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Sombra. Fuente: "Mi sombra" de Luis Pabón. |
domingo, 17 de noviembre de 2013
Un solo día de vacaciones.
Amanece. El sol despierta en el horizonte y me estiro todo lo largo que
soy para contemplar el cielo azul cobrizo que desempereza los últimos vestigios remolones de la luna cuyo brillo
menguante contuvo mi existencia. El movimiento acompasado de mis piernas se
pliega y repliega en un vaivén ondulante perfectamente acomodado a la orografía
del terreno. Un giro inesperado me constriñe y me vuelve contra el suelo; por
momentos todo se convierte en oscuridad hasta que retorno a mi camino con lo
que parece ser una suerte de interminable bártulo de tela que llevo de la mano
sin que apenas perciba su peso, como si de un apéndice se tratase. La caminata
por el campo es agradable, los tallos de las flores y las hierbas atraviesan mi
cuerpo, inseparable de la tierra, que se amolda a cada piedra, a cada oquedad
del sendero. El verde de las copas de los árboles se oscurece al entremezclarse
con los rayos de luz que me hacen invisible y nublan mi mente impidiéndome
disfrutar del paisaje. Contemplo las nubes con gran nitidez, pero al instante
pierdo la visión y me difumino sobre el suelo, aunque inesperadamente vuelvo a
recuperarla. Es un parpadeo prolongado, pausado, arrítmico, que no inquieta
cuando uno se acostumbra a él porque te asombra con cada nueva visión que te
ofrece. No percibo olores, a pesar de las numerosas plantas que me rodean, todo
está en silencio, incluso con los pájaros sobrevolándome, y una tenue neblina
destila mi visión empequeñeciendo todo lo que percibo progresivamente. Me
siento apretujado, comprimido, asfixiado dentro de mí. La luz parece haberse
enconado conmigo y casi me ha hecho desaparecer. Necesito descansar, no tengo
hambre ni sed a pesar del esfuerzo; no creo que pudiese tragar nada, pero
tampoco me encuentro saciado. Reanudo la marcha en cuanto comienzo a
recuperarme de esta angustia que me embarga y disfruto nuevamente de la
naturaleza por la que me deslizo. Cada paso me estira un poco más y noto cómo
me separo de mis pies, cómo mi cabeza se desenreda y contemplo el mundo con una
libertad que nunca antes había sentido, al tiempo que el azul se convierte
lentamente en rojo. Siento que me alejo, siento que me acerco al horizonte,
pero no aquel por donde el sol comienza a ponerse, sino lejos de él, huyendo de
una luz cada vez más débil que se apaga dando paso a la noche. Desaparezco.
Rubén Cabecera Soriano
Mérida a 18 de octubre de 2013.
Etiquetas:
Cuentos y relatos.,
Un solo día de vacaciones.