domingo, 25 de noviembre de 2018
Las diatribas de Francisco Irreverente. El baile del payaso.
Bien podría ser este el título de un cuento,
una novela o una obra de teatro, pero no. Se trata más bien del baile, literal,
de un payaso, literal. Cada cual puede y debe defender sus ideas como mejor
considere, partamos de esta premisa. Pero eso no quita que algunas formas
concretas de defensa de ideales provoquen vergüenza y sonrojo al más pintado.
La notoriedad si es conseguida mediante el histrionismo se convierte en
payasada y estas corresponde hacerlas a los payasos que, si son acompañadas de
aspavientos, se asemejan a un baile, hete aquí que tenemos la perfecta combinación
para el baile del payaso reproducida no solo por uno, sino por más de un
político. Le ha tocado en este caso al señor Rufián —a quien le he escuchado
hacer preguntas inteligentes a interpelados, de donde deduzco a riesgo de
equivocarme que interpreta un papel— que se ha llevado el premio gordo hace
poco en el Congreso de los Diputados. Es cierto que este representante de
muchos ciudadanos, españoles mal que les pese, que, curiosamente dice no
sentirse representado por las instituciones españolas, aunque trabaja en ellas
—esto bien podría ser objeto de un profundo análisis de coherencia e
hipocresía, a pesar de que puedo comprender su postura por las ideas que
defiende— viene adquiriendo con asiduidad numerosas papeletas, por lo que la
probabilidad de que le tocase solo era cuestión de tiempo, aunque no es el
único que juega a esta lotería de la popularidad. ¿Acaso este, ya no,
grupúsculo de representantes del pueblo ejerce de ese modo ese deber por
afinidad con los representados? Es decir, y respondo con una pregunta retórica,
¿consideran acertado ejercer siguiendo estos patrones esa representación porque
así lo quieren sus votantes? De ser así, comprendo, sin compartir, su actitud
por más que piense que es pueril y poco sensata si lo que quiere es lograr los
objetivos que le piden que alcance sus votantes. Salvo, claro está, que su fin
sea presentarse como víctima de un sistema que quieren destruir porque no le
gustan sus reglas, cosa que también podría entender, aunque se aleja del modo ortodoxo
en que un político debería intentar cambiarlas porque conoce, de esto estoy
completamente seguro, las reglas que rigen el juego. Insistiré en el hecho de
que esta reflexión es aplicable a más de uno y de más de un partido político.
El curso de los acontecimientos políticos se
está convirtiendo en este país en una carrera en la compiten algunos políticos por
alcanzar la mayor repercusión mediática y social, sin mayores miramientos, y si
eso provoca un conflicto social de difícil pero necesaria y urgente solución, a
nadie parece preocuparle porque el fin no es hacer política, sino tumbar al
contrario, aparecer como víctima, levantar suspicacias, crear confusión,
sembrar la duda, arremeter contra quien no piensa como tú, insultar o inducir
al insulto, pero poco o nada del valioso tiempo que tienen estos políticos apayasados lo dedican a hacer propuestas
serias con la finalidad de mejorar la vida de los ciudadanos, es decir, nada de
su tiempo lo dedican a ejercer el trabajo para el que desempeñan sus cargos, que
es ejercer el poder que se les ha concedido por delegación. No seré yo el más
indicado para elaborar un decálogo —utópico, no podría ser de otro modo— del
comportamiento del político ejemplar, estadista a la sazón, pero me atrevo a
lanzar una breve lista que tal vez alguno que otro debería leer, estudiar,
memorizar e interiorizar:
1.
Buscar, estudiar y analizar los problemas que afectan a la vida de la
gente y que son susceptibles de ser mejorados mediante una actuación —política—
conjunta.
2.
Admitir la crítica y reconocer y consensuar propuestas alternativas
mejores o, en su caso, no rechazarlas porque provengan de un contrario que,
recordemos, también será político.
3.
Discutir de forma constructiva alejándose del maniqueísmo, esto es,
permitir que ideas aparentemente contrarias puedan incorporarse a tu discurso,
aunque provengan de fuentes ajenas a tus ideales, para enriquecer las
propuestas de uno mismo, reconociendo al tiempo, el esfuerzo de los demás,
siempre que sirvan para mejorar la vida de todos.
4.
Anteponer el bienestar de todos al capricho de algunos. Siempre
quedará tiempo para el capricho cuando se resuelvan los problemas de la mayoría.
5.
Mostrar y desarrollar un comportamiento ejemplar y honrado en todo el
ámbito público y en el privado, ya que ser político conlleva unas connotaciones
sociales singulares que le obligan a uno. Como corolario de esto, en el caso de
incumplirse lo anteriormente descrito, someterse con dignidad al procedimiento
evaluador o judicial que proceda.
6.
Mantener una férrea disciplina, no de partido, sino de valores.
7.
Estudiar la historia para entender comportamientos pasados y evitar
errores futuros.
8.
Deshacerse de las tentaciones del poder y huir de la comodidad del
asiento para poder ostentar con dignidad, humildad e incluso orgullo el cargo
para el que ha sido elegido.
9.
No olvidar la condición ciudadana del político.
10.
Como quiera que la idea era presentar un decálogo, nada mejor para
finalizarlo que evitar hacer el baile del payaso.
Imagen: JULIÁN ROJAS / QUALITY
En Mérida a 24 de noviembre de 2018.
Francisco Irreverente.
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