domingo, 31 de marzo de 2019
Energonomía. Parte IV.
Energonomía o el fin de la era monetaria. Parte IV.
Su
despacho estaba cerrado. Nada más detectar su presencia el sensor dio orden de
abrir la puerta que dejó entrever una mesa gigantesca con cientos de papeles
colocados en un extraño orden que solo podía comprender el profesor. Un altavoz
le dio la bienvenida y le preguntó si deseaba algo. Eso era algo con lo que
tendría que convivir hasta que llegase su hora final. El pensamiento de una
muerte cercana apareció en su cabeza como un rayo, pero no dejó que
permaneciese. Aún se veía muy joven a pesar de que los años le habían pasado
factura. Guardó silencio y el altavoz robotizado, pero con una amable voz
femenina, insistió:
—Desea
usted algo, profesor.
—No
—respondió secamente.
—Ya
sabe que estoy aquí para lo que necesite. —Esa era la frase que siempre le
sacaba de quicio. Esa maldita frase le hacía dudar de todos los logros que había
propiciado con su propuesta de cambio económico. Sin embargo, al instante, todo
quedaba en un breve enfado que con los años era más un incordio que otra cosa.
El
profesor se sentó a la mesa. No había luces encendidas en el techo de
policarbonato, la luz que llegaba a su mesa, perfectamente controlada y
uniforme, era natural y provenía del exterior, filtrada, tamizada y regulada mediante
un mecanismo pasivo que conformaba la fachada del edificio del profesorado de
la universidad. Todo el complejo respondía a parámetros de ahorro energético.
Todo, absolutamente todo, estaba diseñado para consumir la menor cantidad posible
de energía y se había producido con los mismos parámetros. Derrochar energía era
algo inconcebible, por eso le resultaba un tanto frívola la existencia del asistente
robotizado, aunque, como en breve les demostraría a sus alumnos había cierta coherencia
en el asunto. El profesor tomó su carpeta que estaba llena de papeles (era de
los pocos que aún los usaba por una suerte de privilegio que los profesores de
más antigüedad tenían) y se dirigió a la salida. La puerta se abrió automáticamente
y la misma dichosa voz le despidió con toda la amabilidad que sus programadores
le inculcaron. El profesor suspiró. La puerta se cerró nada más cruzar el umbral.
El profesor se dirigió al aula magna. Sus clases siempre estaban abarrotadas.
—Buenos
días —dijo nada más entrar—. Hoy comenzaremos con el capítulo dedicado a la
robótica en esta nuestra asignatura de Historia de la Energonomía. Por favor
oscurécete —dijo en voz alta al asistente— e inicia la proyección.
Los
pocos alumnos que aún se encontraban de pie charlando se apresuraron a tomar
asiento. Todos se dispusieron a escuchar con atención las explicaciones del
profesor.
—Como
recordaréis de la semana pasada (la imagen de un energo antiguo se proyectó en
la pantalla junto a la planta de una ciudad) la evolución tecnológica después
de la implantación de la energonomía a nivel mundial tras la experiencia de Nowy
Sącz tomó una asombrosa velocidad y el desarrollo desde el punto de vista
energético alcanzó cotas inimaginables tan solo unos años antes. Todos los
procesos de producción energética se mejoraron, se depuraron y se optimizaron
hasta el punto de que, por primera vez, existió un excedente real de energía en
el planeta. La energía se abarató en términos energéticos y comenzó a estar al
alcance de todos en cantidades suficientes como para asegurar un desarrollo socialmente
ético. Las diferencias entre los poseedores de grandes cantidades de energía y aquellos
que tenían energía en cantidades, digamos, dignas se fueron reduciendo. La
posibilidad de gastar energía sin conocimiento, por el mero hecho de gastarla
carecía de sentido, ya que el trasfondo social del consumismo exacerbado había
desaparecido de forma radical. Este hecho, cuyo proceso duró un par de décadas,
las últimas del siglo xxi, conllevó una nueva transformación social. —El profesor
hizo una breve pausa y tomó un sorbo de la botella de agua que tenía sobre la mesa—.
Todas las sociedades, sin excepción, que a lo largo de la historia han experimentado
un mayor crecimiento, lo han hecho basándose en una economía explotativa. Me explico: de una u otra
forma, aquellas sociedades que han alcanzado un mayor nivel de desarrollo
económico lo han logrado porque su avance se ha sustentado en la explotación de
las clases más débiles, ya hayan sido esclavos propiamente dicho o las castas,
si me permitís la expresión, inferiores, pobres y menos influyentes de la sociedad.
Podemos pensar en cualquiera de las civilizaciones que han ido pasándose el
testigo del dominio mundial a lo largo de la historia y comprobaremos como cada
una de estas sociedades ha logrado su expansión gracias a una economía
sustentada en alguna forma de explotación social. Los egipcios tenían esclavos,
los griegos tenían esclavos, los romanos tenían esclavos, y así podríamos
proseguir hasta llegar a la civilización inmediatamente anterior a la nuestra
en la que el capitalismo también tenía sus propios esclavos, escondidos en su última
etapa tras el velo de un salario más o menos digno, pero resultando, de
cualquier forma, un sistema organizado de explotación en el que el mal llamado
trabajador (debería habérsele llamado también esclavo) dedicaba su vida al trabajo
perdiéndola en favor de unos cuantos poderosos que se enriquecían a su costa.
»Este
es el motivo principal que ha llevado a nuestra sociedad, la sociedad energonómica,
a crear una nueva forma de esclavitud y es lo que nos permite un nivel de
desarrollo tan magnífico como el que estamos viviendo y que atestigua que el
camino que se tomó fue acertado. Nuestros nuevos esclavos son los robots. Los
robots nos permiten evolucionar cada vez más rápido hacia una sociedad más
avanzada, no solo desde el punto de vista tecnológico, sino también cultural,
social, ético, etc. Sea cual sea la disciplina que pueda resultar de interés
para el ser humano, este dispone de tiempo para desarrollarla, investigarla, estudiarla
y, de ser posible y energéticamente viable, implantarla. Resulta sorprendente
comprobar cómo ha sido posible este proceso en tan breve espacio de tiempo. Se
ha producido, a mi modo de ver, la mayor revolución en la historia de la
humanidad, a la altura, tal vez, del control del fuego, que fue probablemente
la que insufló en nuestro cerebro la conciencia social de la que somos herederos.
Resulta evidente que nuestros esclavos, me disculparán que utilice
sistemáticamente este término que sustituye al menos peyorativo, asistente, que
es más utilizado, no son problemáticos, no sufren, prácticamente no consumen,
facilitan nuestra vida hasta el punto de que no resulta necesario que realicemos
esfuerzos indeseados y su rendimiento es tan elevado, pues hemos diseñado los
robots para desarrollar las tareas que hemos considerado susceptibles de ser
efectuadas por ellos, que plantearse siquiera la posibilidad de que sean
realizadas por seres humanos resulta irrisoria. Solo hay un ámbito en el que el
diseño de nuestros asistentes no ha sido fructífero: el pensamiento. Por ahora,
el pensamiento es exclusivo de nosotros, los seres humanos; ya saben que no
hablo del conocimiento o de la razón, ni tan siquiera de la capacidad de aprendizaje,
hablo del pensamiento, de la capacidad de formalizar realidades inexistentes en
nuestras mentes, de la capacidad de almacenar, procesar y desarrollar ideas
hasta transformarlas en realidad. Eso es lo que nos diferencia de nuestros
asistentes, de nuestros esclavos, y eso, hasta ahora, no había ocurrido en ninguna
sociedad y por eso, hasta ahora, todas las sociedades habían terminado
fracasando y siendo relevadas por otras que terminaban esclavizando a las anteriores
o valiéndose de nuevos sistemas de esclavitud más eficientes con los que
dominaban anteriores civilizaciones. Tal vez soy demasiado presuntuoso afirmando
que tenemos asegurado el éxito de esta nueva sociedad, basada en la energía y
sustentada en una forma de esclavitud incapaz de pensar, pero a día de hoy soy
incapaz de vislumbrar ninguna alteración social capaz de terminar con la
energonomía.
Imagen de origen
desconocido.
En Mérida a 30 de marzo
de 2019.
Rubén
Cabecera Soriano.
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Energonomía.,
Política y sociedad.