en
lo más interno de su ser quieren hacerlo así y deben, en cualquier caso, lanzar
mensajes de este calado que les populariza porque no dejan de ser cuestiones
populares y populistas. Estas mentiras tienen un corolario de autocrítica
velada con la que quieren manifestar que ellos terminarán gracias a su gobierno
con la corrupción, las puertas giratorias, el favoritismo, el nepotismo, etc.
Esto es, igual que lo anterior, falso porque esas manifestaciones son, en sí
mismas, comportamientos intrínsecos al ser humano que tiene acceso al poder y
puede acercarse a los niveles de riqueza que le permiten estar entre esos
privilegiados antes referidos.
Luego está la mentira histórica, esta me
revuelve el estómago, es la mentira que quiere imponer un mensaje igualmente
populista, pero cargado de un atroz y dañino contenido que pretende falsificar
el pasado para justificar el futuro. Por ahí no paso señor Abascal, no señor,
también hay para usted señor Casado. La Reconquista es una falacia inventada
cuando España, allá por el siglo XIX había perdido referentes nacionales —mire
usted qué pena— y el tren del colonialismo se perdió en este país —nuevamente
amarga tristeza—. Usted no debe atreverse a falsificar el pasado, es inmoral,
en especial si pretende justificar con eso su penosa actuación —léase en
sentido teatral—. ¿Quién reconquista qué, cuándo y en nombre de quién? ¿España
reconquistaba tierras a los musulmanes?, ¿qué España, la España visigoda, tal
vez la celta?, por cierto, que los visigodos, provenientes de los godos, eran
también inmigrantes, pero, claro procedentes de la antigua Germania oriental y,
por tanto, más rubios que morenos. ¿A qué musulmanes se expulsó, a los que
habían traído algo de luz a una época oscura?, ¿o tal vez sirvieron los Edictos
de Granada y sucesivos como excusa, muy cristiana, eso sí, para expulsar a los
judíos quedándose con su riqueza y forzar la conversión de los musulmanes para
regocijo —económico— de los reinos más poderosos de esa España aún inexistente?
Pensaría un mal pensado que cómo pueden reinos cristianos que, por cierto,
aprovecharon ese período para guerrear entre ellos y dirimir sus diferencias
fronterizas como hacía todo hijo de vecino en la época, encontrar semejante
acuerdo y tan fuerte vocación reconquistadora de carácter nacionalista para que
los involucrados en semejante cruzada —ya se hablará de esto— acuerden durante
unos ocho siglos, ochocientos años, mire usted que no son pocos, semejante
hazaña. Está claro que los Reyes Católicos fueron unos visionarios, entiendo
que los entienda como nacionalistas y a buen seguro que Isidoro de Sevilla fue
para usted el primer ideólogo españolista que no hispanista —lástima de “h”—.
Desde luego, si se produjo una reconquista, no fue española, ya lo siento, fue
a lo sumo cristiana, de una religión que se había implantado hacía no mucho en
la Península —recuérdese el arrianismo que imperó en la península hasta
Leovigildo— contra otra religión que se había implantado en poco tiempo en la
península, pero además, esta circunstancia fue absolutamente casual y más bien
fruto de vicisitudes históricas y tropelías y traiciones semejantes a las que
abrieron las puertas de la península a los musulmanes, pero extendidas a lo
largo del tiempo. Puede ser, eso sí, que pretenda usted erigirse como adalid de
una reconquista religiosa, es decir, caudillo por la gracia de Dios, de la
nueva cruzada cristiana, supongo que católica y romana, contra todo vestigio
religioso ajeno a este culto. Suerte, pero, por favor, no intente engañarme y
dedíquese a reeditar ese breve periódico carlista llamado «La Reconquista» de
las postrimerías del siglo XIX, tal vez alguien lo lea.
Imagen: http://prensahistorica.mcu.es
Entre Mérida y Plasencia a 18 de abril de 2019.
Francisco
Irreverente