Extinción.



La población mundial alcanzó su máximo histórico a finales del siglo XXI coincidiendo con la etapa de mayor crecimiento económico y desarrollo comercial jamás conocida por el ser humano. La superación de la Tercera Guerra Mundial, que para muchos supuso el gran punto de inflexión en la historia de la humanidad, provocó el auge de las economías más subdesarrolladas hasta un irreconocible equilibrio en el que todos y cada uno de los países alcanzaron unos patrones sociales que permitieron vivir dignamente a la práctica totalidad de sus ciudadanos. La pobreza se había erradicado de facto. Se consideró que un umbral de pobreza mundial inferior al 5% era despreciable, aún así, se continuaban desarrollando acciones contra ella, cada vez menos sacrificadas por cierto, para hacerla desaparecer. El objetivo se consiguió tras el gran esfuerzo que todas las naciones habían hecho para transformar un desarrollo industrial insostenible, en un progreso responsable y respetuoso con la naturaleza. Los preámbulos de estas nuevas políticas de crecimiento fueron abanderados por los países vencedores de la que se denominó “Guerra Universal” o “Guerra de las Energías” que provocó la desaparición de cientos de millones de soldados y que supuso el exterminio de otros tantos cientos de millones de civiles. Esta guerra contuvo el crecimiento de la población mundial durante casi tres generaciones. Finalmente, a los ojos del mundo, el esfuerzo valió la pena. La población se recuperó, así como la naturaleza. La clave estuvo en la utilización de energías de producción no invasiva para el medio ambiente, que contuvieron una inhumana escalada de precios en los combustibles que había provocado la ruptura de la sociedad con la apertura de un abismo entre clases, a priori infranqueable, en el que los ricos eran desmesuradamente ricos y los pobres eran extremadamente pobres. La revolución popular, que se sumó a otro de los motivos que subyació tras el inicio de la Tercera Guerra Mundial, terminó con las oligarquías; la industria se reguló de forma estricta con una reglamentación que todos los países se cuidaban muy mucho de cumplir y hacer cumplir. El compromiso era total y absoluto. Los científicos apenas si podía creerlo, los más críticos no daban crédito, pero finalmente tuvieron que reconocer el gran trabajo que se había hecho. La población mundial alcanzó la astronómica cifra de diez mil millones de habitantes. Todos los países gestionaban sus recursos con sensatez y el comercio se convirtió en una actividad gestionada racionalmente. Apenas si quedaban vestigios de las operaciones especulativas de siglos anteriores.

Sin embargo, con el paso de los años, los científicos comenzaron a preocuparse profundamente. Los últimos estudios estadísticos habían demostrado una inversión de la pirámide de población mundial. Curiosamente, esta circunstancia se daba por primera vez en la historia en todos y cada uno de los países. Principalmente porque todos y cada uno de los países habían alcanzado un grado extremadamente avanzado de desarrollo. La edad media de los pobladores de la Tierra se había elevado gracias a la buena alimentación y a los avances médicos e igualado para cada una de las regiones, pero los nacimientos habían desaparecido prácticamente. Las escasas parejas con cierta estabilidad no tenían interés alguno en la procreación, ya que una desmesurada actividad profesional les impedía destinar recursos a la familia. Los procesos migratorios que tradicionalmente se había producido desde las zonas desfavorecidas a las más ricas se habían desvanecido al desaparecer las diferencias de riqueza entre países. La desesperación de la clase científica, preocupada por una inminente extinción de la especie humana, les había llevado a procurar avances tecnológicos que permitieron incluso sintetizar embriones, pero las madres potenciales, que inicialmente había accedido a gestar dichos embriones a precios de oro, encontraban el proceso excesivamente sacrificado comparado con las posibilidades que les ofrecía un mundo sumamente tecnologizado. En algún momento los científicos, abatidos, recurrieron a las denostadas religiones y extrajeron de antiguas bibliotecas documentos de carácter teológico donde pretendían encontrar posibles soluciones que enmendaran el trágico cariz de acontecimientos que preveían. Nada. El equilibrio social que se había alcanzado en la tierra, sustentado en un desarrollo responsable, estaba provocando el fin de la especie. Ningún ser humano tenía ya interés en tener descendencia, ni en luchar por un mundo mejor para sus congéneres. El mundo ya no era mejorable, la especie ya no era mejorable, no había evolución posible. La apatía genética se había instaurado en los seres humanos. Era el fin del hombre.

En términos globales se consideró que el final acontecería aproximadamente en unos ciento cincuenta años. Desde las instituciones se procuró dar a conocer la noticia cargándola de dramatismo, pero la reacción de la población, esperada de otra parte, fue anodina y lo que supuestamente se convertiría en un proceso de inversión de la situación, pasó a ser una anecdótica nota de prensa que se recordaba periódicamente. Los gobiernos procuraron incentivos muy suculentos a las familias que decidían tener hijos, se promulgaron todo tipo de leyes orientadas a facilitar la procreación –las familias numerosas pasaron a tener dicha consideración con un solo hijo-, incluso a las parejas que mostraban un certificado en que se comprometían a tener descendencia en un plazo inferior a diez años se les daba todo tipo de gratificaciones, pero los resultados no fueron nada esperanzadores.

Un laboratorio presentó un trabajo de investigación ante el Comité Mundial de Repoblación en el que demostraba la posibilidad de gestar embriones artificialmente. Ni tan siquiera era necesario disponer de una madre. Era suficiente con tener el ADN de una célula humana. El Comité analizó el estudio y, aunque éticamente no estaban convencidos de dar el paso, no tuvieron más remedio que acceder, ya que los últimos informes presentaron una población mundial que había descendido por debajo de los mil millones de habitantes y los datos resultaban aterradores: la edad media del comité era de 107 años, que coincidía con la de la población mundial; la esperanza de vida del ser humano estaba en los 113; el científico que comandaba el equipo de investigación tenía 82 –un jovenzuelo para todos los presentes-. Era necesario llevar a cabo la experimentación necesaria. Se estimaba que el primer embrión que podría gestarse artificialmente y tener consideración de viable se lograría en una década. La mayor parte de los miembros del Comité, al igual que el resto de la población mundial, estarían muertos. Habría nacido artificialmente un bebé, pero no tendría padres.

Fotografía: www.laprensa.ca

Mérida a 29 de junio de 2014.

Rubén Cabecera Soriano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario