domingo, 20 de octubre de 2019
Cómo separar pueblos unidos... y desunidos. Parte i.
Casos prácticos recientes: España y Reino
Unido, entre otros. Parte i.
En la sociedad finisecular del
siglo XIX, cuando la incipiente Revolución Industrial comenzaba a marcar las
pautas de la venidera Edad Moderna determinando su futuro vinculado
abruptamente al comercio, la humanidad más “avanzada”, la occidental, derivaba
en tres modelos de tutela de la ciudadanía que convergerían en dos cruentas
guerras mundiales y numerosos conflictos bélicos sindicados al poder y al
dinero. Dichos modelos eran el capitalismo, el socialismo y el fascismo.
Curiosamente los adalides más extremistas de estas tres doctrinas consideraban,
respectivamente, que terminarían proporcionando un “deseado” bienestar a los
pueblos sometidos a sus directrices. La realidad fue bien distinta. Los
soliloquios de los poderosos escondían, tras mensajes populistas, sus verdaderas
intenciones. Nadie preguntó. Todos se dejaron, más o menos, mandar.
De forma llamativamente
sincopada, aquellos países que apostaron por la industrialización como fuente
de desarrollo y crecimiento fueron conquistando con su avidez comercial y de
forma beligerante, apoyados en ejércitos modernizados, el resto de países del
mundo, en especial aquellos con mayores recursos económicos que eran donde los
países occidentales centraban su interés. Todas estas naciones sufrieron la
ambición de los países industrializados que más se estaban enriqueciendo, pero
cuya codicia no tenía límites. Se trataba de una cruenta carrera por alcanzar
el dominio de la humanidad. Los nuevos mercados para el mundo occidental en las
postrimerías del XIX y en el arranque del siglo XX fueron Asia y África, pero
la lucha por su conquista derivó en conflictos bélicos internos —para
justificar su cuota en el pastel global— que adquirieron carácter mundial. De
poco sirvieron los ideales de la vetusta y venerable civilización europea —heredada
por los Estados Unidos de América— a la hora de invadir pueblos utilizando
nuevas tecnologías para matar humanos a una escala sin precedentes. Estas
guerras comerciales por la conquista de nuevos mercados se prolongarían hasta
la actualidad por más que en tiempos recientes los gobernantes, sometidos a la
presión de los poderosos y ávidos de dinero escondidos tras los nombres
abstractos de empresas de carácter jurídico, oculten su verdadera intención
colonizadora bajo la defensa de derechos humanos o como medidas disuasorias
ante posibles conflictos.
El capitalismo se impondría al
socialismo y al fascismo en términos brutos, hallando en la democracia su mejor
aliado político. Pero el poso de las otras ideologías —fundadas como doctrinas
económicas y también políticas— estaba, a pesar de su reciente conformación,
demasiado arraigado como para que pasase al olvido y, curiosamente, aquellos
países en los que el socialismo fructificó terminaron adquiriendo las
costumbres comerciales capitalistas para cubrir sus ansias de poder que
perduran hasta la actualidad, mientras que el fascismo, supuestamente
derrotado, en realidad ha permanecido latente a la espera de su gran
oportunidad. Y ha llegado.
Las mismas revoluciones populares
que acontecieron a raíz de las desigualdades sociales que introdujo la
industrialización, herencia de las sociedades absolutistas y con anterioridad
feudales, resurgen hoy en día ante las extremas diferencias existentes entre
las clases. Estas diferencias se ven acrecentadas por la desaparición de los
rangos sociales medios, con lo que solo existen dos tipologías económicas
aplicables a la sociedad: ricos y pobres. Esta realidad, ya vivida en la
historia de la humanidad durante todo el período anterior a la edad industrial
desde la aparición de la agricultura que provocó el sedentarismo de los seres
humanos, hoy representa un gran problema a consecuencia de la digitalización de
la sociedad que permite que todo sea transmitido y conocido de forma inmediata,
sea cierto o falso. Este hecho ofrece la posibilidad de una extrema
manipulación que la intencionada desculturización del mundo actual facilita
sumamente. En este escenario los mensajes populistas, es decir, la
tergiversación de las antiguas revoluciones populares auspiciadas por los
intelectuales y con un profundo poso reflexivo, calan intensamente en la
sociedad.
Las revoluciones
postindustriales lograron ciertas mejoras en las condiciones de los medios de
producción, esto es, de la mano de obra, gracias, en la mayor parte de las
ocasiones, al derramamiento de sangre. Esas mejoras fueron desapareciendo, tal
vez por el acomodamiento de las clases, tal vez por la avaricia de los
poderosos, y hoy en día las diferencias, mayores si caben que aquellas,
provocan una situación de desafección y odio entre las gentes que encuentra su
vía de escape en las nuevas proclamas populistas que, sencillamente, se
fundamentan en inculpar a uno más débil o pobre haciéndole responsable de los
males de todos. Es la expresión más pueril —y efectiva— del nacionalismo. Y es
lo que la gente que sufre desea escuchar. El estado social, en su respetable afán
de asegurar unos niveles mínimos de convivencia, tiene mecanismos que ofrecen
seguridad e impiden el alzamiento al modo ancestral, pero, razonablemente, ofrece
otros que habilitan a los populistas dándoles un altavoz inmejorable en el
ámbito político para ofrecer esos mensajes que desea escuchar la gente ofreciéndoles
la oportunidad de frenar y eliminar de forma selectiva los avances sociales que
la Edad Moderna ha logrado con carácter universal gracias, precisamente, a la
democracia, a pesar de que esta se haya visto forzada a unir sus designios de
forma ineludible al capitalismo. La gente lo quiere así. Les permite un
desahogo que se contrapone a la presión que la asfixia de la desigualdad genera
en ellos. Desgraciadamente no saben —ni siquiera es que no quieran saber— que
ese camino es sanguinario por las más variadas razones como queda demostrado de
forma estadística a lo largo de la historia —esa que aquellos que utilizan esta
maldita vía quieren ocultar, tergiversar o incluso inventar para convencer a la
gente incauta y confiada—. Utilizan la incultura y el engaño con más o menos
sutileza para embaucar a la gente. Y la gente quiere dejarse embaucar porque
necesita un escape.
El ensalzamiento de las
cuestiones étnicas y lingüísticas como contraposición a una situación social de
agravio siempre finaliza con enfrentamientos más o menos beligerantes y
sanguinolentos, e incluso bélicos. En especial cuando los discursos zafios y
populistas de sus líderes e ideólogos, normalmente llenos de mentiras
históricas que les permiten justificar sus proclamas, enaltecen el odio contra
los que no poseen los mismos rasgos distintivos que ellos y, además, son más
pobres, siendo esta una condición necesaria. En la mayoría de las ocasiones los
paladines de estos movimientos salvaguardan su culo —perdón por la expresión—
gracias al dinero de sus propios incondicionales que esconden en cuentas opacas
en paraísos fiscales —esto no quiere decir que otros menos “populistas” no lo
hagan—, gracias a los parabienes adeudados que se cobran olvidándose de sus
seguidores cuando llega el momento oportuno y, por supuesto, escondiendo su
cara cuando es necesario recibir una pedrada o un disparo. Demuestran con esta
actitud su absoluta falta de respeto por aquellos a los que han movilizado y su
ausencia de compromiso real con la ideología proclamada. Su vinculación real es
con el dinero no con la gente y no les importará lo más mínimo dejarles en la
estacada como ya ocurrió antes —la historia, esa maldita historia que no
miente— con otros como ellos.
Imagen: Fotografía de Cristina Valdera.
En Mérida a 19 de octubre de 2019.
Rubén Cabecera
Soriano.
@EnCabecera.