El día amaneció soleado. Nada extraño. Era verano. Un escueto «Buenos días» apenas balbuceado sirvió para arrancar el día. Lo escuché en la distancia, sentado en el porche mientras leía hasta que el calor hiciese insoportable permanecer allí, incluso a la sombra. Se oyeron los ruidos habituales. Una taza que sale del armario, un frigorífico que se abre y cierra, un cazo calentando la leche, un silbido de la cafetera, un timbre de la tostadora, de nuevo el frigorífico, por último, el fregadero. Después los mismos pasos descalzos regresando a la habitación. Desde el porche no se oye la puerta, deduje que era la niña. Un rato después se oyó a lo lejos un «Me voy…» acompañado de un «No vengo para comer» sin posibilidad de respuesta frente al portazo de la puerta de entrada. Confirmado, la niña. Sobraría arroz. Sabía que no mucho tiempo después algo parecido se repetiría, tal vez con algún matiz según la apetencia matutina para el desayuno. No erré. Sobraría mucho arroz. El niño tampoco vendría a comer.
Creo que me quedé traspuesto. Me despertó un mensaje en el móvil. No me apetecía verlo, pero acto seguido volvió a llegar otro, y otro, y otro… Era sábado, demasiados mensajes. Cogí el teléfono. Estaba en la mesita exterior. A mi lado. Acerqué la pantalla a la cara y la cámara reconoció mi rostro. Se encendió el móvil. Eran trece mensajes. Uno había llegado hacía una hora más o menos. Los demás seguidos, muy seguidos. Leí el primero: el niño sí vendría a comer. No sobraría tanto arroz. El siguiente, casi una hora después, me pedía que fuese a recogerlo, que le pasaba algo, que no podía hablar. Acto seguido, otro mensaje, que sus amigos tampoco podían hablar. Y un instante después, un mensaje de la hermana, que fuese a por ella, que algo le ocurría en la garganta, que no era capaz de hablar. Los dos me habían mandado su dirección. Aquello era extraño. La noche anterior ambos habían salido, pero no me pareció oírlos llegar muy tarde. Eso tampoco era muy relevante, porque perfectamente podrían haber estado gritando y cantando mientras estuvieron fuera. Haciendo memoria recordé que los dos iban a un concierto, al mismo, pero cada uno por su lado, como era lógico. Me puse una camiseta y me quité los pantalones del pijama para ponerme unos vaqueros. Me calcé unos mocasines que llevo sin calcetines en verano. Arranqué el coche, todavía no estaba caliente. Fui a recoger al niño. Era el que quedaba más cerca. Llegué a la rotonda donde me esperaba. Allí estaba. Paré el coche y entró en el asiento del copiloto. Sollozaba.
—¿Qué te pasa? —pregunté.
Se señaló la garganta y negó con la cabeza.
—Vaya, estás afónico —le dije.
Negó con la cabeza.
—¿Entonces?
Se encogió de hombros.
—Debe ser que anoche cantaste mucho —insistí en la afonía con una sonrisa sarcástica.
Negó de nuevo.
—Bueno, vamos a por tu hermana que parece que está igual que tú.
Arranqué de nuevo y fuimos a por ella. En un par de minutos llegamos. Abrió la puerta y entró en la parte de atrás.
—¿Hola? —pregunté mirándola.
Ella también se señaló la garganta y negó con la cabeza.
—Pues vaya dos. ¿Volvemos a casa o vamos a urgencias?
Ambos gesticularon haciendo una casa con los dedos y abriendo mucho la boca para pronunciar las sílabas de la palabra «casa» sin que sonaran.
—Vaaaale.
Ambos agacharon de inmediato la cabeza y comenzaron a escribir compulsivamente en las pantallas de sus móviles. Lo hacían y se miraban. Ambos tenían caras angustiadas según miraba a uno y a otro. Mi hija empezó a llorar. Parecía que estaban comunicándose entre ellos, de hecho, mi hijo le señaló el móvil en una ocasión para que ella mirase la pantalla. Y ella le tocó alguna vez el hombro repitiendo el mismo gesto. Por lo demás, el camino de regreso a casa fue de lo más normal. Sin embargo, sin saber muy bien por qué, fui observando a la gente que estaba en la calle y todos, sin excepción, estaban con la cabeza agachada tecleando en sus móviles. No sabría explicar por qué eso me llamó la atención, puesto que era algo más que habitual, pero reconozco que me fijé. También me chocó mucho el silencio, era anómalo. Nunca había tenido esa sensación, pero no le di mayor importancia en aquel momento puesto que, al fin y al cabo, íbamos en coche... Llegamos a casa. Pulsé el mando de la entrada. Los chicos no esperaron a que se abriera del todo la cancela. Se bajaron y salieron corriendo. Aparqué el coche y me dirigí al interior de la casa. Ambos ya estaban sentados en el sofá del salón. Uno al lado del otro. Cada uno de ellos con su móvil, la cabeza agachada, los dedos pulsando el teléfono de forma apremiante como si la vida les fuera en ello. La persiana bajada, apenas una tenue luz entraba por las rendijas que dejaban las lamas. Los rostros de los hermanos iluminados por el halo procedente de las pantallas. Subí las persianas para que algo de luz natural les llegase. Solo conseguí que desapareciese el reflejo de sus dispositivos y que se apreciase el color natural de sus pieles: «Están muy blancos», pensé.
—Por favor, dejad los móviles —les pedí. No me oyeron o no me quisieron oír o no me pudieron oír—. Dejadlos —les grité.
Levantaron la cabeza para mirarme y volvieron a agacharla. Señalaron el móvil con sus dedos índices y me miraron de nuevo alzando las cejas. Estaban intentando comunicarse conmigo. Me di la vuelta y me dirigí a la entrada para coger el móvil, pues allí lo había dejado. Di unos pasos y antes de poder alcanzarlo, mi hijo me detuvo. Lo hizo de forma violenta. Me sostuvo el brazo justo cuando iba a coger el aparato. Lo miré entre enfadado y extrañado.
—¿No me habéis pedido que coja el móvil?
Él negó con la cabeza, compungido y con los ojos llorosos. La hermana se adelantó y agarró mi teléfono. Ambos me miraron en silencio.
En Mérida a 9 de septiembre de 2018 y entre Múnich y Sevilla a 17 de septiembre de 2026.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera
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