Piel con piel.



Éramos tres. Dos hombres y una mujer. La habitación estaba oscura. Era la primera vez que les veía, a pesar de que sabía sus nombres desde hacía algún tiempo. Ellos no sé si se conocían, aunque me consta que habían pasado los últimos meses juntos. Una tenue luz rojiza mal alumbraba la estancia, pero nos daba calor. Nuestros torsos estaban desnudos. Dos mujeres que acababan de entrar me invitaron amablemente a sentarme en un sillón no demasiado cómodo; ellos dos estaban tumbados sobre un colchón de gomaespuma. Daba la impresión de que se encontraban cómodos uno pegado junto al otro. Con la escasa luz apenas nos veíamos, en realidad apenas les veía, ellos tenían los ojos cerrados. Parecían cansados, somnolientos, a pesar de que no habían tardado mucho en llegar, sin sufrimiento. Ella era algo más pequeña que él. Su nariz reflejaba un rayo de luz de la lámpara. Estaba totalmente quieta, boca arriba, con las manos muy abiertas, enseñándome sus palmas, solo su respiración silenciosa le movía levemente el pecho, como si de un minúsculo fuelle se tratase. Él se movía más, giraba las piernas y las levantaba mostrándome sus largos pies. Sus manos, con movimientos impetuosos desacompasados, parecían querer atrapar insectos invisibles en el aire.  Yo estaba impaciente, algo inquieto y asustado tal vez, pero deseoso de tenerles entre mis brazos. De eso no tenía ninguna duda. Las mismas dos señoras nos aproximaron y colocaron. Se retiraron. Mis brazos abrazaron sus cuerpos y sus rostros descansaron sobre mi pecho. Notaba su calor. Ellos debían notar el mío. Mis latidos pausados les tranquilizaban. Mi mano izquierda descansaba sobre la espalda de ella. Mi mano derecha sobre la de él. Ellos habían entrecruzado sus brazos. Pude verles una sonrisa, la misma que cubría toda mi cara, junto con las lágrimas de emoción incontrolada que iban recorriendo mi rostro hasta juntarse en mi barbilla para caer entre ellos. Un reguero de amor. De amor sin condiciones, para siempre. La pequeña comenzó a moverse, quería escalar hasta acercarse a mi rostro, al menos eso quise entender yo. Levantaba la cabeza con un gran esfuerzo y se impulsaba con los pies apoyados sobre mi tripa acercándose a mi cuello. Le besé la cabeza. El pequeño se giró sobre sí mismo hasta encontrarse acunado con su espalda sobre mi brazo y su cabeza sobre mi hombro. Su bracito derecho caía derrotado, mientras que el izquierdo se acomodaba pegándose a su rostro. Ahora dormía. Le besé la cabeza. No sé cuánto tiempo estuvimos así, acurrucados los tres, piel con piel. Solo sé que me sentía protector frente a su fragilidad, Padre, con mayúsculas, solo sé que los sentía míos, que quería verlos crecer, que fuesen felices, que amasen y fuesen amados, solo sé que sentí que daría mi vida por ellos sin titubear ni un instante.

Para vosotros, Laura y Daniel, de vuestro padre.


Fotografía: Rubén Cabecera Soriano.

Mérida a 13 de julio de 2014.

Rubén Cabecera Soriano.

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