Un coche de policía patrullaba por allí y la
descubrieron con un fogonazo de los focos del vehículo. Uno de los agentes se
bajó y sacó la porra. La golpeó ligeramente en el hombro. No sabía qué se iba a
encontrar y tenía la otra mano apoyada en su pistola.
—¡Oiga!
»¡Oiga! —repitió, tras esperar un instante,
golpeándola con la porra con más ímpetu.
María se removió. Entreabrió los ojos y vio la
silueta del policía con la gorra excesivamente grande sobre un fondo luminoso
que parecía una suerte de aureola alrededor de una mancha oscura.
—¿Tú eres Dios? —le preguntó sorprendida.
—¿Qué?
—Que si eres Dios.
—Es una borracha —le dijo a su compañero con un
grito sin perderle la vista.
—¿Nos la llevamos? —le respondió desde el
coche.
—Puf…, mucho papeleo, ¿no?
—Tú mismo.
María se sentó sobre los cartones,
incorporándose apenas, recostada en la húmeda pared, húmeda por los orines de
perro que la habían regado antes de que ella llegase.
—Usted no sabe nada —le dijo soberbia cuando
supo que quien tenía frente a ella no era Dios—. Usted no sabe cuánto he
sufrido.
El policía la miró extrañado. Su voz no era
trémula ni balbuceante como estaba acostumbrado a oír.
—No está borracha, ¿verdad?
—No.
—Que le den, señora —le dijo mientras se daba
la vuelta y se dirigía al coche donde su compañero le esperaba impaciente.
María no respondió. Volvió a sus pesadillas
hasta que los camiones de reparto, horas antes del amanecer, la obligaron a
levantarse con el ajetreo de la carga y descarga. Fue consciente de que
necesitaba bañarse, olía mal. No sabía dónde podía ir. Preguntó entre los
trabajadores, algunos la miraron con deseo, otros con desprecio, tan solo unos
pocos respondieron «No sé» y uno, solo uno, le dijo que podía ir a un albergue
que recogía a vagabundos, «Perdón por la palabra si te ofende —le dijo—, pero
es lo que hacen allí: recogen gente necesitada, gente sin hogar». María le dio
las gracias y se dirigió adonde le había indicado.
Llamó a la puerta. No obtuvo respuesta. Entró. Estaba
vacío. Al cabo de un rato encontró a una chica que limpiaba el suelo en
vaqueros y con una estrambótica camiseta de tirantes. Llevaba unos auriculares
puestos con la música muy alta.
—Necesito ducharme —le dijo cuando la chica se
recuperó del susto inicial.
—No hay naadie. Es veraano —alargaba la «a» con
un marcado acento del este—. Esta noche daaremoss cena, pero los vestuarios no
aabiertoss hasta invierno.
—Perdona, pero lo necesito. De verdad que lo
necesito. —Su rostro expresaba profunda angustia.
—Miraa, no quiero perder traabajo. Essperaa
hasta tarde. Llegaan las monjas.
—¿Tienes algo para desayunar?
La miró y comprendió:
—Essperaa aquí.
Regresó enseguida. «Acompáañame», le dijo.
Llevaba un manojo de llaves. Abrió la cerradura y entraron en el comedor. Cogió
un cartón de leche del oficio. Se lo ofreció. María asintió agradecida, aunque
sin sonrisa. Sacó una caja de galletas abierta. Puso unas cuantas en un plato y
echó la leche en la taza. «Lo ssiento, el caafé está bajo llave y no ess
ninguna de esstaass», dijo con una sonrisa forzada. María asintió de nuevo,
pero ya estaba concentrada en su taza donde mojaba las galletas. La chica se
levantó sin decir nada y salió del salón. Cuando volvió, María ya había
terminado. Le ofreció la mano y la invitó a seguirla. «Yo he paassado lo missmo
que tú». María asintió. Supo que era verdad. La llevó a una habitación con cama
donde el baño contiguo tenía agua caliente en la bañera. «Ess para ti», le
dijo. María lloró, era su tercera vez, «Hasta siete veces siete», recordó algo
de la Biblia o de los Evangelios, o de Dios, o de Jesús, no sabía bien y
tampoco le importaba más allá del hecho de que sabía que podía llorar todo lo
que quisiese, nadie se lo iba a impedir. El agua caliente desentumeció sus
músculos agarrotados, contraídos, tiesos, paralizados. Se quedó tumbada,
desnuda, tranquila, hasta que el agua comenzó a enfriarse. Entonces salió de la
bañera. La limpiadora tocó en la puerta. «¿Estáass bien? —preguntó un tanto
preocupada—, ¿necesitaass que pase?». «Ya salgo, ya voy», replicó María. El
abrigo de la toalla la reconfortó, no quiso que la mujer que la había rescatado
se acercase. Estaba agradecida, pero necesitaba soledad. Se vistió con las
mismas ropas que llevaba desde hacía demasiado tiempo, las mismas ropas que
olían a sangre, a sudor, a saliva. No pudo ponerse las bragas, eso ya era demasiado.
Salió. «Gracias», le dijo. La chica asintió.
—¿Puedo regresar esta noche?
—Ssí, claaro.
No regresaría.
Imagen: Antonio López García –
Mujer en la bañera, 1968.
En Plasencia a 10 de febrero de 2018.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera